BRAD BRANSON, LOS CIMIENTOS EN LOS QUE SE FORJÓ VALENCIA

Piensen en el impacto que supondría hoy día y trasládenlo al baloncesto en el que plantillas nacionales eran reforzadas por dos únicos extranjeros, estadounidenses en su mayoría. Los “americanos” eran sinónimo de espectáculo, de estrellato y los ídolos para una generación, sumados a nuestros internacionales de relumbrón. Sobre ese marco, imaginen un recién ascendido que consigue contratar los servicios de un americano del Real Madrid, aceptando la aventura de un proyecto que, con dos años de existencia tan solo, acaba de ascender a la ACB. Aquel club se llamaba Pamesa Valencia.

En la actualidad por una cuestión de sueldos sería imposible de entender. Los 175.000 dólares que Brad Branson cobró del Real Madrid por temporada (¿habría que añadir un cero más para adecuarlos a nuestra época, quizás?) fueron igualados por una acaudalada familia de empresarios que ya empezó a respaldar el baloncesto en Valencia. Estamos hablando del verano de 1988 y la apuesta era fuerte. Los amaneceres levantinos daban la bienvenida a la imponente estampa de Branson, un ala-pívot de 2,08 de estatura, serio, cumplidor y trabajador entre la élite europea, como estandarte de un proyecto deportivo en el que se creía a pies juntillas. También nuestro protagonista. La pasada semana, el hombre de aquella destacada figura, fallecía tras una enfermedad a los 67 años de edad en Estados Unidos. Y claro que el corazón nos dio un doloroso pellizco. 

AL REAL MADRID ATERRIZABA UNA ESTRELLA

Brad Branson forma parte de una época que suponía que, ser estrella en un club de baloncesto era que te parasen permanentemente por la calle. “Y eso que en Madrid era más anónimo y lo echo algo de menos. En Valencia, aunque me hace feliz, eso es más complicado”. En una sociedad en la que los medios casi trataban por igual a las estrellas de fútbol que las de baloncesto, formar parte de la plantilla blanca, azulgrana o verdinegra, te daba automáticamente ese marchamo de celebridad. Una noticia a su llegada que copaba una página entera del periódico daba paso a una entrevista días después, esta vez a doble página. Eran tipos que formaban parte de nuestro día a día en el ratito de ocio deportivo, sea en charlas de bocadillo en el recreo o junto a un café de bar, hojeando el diario antes de volver al tajo laboral por la tarde. 

Primero fue Detroit, donde no llegó a debutar con los Pistons, luego Rimini. A este segunda ronda del draft desde la universidad de Southern Methodist (número 45), no se le quitaba la idea de la NBA tras su primer paso por Italia y regresó durante dos temporadas, primero a los Cavaliers y posteriormente a los Pacers, entre 1982 y 1983. Hasta ahí acabó el interés de la mejor liga del mundo. “Sí, pero en mis últimos partidos logré 20, 22 y 30 puntos de forma consecutiva” recordaba Brad Branson en una entrevista al periodista Sixto Miguel Serrano: “Se lesionó nuestro pívot titular Herb Williams y, aunque no me considero un cinco nato, aproveché esa oportunidad en mis últimos partidos como profesional”. 

Indiana Pacers no hacían más que perder, pero nuestro protagonista esperaba con tales actuaciones, algo más que el mínimo salarial de entonces: 75.000 dólares que no aceptó, regresando a Italia, esta vez Brescia. Allí tenía un gran cartel y los italianos, una buena chequera. En su último año, en 1986, logró doblar esa cantidad mínima que se pagaba en la NBA. Brad Branson sabía que su lugar estaba en Europa y prefirió no arriesgar más con la NBA, porque un nuevo intento, suponía un riesgo, que su compañero en los Pacers y en correrías cestistas, Russ Schoene, decidió asumir. ¿Por qué riesgo? Porque leyes FIBA mandaban y contemplaban aún el amateurismo en todas las ligas excepto en la NBA y la liga de Filipinas (extravagancias de la época): si un jugador que militó en la NBA y posteriormente vivir una experiencia en Europa, tenía la fortuna de regresar a la mejor liga del mundo, más vale que tuviese un buen contrato, porque no podría regresar a ella si aceptaba con posterioridad un contrato FIBA. O sea, recalar por tercera vez en la NBA. Normas de un tiempo que acabaron aboliendo en la mítica reunión NBA-FIBA durante la Final Four de Munich en 1989, donde todas las cortapisas del supuesto “baloncesto profesional” se eliminaron, dando pie a que los NBA pudiesen jugar con sus selecciones. 

