Colgado arriba, muy arriba del techo de La Fonteta. Tanto como él llegó. Con el flamante número “9” grabado, con el simbolismo que tiene un número retirado, como si fuera la capa de un superhéroe como el que llegó a parecer. Endesa Basket Lover así lo veía, como algo sobrenatural.
Fueron 10 temporadas de permanencia, en las que se consiguieron los mayores éxitos del club taronja. En la dirección, un Supermán de características físicas excepcionales. Nadie, absolutamente nadie en nuestra competición, elevó durante tantos años el nivel de exigencia física y de intensidad en la pista. Adelante y atrás. En todos y cada uno de los minutos que jugaba. La tortura para el rival que era incapaz de soportar tales “decibelios” en el juego. Era asombroso.
Presionando hasta la asfixia el balón en defensa, no dejando botar, pensar ni ejecutar, que era lo que trataba. Era un doloroso lamento para el base contrario, incapaz de vislumbrar el desfile de situaciones idóneas para su equipo porque todo se nublaba a su alrededor.
Piernas que aguantaban cualquier desplazamiento, manos certeras para los zarpazos y que obligaban a girar al rival y proteger el bote con el cuerpo. Misión cumplida: imposible ver así -y menos aún hilvanar- jugadas con toda la perspectiva que da el campo. Era un maestro en eso.
La tortura era aún mayor cuando tocaba defenderlo. Sam Van Rossom atacaba sin descanso a cada segundo. ¿Se imaginan que, a cada instante, alguien amenace con arrancarse mientras bota, primero poniendo en evidencia a su defensor y resquebrajando cualquier sistema del adversario? Eso a cada instante.
Van Rossom, por encima de todo, era RITMO. Un ritmo frenético imposible de aguantar. Cierto que si se tienen condiciones y actitud, eso en el baloncesto de rotaciones de hoy, está a la orden del día. Ser profesional y darlo todo hasta que, exhausto, hay que hacer un obligado parón para descansar. El bueno de Sam lo conseguía sin necesidad de pasar por el banquillo para tomarse un respiro.
Miren, una de las derrotas más dolorosas de Valencia Basket en su historia, vino en un Playoff de cuartos de final ante CAI Zaragoza en 2013. Un proyecto ambicioso quedó minimizado por un club de apenas 4 años de existencia en ACB, comenzando su eliminación en un histórico día de 3 prórrogas en el Príncipe Felipe de Zaragoza. “¿Y este tío no se cansa?” 42 minutos del base zaragozano, un belga recién llegado llamado Sam Van Rosson, entre un frenesí compartido con la grada, para continuarlo en La Fonteta días después y dando a los maños las primeras semifinales de su historia. Se recitó el tan afamado “si no puedes con tu enemigo…” y en las oficinas de Valencia Basket pensaron que Pablo Aguilar y nuestro protagonista, dos claros exponentes de aquel éxito zaragozano, debían ingresar en las filas taronjas, para dar el paso definitivo, para ser más en todo.
Semifinales de 2014, un equipo que parecía aspirar a lo impensable en Valencia. La eliminatoria más extraña posible ante el F.C. Barcelona (que finalmente se proclamó campeón liguero), donde nadie pudo ganar en casa, en ninguno de los 5 encuentros. Era emocionante ver cómo tras perder los dos primeros choques en La Fonteta, lo que parecía la sentencia y máxime, con la plantilla en cuadro debido a las lesiones, la visita al Palau se saldó con dos triunfos. Presenciar aquel Van Rossom evolucionar, era hipnótico. Estaban en cuadro y él forzaba y forzaba hasta hacer sonar las alarmas con dos triunfos en feudo azulgrana. Una genialidad sobre la bocina final de Marcelinho en el quinto y último choque, les dejó fuera de una final que llegaron a tocar. Todo aquello no podía caer en saco roto. Se esperó… y llegó el título.
Sam Van Rossom puso en la final del 2017, cuando hay que contar con tablas y calidad, cuando las rotaciones son fundamentales porque las heridas de guerra de 9 meses están acentuadas como nunca, un ritmo tan exigente que nadie, ni el propio Llull, pudo seguir. Bajo la puesta en escena estelar de Bojan Dubljevic, Romain Sato, Luke Sikma, Pau Ribas… y Sam Van Rossom, dejaron sin oxígeno al Real Madrid. El sofocante calor aquellos días en La Fonteta, parecía ser pista para motos taronjas. Y ahí, el belga era el jefe absoluto.
Pasan los años y llegaron los problemas físicos y las lesiones, plantearse si dejar la ciudad levantina porque no iba a estar al nivel que su firma llevaba. Pero era el club quien le rogaba, que el jugador veterano había sabido convivir con las lesiones y con la cada vez más falta de explosividad, se convirtió en un sabio de la pista cuando el cuerpo le daba tregua y le dejaba. Y tocaba acentuar el tiro y la visión de todos los compañeros.
Y sobre todo, aquella continuidad era voluntad de Valencia Basket, porque un personaje así caló en el vestuario, en el club, en la ciudad. Su carácter alegre por encima de muchas cosas, el tipo disciplinado que aguantaba dolores que nunca confesará, siempre sonriente, siempre voluntarioso, consciente que la piña en la plantilla era fundamental, eran la personificación de lo que pretendía en este rinconcito de Valencia. Que ser buena persona, es más importante todavía en estos tiempos de hiper profesionalización del deporte. Y en él, bien que brotaban tales virtudes, con exquisita naturalidad.
Por todo ello, este sábado, nos gustaría estar en La Fonteta y brindar en el homenaje que él se ha ganado, en un selecto club junto a Nacho Rodilla, Víctor Luengo y Rafa Martínez. Porque si hay personas que logran emocionar, esos, se lo merecen todo. Que lo disfruten, porque Sam Van Rossom bien vale un estandarte.



















