Te representan, aunque sean inalcanzables. Para el aficionado joven, son una traslación hacia la fantasía con una capa de superhéroe. Para el más veterano, severo crítico desde su asiento, son como el piano que toca la nota más infantil, la de la capacidad para sorprenderse ante unas canas en guardia, envalentonadas porque suponen que lo han visto todo. Para un niño… bueno, para el aficionado niño, directamente son sueños. Y lo más bonito es cuando lo hacen despiertos. Y todos ellos, abrigados por la identificación del personaje, aquel que te mira a los ojos, que tiene el arrebato de dar la mano, de ver que toda su magnificencia se torna en terrenal cuando sonríe con complicidad del “tú a tú”. Todo eso lo disfrutamos la tarde del domingo en Lugo. Y emociona como pocas cosas en esta vida.

Dzanan Musa es el ídolo de otra época. Son suspiros delante 625 líneas y fotos en tono sepia de un diario. Cuando la sociedad orientada a las redes sociales son receptores de estímulos suficientes como para olvidar el anterior tan solo diez minutos antes, donde apenas nada permanece, en el Pazo dos Deportes lucense fuimos testigos de algo asombroso, algo que perdura. El jugador que fue máximo anotador liguero, el MVP de la Liga Endesa, quien aupó al Río Breogán a una Copa del Rey cuando (en su fase final de 8 equipos), tan solo había accedido previamente en 1990, quien temió por su integridad tras un desgraciado golpe en la garganta y fue protagonista de un excelente documental, es lógico que tras un año tan solo de estancia en el club, sea objeto del mejor recibimiento al año siguiente. Incluso al siguiente. Tres temporadas después, es de no creer el fervor que siente la ciudad de Lugo por este jugador, mirada de agradecimiento ante la estupefacción de quien ve alguien celestial.
Por ello, Dzanan Musa intentó jugar lo mejor posible en el Río Breogán-Real Madrid, insistiendo a pesar de sus primeros erráticos lanzamientos. Por ello, cuando sufrió un fuerte esguince de tobillo (inhabilitado en condiciones normales para seguir jugando ese partido), retó a su mala suerte, preparándose al descanso para volver a pista, porque en Lugo él así lo quería. Y por eso, su enfado con su entrenador, Chus Mateo, cuando lo sentó aún no llevando ni 5 minutos en pista, a sabiendas que su tocado tobillo se enfriaría y le costaría mucho entrar nuevamente en la dinámica. Pero lo logró, ahogando fuertes dolores, con 15 puntos y ser el máximo anotador de su equipo en la victoria de los blancos (69-79). Aunque lo mejor estaba por llegar.
Disfrutar en los últimos compases del partido con todo un recinto de aficionados de pie, donde logran que el juego sea algo secundario, ovacionando al tipo que, en una sola temporada, se convirtió en eterno para ellos, es de los aspectos más gratificantes que puede dar el deporte. Al bocinazo final, Dzanan Musa alzó una bufanda del equipo que tanto le dio y al que tanto devolvió, al club de sus amores, el Río Breogán.

El ídolo cae rendido, silencia una entrevista televisiva por unos segundos, intentando no romperse ante el micro, con el trago de la emoción que le aprieta la garganta, manteniendo un decoro que unos metros tras él, no pudo ni quiso mantener su madre junto al resto de la familia, que sí rompió a llorar, emocionada ante la huella de un hijo que caló tan hondo en un lugar cualquiera en el mundo. Tal es su grandeza.
Puede que fuese su última actuación en el Pazo en unos años, ¿quién sabe? Da igual cuando se le ve abrazarse y conversar, tobillo envuelto en una bolsa de hielo, ¡una hora después de la finalización del partido!, con gente que a buen seguro formó parte de su día a día en las calles de Lugo, recordando la brevedad en la metamorfosis del forastero plagado de dudas hasta el héroe, razón, alegría e identificación de un punto en el mapa de la Liga Endesa donde, por un tiempo “tuvimos al mejor”. El ídolo de un lugar y un momento, cuya mirada expone infantiles garabatos eternos de agradecimiento. Y esos sí serán eternos.
















