Toda la vida tuvo motes. “La serpiente” en sus primeros años, “El Madelman” más adelante, el caso es que el su físico impresionaba en aquella España, su espigada delgadez que combinada con una gracilidad innata, le hacían ser -y pongámonos en situación, por favor- el primer “The Unicorn” de nuestro baloncesto. Rafael Rullán fue el principio de la modernidad en nuestro país. “Sí, viví la época importante del boom de la altura en el basket español. Hasta entonces, los más altos, Enric Margall, Lorenzo Alocén y compañía se quedaban justitos o ni llegaban a los dos metros. Que nosotros lo superásemos, era noticia”. El principio del pívot que sabía moverse, ser rápido, botar el balón e incluso y sobre todo, saber anotar tiros exteriores, tuvo el nombre de Rafa Rullán. Desgraciadamente se nos fue (a todos) el pasado fin de semana a los 73 años de edad, tras una larga enfermedad.

De un Alfonso Martínez con su 1,94 de estatura, máximo exponente interior en el baloncesto español hasta la llegada y nacionalización de Clifford Luyk, se nutrió el baloncesto español durante muchos años. De la casta de Lorenzo Alocén, con la estatura de un escolta hoy día, se pasó al primero y mayor de los Margall, Enric, que con dos metros peladitos se movía como un alero. Y llegó el paso evolutivo más: tipos de 2.07 de estatura, jóvenes y rápidos. Y ahí aparecen Luis Miguel Santillana en Badalona y Rafa Rullán. O sea, la modernidad. “Yo empecé en esto del baloncesto de una manera muy casual, porque vivía en Palma de Mallorca, era un chaval de catorce años que no le dedicaba al deporte excesiva atención. El poco deporte que yo hacía era de forma prácticamente obligada, por mi desarrollo, por consejo médico”.
Un padre militar que lo apunta al equipo del colegio y “cuando salió lo de la Operación Altura en 1965, mi propio padre escribió a la Federación explicando que yo era un chico joven y alto. Vine a la península y fiché por el Real Madrid”. Su cuerpo, poco trabajado en infancia y adolescencia, tenía una coordinación innata. En el junior del Real Madrid elige el número 13 como admirador de Luyk, “aunque en el primer equipo me dieron el 12, porque sustituí a Miles Aiken, que llevaba ese número”. Y desde 1969 hasta 1987, Rafa Rullán fue el 12 del Real Madrid y más adelante, de la Selección Española. Porque también en el Equipo Nacional fue pieza fundamental.
Rullán era un caso muy particular. Fue el siguiente paso evolutivo. Su falta de peso con estatura -y posición- de pívot, le hacía obligarse a bregar con todos los monstruos interiores del Viejo Continente y, claro, ante un Dino Meneghin en defensa, le tocaba sufrir. Pero en ataque… eso era otra historia. Les sacaba de posición, les torturaba con su media distancia (no existía la línea de tres puntos entonces) y, sobre todo, la suavidad con la que hacía todo, como en cámara lenta. Tan buen tirador era que, a sus fintas, picaban todos y aprovechaba para dar un bote y buscar mejor posición para su lanzamiento. Tan buen tirador era que, la línea de 3 que sí usó al final de su carrera, sus gestos técnicos no cambiaron, lo aceptaron con total naturalidad. Y enchufaba, vaya que sí. En el aire, mientras se quedaba colgado marcando todos los tiempos del tiro, era embriagador ver su último toque con la muñeca, sean tiros cortos, por elevación o suspensiones, proclives a ser cada vez más lejanas. Con Luyk y un americano al lado, en el Real Madrid tenía buena compañía, cosa que en la Selección costaba más. Esto ya no se trataba de ver qué se podía sacar de cuerpos toscos pero altos y voluntariosos, como Segun Azpiazu. Ese “nosotros éramos noticia” del principio del artículo, Miguel Ángel Estrada, el mencionado Santillana y él, eran jugadores que muy sobrados los dos metros, sabían jugar al baloncesto.
LA TRANSICIÓN DE TODO
Y llegan los 80, donde Rullán ya ha ganado 10 Ligas y 3 Copas de Europa con el Real Madrid. Aparece el grande, muy grande esta vez, al que toca coordinar, enseñar y convivir. Fernando Romay daba la bienvenida a una nueva etapa con su 2,13 de estatura, nunca vistos en nuestro país. Y bien que tuvo que forzar su progresión cuando Rullán se lesiona en el Preolímpico de Ginebra que daba paso a los Juegos Olímpicos de Moscú’80 y “Fernandito” ha de jugar todos los minutos posibles para clasificarnos, porque nuestro protagonista debe ser operado de ambos pies (“he pasado 7 veces por el quirófano”, confirmaba en 1984). Y se despidió del Equipo Nacional en el Eurobasket checoslovaco de 1981 como veterano que, con su tranquilidad, bonomía y saber estar, aleccionaba a todo el ejército de jóvenes triunfadores que van llegando. Porque los Costa, Solozábal, Epi, Iturriaga y el propio Romay ya llevaban tres añitos cumpliendo en verano con “la Roja”, pero es que en este caso, había un chaval llamado Fernando Martín que, no es que llamase a las puertas, sino que directamente las echaba abajo.
Rafa Rullán ve que su mayor ayuda a su club, es el de ser un exterior más, un alero de lujo al que no se le puede puntear desde tan arriba y que abre una cantidad enorme de espacios. Y enseña porque, si él fue revolucionario, ahora es testigo de lo que que el baloncesto español está cambiando de verdad. El talento que lideraba Juanito Corbalán era un abanico de posibilidades infinitas, sobre todo porque, junto a Romay se asientan dos pívots, Fernando Martín y Andrés Jiménez, que estos sí tienen el pack completo: son altos, muy fuertes, coordinados, rápidos y saben ofrecer a este deporte como pocos. Con ellos, al cielo… angelino, con la plata en los Juegos Olímpicos de 1984. Rullán ya era un tipo que ayudaba desde la rotación al Real Madrid, que su veteranía valió para brillar en la Recopa conquistada en 1984. Cuando los hermanos Martín decidieron viajar a USA, Fernando a los Blazers de Portland y Antonio a la universidad de Pepperdine, hubo de multiplicarse ante un Real Madrid en cuadro. Y ahí estuvo y cumplió.
Al regreso de ambos un año después, ya no tenía sitio en la plantilla, pero sí ganas de seguir dándole a esto. Y aceptó una oferta, con 35 años, del vecino Bancobao Villalba, donde siguió impartiendo clases con su elegancia. “De haber permanecido en Mallorca, quizás ahora yo sería oficinista”. Lo que cambió su vida este juego y lo que su juego hizo cambiar al baloncesto español. Quizás no sea tan conocido porque fue el preludio de todo lo más afamado de nuestro baloncesto. Los Gasol y Navarro se apoyaron en los éxitos de la Selección en los 80, que tuvieron un trampolín en tipos como Rullán, primeros en tantas cosas, sostenedores del vendaval que vino después. Descanse en paz en alguien que siempre fue buen tipo y, sobre todo, gracias por tanto.



