Al Real Madrid llegaba alguien que promedió en su último curso 22,3 puntos y 10,3 rebotes en Brescia, donde se ha desempolvado últimamente de una manera más que acertada que, efectivamente, en 1986 el equipo Silverstone Brescia entrenado por Arnaldo Taurisano, contaba con un veinteañero Sergio Scariolo como asistente. Sustituir en el club blanco a un tipo tan querido como Wayne Robinson tras tres años de estancia, independientemente de la polémica que suscitó su salida, era un reto difícil sobre una afición que puso mucho cariño en su antecesor.  

Tras el Mundial de España en 1986 aparece en la capital de España un tipo fuerte, ancho de hombros, rostro serio y más serio cuando se le veía trabajar. Era más reboteador que defensor, con variadas y notables cualidades en ataque. Su perfil sería el de un destacado ala-pívot en la actualidad, algo que hace 40 años, llamaba poderosamente la atención. Sobre todo, jugador de equipo, muy rápido en transiciones, sufrido y resolutivo en poste bajo, con recursos cerca del aro como la gran mayoría de hombres interiores de la época, pero sobre todo con un sobresaliente lanzamiento exterior a 4-5 metros, lo que hacía abrir muchas defensas, en un tiempo en el que los dos pívots eran eso: pívots-pívots. 

En un club como el Real Madrid, donde los contragolpes formaban parte del ideario ofensivo, un hombre alto así les venía de perlas. Y no solo eso, sino que sus virtudes alejadas del aro sirvieron a su entrenador, Lolo Sainz, a encajar las piezas tras adquirir un alero, aquel afamado Larry Spriggs y su anillo de campeón con los Lakers, que gustaba jugar más al poste bajo que al exterior. No le importó el devenir del club porque consideraba que le daba la oportunidad de jugar la mayor competición continental, la Copa de Europa, a pesar de su exigua plantilla. Y si ya sabían de la marcha de la estrella blanca, Fernando Martín, lo que no se esperaba la gerencia fue la marcha de su hermano menor, Antonio, dejando desguarnecido el juego interior que se resumía en él, Fernando Romay, el veteranísimo Rafael Rullán y el junior Fernando Mateo. “No me importó, pero tenía que jugar los 40 minutos casi todos los partidos en mi primer año en el Real Madrid”. Exactamente fueron 37 de media en la temporada 86/87, lo que significó que promediase 22,3 puntos (en un 60% en tiros de campo nada menos) y 9,4 rebotes. Claro, que con un quinteto que soportaba la mayor parte de minutos, aquello derivó en pocos éxitos deportivos, sin opciones a llegar a ninguna final. Año negro entre los blancos.

Al curso siguiente regresaron los hermanos Martín, se recuperó también al base José Luis Llorente y se reforzaron con un polivalente alero estadounidense de gran elegancia, Wendell Alexis. Parecían los favoritos para todo. “En este segundo año, el problema es repartir los minutos para todos, porque hay mucha profundidad. Puedes sacar dos quintetos de gran calidad”. Junto con el súper-Barça de Aíto, se disputaron los títulos nacionales, perdiendo ambas finales de liga y Copa, “sobre todo la cara que se te queda tras el triple de Solozábal” en la final de la Copa del Rey, venciendo a la Cibona de Drazen Petrovic la Copa Korac en 1988 como satisfacción mayúscula. 

