“ERNIE & BERNIE SHOW”, EN MADRID POR NAVIDAD

Fueron portada de la prestigiosa publicación estadounidense “Sports Illustrated”. En un baloncesto universitario donde no había límite de posesión de balón, con tanteos mucho más bajos, entre ambos promediaban 50 puntos por partido. Eran “Ernie & Bernie”, o sea, Ernie Grunfeld y Bernard King, leyendas de los institutos de New York y las dos estrellas de la universidad de Tennessee, reconocidas a nivel nacional… incluyendo jugadores de la NBA. Knoxville, donde está afincada la universidad, fue el punto de encuentro de dos anotadores muy, muy especiales. El primero, olímpico por Estados Unidos en Montreal’76. El segundo, máximo anotador de la NBA cuando llegó a ser el auténtico “King” de New York. Precisamente en los Knicks coincidieron ambos seis años después, amplificando así su amistad. 

En Endesa Basket Lover hemos hablado del famoso Torneo de Navidad del Real Madrid, aquel producto tan atractivo por estas fechas, que inundaba los salones de todos los domicilios mientras recibíamos visitas familiares en la tarde de Nochebuena. “Conseguiré traer equipos americanos que os ganen” como promesa del mismísimo secretario general de la FIBA, Williams Jones, a finales de los 60, provocando así un mayor impacto la competición. 

Recordamos también que aquella promesa se transformó en realidad con la venida de la universidad de North Carolina en dos ocasiones. Y que Bob McAdoo, George Karl, Bobby Jones, Walter Davis, Mitch Kupchak o Phil Ford desfilaron en el abarrotado pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Pero pocos nos paramos a pensar en la llegada de la universidad de Tennessee en las navidades de 1976, luciendo los sureños aquellos uniformes tan chillonamente atractivos de color naranja. Y aquí y más en estas fechas, estamos para evocar aquellos recuerdos. 

 Vicente Paniagua levantando el trofeo de campeón del Torneo de Navidad 1976.
Vicente Paniagua levantando el trofeo de campeón del Torneo de Navidad 1976.

LA PORTADA DEL PRESTIGIO

Ambos eran anotadores compulsivos. Ernie Grunfeld, raza blanca, tirador, habilidosísimo escolta que la temporada anterior había promediado 25,3 puntos. Bernard King era un auténtico maestro. Al alero que conocimos en su periplo NBA, de suspensión a media distancia tras bote, sus media vueltas desde poste bajo repletas de fintas y pivotes como hoy nos deleitamos con Jokic, pero con una elegancia infinita, era un jugador más interior. Incluso a falta de pívots en la plantilla, King se erigía como el center titular aunque, en la práctica, no jugase como tal. 

Dan Grunfeld, hijo de Ernie y ex jugador en Guadalajara, Gandía en LEB Oro y en Valladolid en Liga Endesa, escribió un libro, “By the grace of the game” donde cuenta la historia de su padre y sus abuelos, descubriendo muchas cosas. Ernie, de nacionalidad rumana, llegó junto a sus padres, supervivientes del holocausto nazi, a la edad de 9 años a Estados Unidos sin saber ni una palabra de inglés ni haber tocado un balón de baloncesto en su vida. Su madre perdió en campos de concentración a 7 de sus familiares, mientras que su padre perdió a todos. Su vida y el baloncesto inherente a ella, supuso mucho de esfuerzo y sacrificios en concordancia a la de sus progenitores, en una inmensa urbe como era New York. Desgracias que continuaron aquí, pues perdió a un hermano a causa del cáncer. Como jugador de baloncesto, tras ser descollante en high school y lograr ser All American en la universidad, logrando el curso anterior 25,6 puntos de promedio, con un nada desdeñable 53,6% en tiros de campo. Un notable tiro exterior y gran inteligencia que le valió ser inquilino en la NBA durante 9 temporadas, tras ser elegido como número 11 en la primera ronda del draft de 1977.

Bernard King, en cambio, también criado en New York, con una familia cuyo lema era la disciplina y el castigo, con padres extremadamente religiosos, sufrió junto a sus hermanos tal rectitud, lo que minó su autoestima hasta niveles que posteriormente florecieron en su edad adulta, con muchos problemas de alcohol y drogas a lo largo de sus primeros años en el baloncesto profesional. Las canastas lo llamaron gracias a su hermano mayor Thomas, el escape para todo aquello y gracias a que trabajaba para ayudar a su familia desde la adolescencia y podía aportar dinero en casa, su madre contradijo a su padre para poder jugar al baloncesto los domingos en vez de ir a la iglesia, llegando a ser una leyenda desde su época de instituto en New York. 

