TYSON PÉREZ Y EL ARTE DE LA GUERRA

“Empiezas a parecer como si vinieses de un incendio con quemaduras de tercer grado y tu piel está cicatrizando”, comentaba uno de los mejores reboteadores de la década de los 80 en la NBA, el fornido e intenso ala-pívot Michael Cage. El tipo que, tras la batalla, en el vestuario estaba envuelto en film transparente, del que las madres utilizan normalmente alrededor del bocadillo, para sujetar las bolsas de hielo a lo largo de sus hombros y su espalda. Ver algunos de aquellos vestuarios era como visitar un hospital de guerra. Todo con tal de asegurar los rechaces en los tableros. Una leyenda como Charles Barkley dejó legado tanto por sus disputas en la zona como por sus palabras. “Aprendí que cualquier jugador, pagase por ello. Pagarlo con dolor. Y los rivales tenían claro que eso no era ningún arma secreta, sino que asumían dónde se metían”. El arte del rebote es el arte de la guerra.

Todo esto sirvió como introducción en un artículo de la revista SLAM Magazine a finales de la década de los 90, para ensalzar a categoría especial la tarea del rebote en la NBA. En la década del juego más físico y más intenso de la historia, donde más farragoso se iba fraguando el juego, para el mundo de la fotografía era una auténtica delicia. Y no hay más que hojear revistas de la época, donde tan atractivo era un vuelo de Vince Carter, con toda su plasticidad, como la intensidad en el cuerpo a cuerpo de una lucha por un rebote de Brian Grant; los cambios de ritmo de Iverson con sus interminables extremidades como los empujones y músculos en tensión de Jayson Williams mientras miraba al cielo en pos de un balón. Tiempos que los fotógrafos bien echan de menos. 

Endesa Basket Lover tuvo el privilegio de estar a pie de pista en el Martín Carpena el pasado domingo, observando las evoluciones de Tyson Pérez, el nuevo “lord of the rings” (el señor de los aros) de Unicaja en su enfrentamiento al F.C. Barcelona, donde salieron derrotados por 77-83. Los andaluces no supieron sacudirse el 1 de 14 en triples de su trío más certero, Perry-Duarte-Kalinoski, pero sí pudimos ver en toda su esencia al dominicano en su brega por los rebotes, en un escenario que él pinta tan hostil para el rival como lo enunciado al principio del artículo. Pérez disfrutó de pocos minutos en cancha (tan solo 12), dándole tiempo a anotar 9 puntos y capturar 6 rebotes. Independientemente de la estadística, disfrutar de su rutina para ganarse el jornal, es uno de los grandes atractivos de nuestra competición. 

Todo esto se numeriza en, que el pasado curso tuvo un ratio de 0,34 rebotes por minuto en cancha. Nadie, pero nadie en toda la Liga Endesa ni tan siquiera se le acerca excepto Jaime Pradilla, con su 0,31. No hay un Shermadini (0,21 por minuto en pista) ni un Birgander (0,24) o Moneke (0,19) que le hiciese sombra. Veremos en este curso. Pero por encima de los rebotes que pueda capturar, es esa sensación de que la zona, en tiempos de juego con muchos espacios, de no tanto tráfico en la pintura, de rebotes más largos, estar a su lado es una auténtica tortura. Porque él se encargará de saltar antes que el adversario, de atrapar con sus manazas el balón, de palmearlo cuando se encuentra tras el rival para una situación de ventaja de su equipo. Sin parón, sin descanso, todo intensidad, porque no pueden permitírselo. Los grandes reboteadores de la historia, exceptuando el gran Wilt Chamberlain, ni han sido los más altos ni los de mayor masa muscular. Rodman, Moses Malone, Barkley… todo alrededor de la intensidad y un instinto natural. “Mis primeros entrenamientos con Pepe Laso, que es algo así como mi abuelo deportivo, eran pura energía de mucha exigencia en el esfuerzo” declaraba hace unos cuantos meses. Sí, tras probar en este deporte en Betanzos, donde se inició compitiendo, recaló en Madrid a la edad de 18 años y fue apadrinado por el gran Pepe Laso, uno de los gurús del entrenamiento individual en este país, impresionado de las condiciones físicas de nuestro protagonista. 

La flexión de su cuerpo para tener el centro de gravedad más bajo, el que resulte inamovible por tal causa allá donde se plante, el truco de buscar siempre el hueco allá donde no hay gente en la zona para el rebote ofensivo, el marcar el territorio usando los brazos, codos y ser el primero siempre en saltar con su explosividad, es algo que lo cuida, es parte de esa esencia que comentábamos en el juego de un ala-pívot de tan solo 2,02 de estatura, de no tener miedo a ningún adversario y como en el universo de 2001, “una odisea en el espacio”, nos traslada a otro firmamento, a otros tiempos donde el foco del espectáculo estaba en la zona. 

La asignatura pendiente de Tyson Pérez este curso es grande. Suplir a un icono como Dylan Osetkowski en la posición de “4” es enorme e Ibon Navarro pide, como inicio, la mayor intensidad. El cambio de organigrama táctico en el plantel del que dispone, con jugadores muy anotadores que deben asumir también un rol defensivo que hasta ahora no les ha sido necesario, hace que todo encaje y se compense con una mayor esfuerzo en todas las facetas del juego desde la posición de ala-pívot por parte de Tyson. De sumar más en el rebote, de subir el umbral de intensidad entre sus compañeros y en los rivales cuando vean que la zona es un “vado” totalmente privado. Intentará anotar un poco más, se le exigirá ser el primer hombre alto en llegar a la canasta contraria cuando toque correr y buscar mayor seguridad en su tiro exterior son tareas por las que sigue trabajando. 

De momento y aunque sea por televisión, disfruten de su brega en todas sus actuaciones. Y si tienen la oportunidad de verlo en directo en la pista, mejor aún. De un tipo que sabe de bolsas de hielo en el vestuario, de quemazones y rasguños, de asumir que lo que toca para subsistir en Liga Endesa e incluso destacar, es la honestidad con el sacrificio. El arte del rebote es el arte de la guerra. Y eso Tyson Pérez bien lo sabe.