“Claro que puedo encajar en una plantilla con Petrovic en ella” declaraba Branson abiertamente,  sabiendo de la llegada de la estrella croata al año siguiente. De hecho, en cierta entrevista también dejó entrever que “soy un profesional” y recordando el interés de Aíto García Reneses por él un par de años antes, “si no tengo sitio en el Real Madrid, claro que estaría dispuesto a jugar en el Barça”. El caso es que Lolo Sáinz prefirió la figura de un alero llegado desde la NBA, con la misma estatura de Branson y con mucha polivalencia: Johnny Rogers. 

EL ESTANDARTE VALENCIANO

Parecía un paso atrás, pero Pamesa Valencia, desde la adquisición de nuestro protagonista, ganó respeto desde ese mismo instante en todos los rincones de nuestra agrandada competición. La locura por el baloncesto en nuestro país embarcó a la ACB a una ampliación que suena a locura, de 16 a 24 equipos. Ocho ascensos de golpe, siendo uno de ellos los valencianos. Branson fue convencido que a orillas del Turia tenía su sitio, el vértice de un proyecto que manejaban a largo plazo, desechando así las ofertas del CAI Zaragoza, BBV Villalba y de un 1ªB con mucho pedigrí, el Cajamadrid.

Valencia suponía la amabilidad intrínseca de la ciudad, paciencia en el trabajo sin exigencias deportivas más que evitar el descenso y dar pasos hacia delante. Y una oferta económica atractiva, claro está, que tanto a su pareja, una madrileña llamada Bárbara como a él, les sedujese. Y miren que costó arrancar en ACB, con 3 victorias tan solo en las primeras 17 jornadas. El histórico entrenador Antoni Serra, que les dio el ascenso el curso anterior, seguía apostando por ese mismo bloque, Manel Bosch como base, Roberto Íñiguez, Sergio Coterón y el pívot estadounidense Clyde Mayes, otro de los grandes baluartes del logro ACB. Pero ya aquí, no era suficiente. Destitución del entrenador por Toni Ferrer, cambios de americanos para dar con la pieza que complementara a Branson (que llegó a sus máximos estadísticos de 23,8 puntos y 9,8 rebotes, bajando a un 55% en los tiros de campo, puesto que ya se atrevía con cierta asiduidad a intentar triples, con un más que respetable 32,3%), pero ni Mayes primero, ni el problemático Joe Cooper ni el inexperto Wayne Englestadt a continuación, dieron la solidez que el equipo necesitaba, a pesar de los refuerzos de Miquel Pou o Eduardo Clavero. Un balance final de 11 victorias en 38 partidos ligueros fue el inicio, con cierto regusto semiamargo, de un equipo que todavía no llamaba a poblar las gradas. 

Con José Antonio Figueroa como entrenador esta vez, en el segundo curso se mantiene una apuesta clara: caras con cierta veteranía y calidad para reforzar el equipo. En 1989 llegaron José Luis “Indio” Díaz, el base Salva Díez e, imitando esa jugada de “americano del Madrid es bienvenido en Valencia”, aparece Johnny Rogers, otro jugador que encontró en Valencia su segundo hogar. Vale que estaban englobados inicialmente en la A-2, que en una competición en la que no se enfrentaban todos contra todos y no tuvieron duelos con los grandes, pero de 39 jornadas ganar nada menos que 27 encuentros, decía mucho de un equipo que ya contaba con caras de élite. Brad Branson seguía liderando aquellos rostros conocidos y Pamesa Valencia ya era una institución más que asentada. “Pero aquel año, todavía me faltaba ayuda bajo los tableros” como aviso que, ya con 32 años, su juego iba derivando cada vez más al exterior y que el nivel en la competición de los estadounidenses interiores con los que tenía que competir, aumentó considerablemente. Y sus plegarias tuvieron respuesta. 