Pero, ¿por qué era tan bueno Bernard King?

Lo primero, que no lo hemos dicho, era un excelso reboteador. Con sus dos metros pelados, lograba superar a pívots natos mucho más altos y potentes por pura posición. Que a sus 25,8 puntos de promedio en su último año en Tennessee (el año en el que vinieron a jugar el Torneo de Navidad), lo acompañó con 14,3 rebotes. Una barbaridad. Todos esos trucos de verdaderos maestros… venga, vamos a “terrenizarlo”, haciendo una comparativa de su juego con las virtudes de jugadores que hemos visto por nuestras pistas. Claro, todo en modo “mucho más”. De maestros que nos hemos encontrado en nuestra liga a lo largo de la historia: el “pie atrás” para ganar la posición que veíamos en Corny Thompson y Darryl Middleton, él lo tenía. Los pivotes en poste bajo y la media vuelta, echándose hacia atrás para dulces suspensiones cual Audie Norris, lo dominaba y lo ejecutaba con más agilidad. El reverso en un palmo para lanzar en suspensiones cortas una vez llegaba a la zona, era una delicia, sobre todo porque no le restaba potencia a la hora de levantarse muy arriba, subiendo muchísimo el balón en una mecánica de tiro muy particular (de verdad, os invitamos, a quien no lo haya conocido, que busque highlights en redes sociales). Y la facilidad para bombear los tiros cortos con la gracilidad de un pequeño, como hacía Andre Turner. Era un alero que, a campo abierto era demoledor y el mejor jugador de poste bajo desde esa posición, junto a las leyendas Adrian Dantley, James Worthy y Mark Aguirre. Claro, esto en los tiempos que corren con la alegoría a la efectividad en el triple, choca. Pero sin línea de tres puntos en la universidad ni en sus primeros años en la NBA, este tipo de juego era más común.

De su carrera profesional, hablamos que se ganó a una ciudad y una afición tan hostil como la de New York y los Knicks, tras coronarse en los Playoffs de 1984, con exhibiciones de más de 40 puntos en una primera ronda histórica ante Detroit Pistons (con el factor cancha en contra) y forzar hasta 7 agónicos encuentros a los futuros campeones, Boston Celtics. De lograr dos partidos consecutivos anotar 50 puntos en la gira del equipo por el estado de Texas, tiene mucho mérito lo que costó recuperarse de su gravísima lesión de ligamentos cruzados, permaneciendo más de un dos años fuera de las pistas. 

La cirugía entonces no es la actual y, ante las dudas de New York Knicks con los que volvió en abril de 1987, lo dejaron libre siendo Washington Bullets quien apostó por él. Exhibiendo una de las rodilleras más aparatosas que se recuerdan en la NBA de los 80, “recibió” en el Madison Square Garden a sus ex aficionados con una exhibición de 46 puntos la primera vez que volvió a pisarlo como rival y acabó siendo nuevamente All Star en la temporada 90/91, promediando 28,2 puntos por partido. Llego a serlo hasta en 4 ocasiones, el primero de una lista tras haber sufrido rotura de ligamentos cruzados de su rodilla. En el Torneo de Navidad, tan solo Nate Archibald (que vino a jugarlo con el combinado Cheiw All Star en 1984, cuando llevaba un año retirado de las canchas) con 6 ocasiones, junto a Bob McAdoo, con North Carolina en 1971, antes de acometer su periplo profesional, con 5, han sido más veces All Star que él. 

 Lucha por el rebote entre Walter Szczerbiak y el base de Tennessee, Johnny Darden
Lucha por el rebote entre Walter Szczerbiak y el base de Tennessee, Johnny Darden

EL TORNEO DE NAVIDAD

Y bien, llegando las fechas navideñas para la disputa del torneo, incluso se llegó a hablar que esta XII edición pudiera ser la última (bien sabemos que no), puesto que los presupuestos se disparaban a nada que tenían que traer desde el otro lado del Atlántico, equipos tan prestigiosos con todos los recursos humanos que conllevan. Piensen que los billetes de avión entonces eran de un coste elevadísimo. Junto al Real Madrid y la universidad de Tennessee, lo complementaban una selección africana con jugadores de diversas nacionalidades y otra universidad USA, esta mucho más modesta, como era la de Brown. Por diversos problemas, estos no pudieron acudir y se tuvo que echar mano a última hora, del Niza francés. 

