Con el gran Giannis Antetokounmpo a la cabeza y en puertas de las semifinales, Grecia quizás sea un poco más favorito que el resto de supervivientes en uno de los Eurobaskets más locos de la historia. La enorme disciplina mostrada siempre por los helenos, al son de uno de los jugadores más desequilibrantes del planeta, puede conducirles a pensar esto.
El rigor y la disciplina que ha caracterizado casi siempre al baloncesto griego no deja de ser paradójico si nos remitimos a su pasado. Mejor dicho, a su principio. Vamos a poner aquí en valor un momento y unos protagonistas. Un volcán que tambaleó los cimientos del baloncesto europeo cuando nadie lo esperaba, porque una nación anónima en el mundo de la canasta, quiso hacerse sitio en el concierto continental. Y como cuando una muela del juicio asoma, provoca desplazar a todos los demás inquilinos del lugar, a costa del dolor para el resto. Esto fue Grecia en baloncesto.

Su estrella, Nikos Gallis (permítannos escribirlo con doble “ll”, que así lo escribíamos en los 80 y es costumbre y nostalgia, aunque realmente es con una sola “l”), alzó todo un país a lo más alto desde el anonimato, desde una escasísima tradición de baloncesto. Realmente él no nació en Grecia, pues era estadounidense nacido y criado en New Jersey. O quizás sería más exacto decir que sí era griego y se crió en una parte de Grecia, de esas que afloran en Estados Unidos, pequeños fragmentos de su país allá donde pueden subsistir, esta vez, en la costa este norteamericana. Continuando sus estudios universitarios en Seton Hall, también del mismo estado, hablan que allí fue una leyenda de las canastas a finales de los 70 y en 1983 aflora en el concierto europeo, defendiendo a su selección y cuajando una gran competición en el Eurobasket disputado en Francia. Y vemos un tipo que con poco más de uno ochenta de estatura, sabe moverse en ataque en los aledaños de la zona con una facilidad pasmosa utilizando todos los recursos más dignos de un videojuego que de un humano. Un salto portentoso, con lo que parecían dos ballestas más que piernas, podían explosionar en cualquier momento hacia arriba, muy arriba. Tiros asombrosos echándose el balón muy atrás para no ser taponado, un dominio de los tiros cortos bombeados como jamás vimos antes (ni después, porque lo de la “bomba” de Navarro, que tenía un resultado semejante, era de diferente ejecución). En el aire se sostenía más que los contrarios, capaz de sortear todos los brazos a su alrededor antes de caer al suelo y como un tiro teledirigido, los balones acababan dulcemente en canasta.
Formó parte del quinteto ideal de aquel Eurobasket como del Preolímpico parisino de un año después, donde -lógicamente- no consiguieron el pasaporte para los Juegos angelinos y, algo más familiar entre los aficionados, lo vimos hacer de todo en el Mundobasket español de 1986, aunque su selección quedase en 12ª posición. Él y su compañero Panagiottis Giannakis, el “Isabel&Fernando” de aquel combinado que intentaron todo por todos los medios, carecían de poderío interior, lo que les impedía competir al más alto nivel. Y junto a los “curritos” Romanidis, Filipou, Kabouris, Andritsos, llegaron dos jóvenes que darían el empujón definitivo. Un alero de más de dos metros fornido, con un carácter indomable, Fannis Christodoulou y un pívot de 2,13 de gran delgadez y brazos larguísimos con formación en la prestigiosa universidad de North Carolina State, Panagiottis Fassoulas que, precisamente por querer probar en la NBA en el verano del 86, rechazó la invitación con su selección. Pero llegó 1987, aquel Eurobasket, su torneo en casa, donde vencieron a la Yugoslavia unificada liderada por Drazen Petrovic (y unos jóvenes Paspalj, Kukoc, Vrankovic, Radja y Divac) en la fase de grupos y que en cuartos de final apartaron a Italia, nuevamente a Yugoslavia en semifinales y el éxtasis llegó en la final de un domingo 14 de junio, ante la Unión Soviética, tras prórroga.
Nikos Gallis logró un promedio de ¡37 puntos! sin apenas usar el triple, pues no era buen tirador desde tan larga distancia (se desarrolló como jugador sin ese tiro en el baloncesto) y en aquella celebración por las calles de Atenas, se despertaron muchas cosas mientras endiosaban a su estrella en el tan cercano Olimpo. Lo primero, hay que ponerles en valor que aquello no fue flor de un día, un efecto champagne, pues dos años después en el Eurobasket de 1989, lograron con el mismo bloque, vencer a la Unión Soviética en semifinales, los campeones olímpicos y esta vez con Arvydas Sabonis, par encaramarse en la final. Los jóvenes jugadores fueron impulsados y los niños… ¡ay los niños!, comenzaron en masa a jugar al baloncesto a lo largo y ancho de su geografía. Aquellos hijos cestistas de Gallis, en un país efervescente alrededor de una canasta, se desarrollaron en número y calidad. Su liga nacional de baloncesto comienza a ser regada por millones y millones de dracmas y su popularidad hace que en la década de los 90, su Belle Epoque particular, acabe firmando sus derechos de retransmisión por una tele de pago. Llegaron estrellas como Paspalj, Volkov, Walter Berry, Dominique Wilkins, Xavier McDaniel, Byron Scott hasta la llegada de Radja o Bodiroga. Pero hablábamos de la selección.
Los “hijos” de Nikos Gallis, cuando ya habían emergido tipos como Georgios Sigalas o Nikos Ekonomou, se presentan con una selección de ensueño a “su Mundial” junior de 1995. Y con un OAKA recién estrenado, hasta la bandera en sus partidos, arrasaron a todos sus rivales (incluida la Estados Unidos de Vince Carter, Stephon Marbury y Samaki Walker), liderados por Efhtimios Rentzias y Dimitris Papanikolaou. La selección absoluta llegó a semifinales en los Eurobaskets de 1993, 1995 y 1997, en el Mundial de 1994 y 1998 y en los Juegos de Atlanta de 1996. Ya eran élite. En tan poco tiempo.
Claro, que había que ganar. Los “hijos de Gallis” que imaginamos delante de una tele en 1987 con ojos como platos y celebrando con sus familias algo que no entenderían mucho por su corta edad, lograron al fin el título en el Eurobasket de 2005. Se llamaban Theos Papaloukas, Vassilis Spanoulis y Dimitris Diamantidis. Y dominaron porque en 1987 se abrió una maravillosa caja de Pandora cuyos vientos llenaron toda la nación de canastas, balones y entrenadores de base.
Grecia es un país de baloncesto, no lo duden, con un claro punto de salida. Por ello, cuando apareció una familia de niños con unas condiciones físicas tan extraordinarias que, a su principal protagonista se le ha conocido en la NBA como “The greek freak” con los años, pudo empaparse del conocimiento y pasión que encierra su país de adopción alrededor del baloncesto. Y Giannis Antetokounmpo puede volver a hacerles campeones de Europa.