Si había un tipo en aquella ACB que simbolizaba la honestidad en el trabajo bajo los tableros, la humildad y el silencio en el esfuerzo, ímprobo esfuerzo, con grandes dotes reboteadoras (a pesar de sus dos metros pelados) entremezclado con muchísima elegancia en su juego y una dosis apropiada de puntos, ese era el ex Taugres, Larry Micheaux. Un carácter tranquilo, enamorado de la paella, que caló en la cultura valenciana desde el primer día, reforzó lo que más necesitaba aquella plantilla. También llegó un alero joven con mucho talento, Juan Carlos Barros.

EL PROYECTO YA SE SOSTIENE SOLO

Ahora sí que Pamesa Valencia se enfrentaba a los grandes. Ahora sí formaba parte de la zona noble de la competición. Que en la temporada 91/92 llegasen a las 20 victorias en 40 jornadas, tenía más valor que lo logrado con anterioridad. Novenos en liga regular y eliminados en octavos de final por el Fórum Filatélico en el último año de Arvydas Sabonis en el último acto donde las chequeras daban miedo por su cantidad de ceros. Vencieron al campeón de aquella liga, el Montigalá Joventut (95-84), ante 6000 espectadores que en cada vez más citas, se iba quedando pequeño. El proyecto definitivamente, estaba asentado. 

Y Brad Branson fue principal partícipe y testigo de todo aquello. Su nacionalización española se hizo efectiva por su matrimonio y el contar con una hija, Natalia, nacida aquí. “En España estoy más que satisfecho y he hecho grandes amistades. Como John Pinone incluso, que es el padrino de mi hija”. Era uno más en la vida del club que seguía con la apuesta de asegurar con veteranía el primer equipo, mientras se iba trabajando de forma seria con la cantera. El pívot estudiantil Pedro Rodríguez, que fue fichado por los valencianos -aún no eran taronjas- en el verano del 92, lo describía con su gracejo habitual. “En Estudiantes, yo era el veterano junto a Pinone. Llegamos a la Final Four de la Liga Europea con muchos críos. Y cuando fiché por Pamesa, curiosamente, yo era de los más jóvenes”. 

Con 35 años, a la finalización de la temporada 93/94, en la ACB de tres extranjeros por equipo y contando con la figura de Michael Smith, alero mormón de raza blanca y anotador compulsivo (que llegó a anotar 50 puntos al Natwest Zaragoza), pensó que el club estaba en buenas manos y decidió dejar la práctica del baloncesto. Sus proyectos y trabajos que ya empezaron en Madrid con la Asociación ANDE para niños discapacitados, multiplicada en Valencia, siguieron de su mano.“Cuando tienes días complicados, pensar en ellos siempre te sostiene y te anima”, ayudándoles en el deporte de la canasta. De sus posteriores negocios en la restauración, su marcha a Estados Unidos nuevamente trabajos en Florida donde su dominio del español le ayudó -además de volver a casarse con una cubana-, podéis encontrar en la red. 

Aquí nos quedamos con la estampa del jugador, el tipo grandón, fuerte, que con su rapidez, tiro exterior y profesionalidad, logró impactar como para recalar en el Real Madrid y ser el vértice primordial de los primeros proyectos valencianos. Y la persona, tipo agradecido a lo que el baloncesto le dio, a este peculiar rinconcito de la geografía española

“Más que la importancia por su juego, fue la importancia de dar a entender el proyecto de aquel Pamesa. El club dio un paso al frente con él. Significó mucho y fue el primer jugador que marcó un punto y aparte. Además, era un jugador buenísimo y significó mucho en la evolución del equipo” recuerda su ex compañero Roberto Íñiguez. Pensar lo que es hoy día Valencia Basket, da vértigo. Asombrarse el Roig Arena como próxima casa de la Copa del Rey, siendo una de sus gestoras entre la multitud de funciones, su hija Natalia, es una curiosa prolongación de todo lo acontecido.

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