A los estadounidenses les impactó inicialmente el cambio de normas y de estilo de juego, con lo que estuvieron irregulares y a una última posesión francesa (con 96-95) de perder el encuentro en su debut ante Niza. Fallaron su posesión y una postrera canasta dejó el definitivo 98-95 para los Volunteers de Tennessee. Eso sí, el impacto inicial de Bernard King como un jugador especial, se remarcó desde este primer encuentro: 33 puntos en su haber. 

El Real Madrid, que venció a la Selección de África (98-62) y al día siguiente a Niza (96-82), contaba con un bloque veterano dirigido por Carmelo Cabrera y Vicente Ramos (Juanito Corbalán era el tercer base en discordia), junto con Cristóbal Rodríguez, Vicente Paniagua y Clifford Luyk. En el segundo año de Lolo Sainz como entrenador, estas fechas navideñas estaban tintadas de cierto amargor en la casa blanca, pues venían de perder por 19 puntos en el Palau Blaugrana (91-73), misma diferencia que también encajaron ante el TsKA Moscú en Copa de Europa tres días antes, en la mismísima Ciudad Deportiva de Castellana, con lo que la imagen en este Torneo era importante, para sacudirse ciertos fantasmas de crisis que la prensa ya se aventuraba a etiquetar. Wayne Brabender y Walter Szczerbiak eran los aleros del equipo y quien más carga ofensiva soportaban, esta vez ayudados por el segundo americano -solo para competiciones europeas. Y, por supuesto, también para este torneo-, John Coughram, un alero potente, con cuerpo casi de hombre interior, del corte que tanto gustaba a Lolo Sainz, que sirvió para desarrollar un fuerte marcaje sobre Bernard King en su enfrentamiento directo, el último día de competición. 

Aun con esas (dicen las crónicas que una defensa demasiado permisiva sobre la estrella estadounidense), los yanquis comenzaron fulgurantes, con un 9-20 inicial que dejó frío al abarrotado pabellón, consciente que el enfrentamiento era etiquetado como ocasión especial. La universidad de Tennessee, dirigida por Ray Mears, fueron utilizando una defensa zonal casi todo el enfrentamiento, pues realmente contaba con escasa profundidad de banquillo. A sus estrellas Grunfeld y King, se les unía un escolta, Mike Jackson, que fue el verdadero dolor de cabeza esa tarde en el recinto (lo sentimos, pero no tenemos registro de anotaciones individuales), con entradas a canasta de gran habilidad y un dominio de balón mezclado con potencia física de la que aún no estábamos muy acostumbrados en España. De un 39-42 en el minuto 15, el Real Madrid consiguió las primeras ventajas con un 51-49, para llegar al descanso con 4 puntos de renta (57-53).

La inexperiencia de los jugadores de naranja se fue notando, llamando la atención en el aficionado español, los despistes en sus defensas zonales que, con jugadores tan veteranos enfrente, hubo momentos en que perdieron la concentración y encajar rentas importantes. Los blancos con un 73-61 por delante, encarrilaron el partido y pensando que de forma definitiva. Fueron de nuevo los tres protagonistas mencionados de los Volunteers, liderados de nuevo por Mike Jackson, quienes remontaron para tomar de nuevo la delantera (92-93), justo en el momento en el que el Real Madrid hilvanó varios contragolpes seguidos, destacando la figura de Cristóbal Rodríguez, para dejar el definitivo 113-103, proclamándose campeón. Y el público, la mar de contento hacia sus casas. 

El Torneo volvió a ser un éxito. Eso sí, entre las costosísimas cuentas que tenía que afrontar el club, como la carga de cansancio física que suponía un desplazamiento tan largo a los colleges estadounidenses, la edición de 1976 fue un punto de inflexión, porque nunca más volvieron a disputarlo universidades USA. Y una pena, porque eran los mejores representantes de ese baloncesto que pisaban el oscuro parquet de la Ciudad Deportiva. 

Y como anécdota final, algunos aficionados que peinan canas han preguntado si con la universidad de Tennessee, viajó y jugó uno de los extranjeros icónicos en el baloncesto español de los 80, el ex verdinegro Reggie Johnson, idolatrado posteriormente en la ciudad de León. Y… ¡efectivamente!, como primer hombre de rotación en aquel equipo, el futuro campeón de la NBA e ídolo en nuestro país, lo pisó por primera vez en esta XII Edición del Torneo de Navidad. 

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