“Ese triple que nunca entró, pero que será el más recordado, ya que el todopoderoso F.C. Barcelona supo que en Málaga había un equipo que le podía hacer sombra. Fue una locura muy hermosa”.
Esta es una historia que sucedió hace 30 años. Nada menos. Apasionante, impactante e increíble. Quizás 30 años no son nada, pero esta vez son muchos, por lo que supuso. Esta es la historia de una final de liga disputada en 1995. Sí, el F.C. Barcelona quedó campeón pero, como a todos los medios aquel entonces, nos van a permitir contarla desde el prisma del terremoto que supuso la irrupción de Unicaja. De la historia que resquebrajó y del legado que dejó. Dicen que el primero que se estrella contra la pared, acaba sangrando. Los malacitanos no ganaron esa liga, pero sí todo lo demás. Es un cuento, una epopeya que tiene de todo… y repasada 30 años después, sigue siendo un viaje alucinante. Pasen y vean.

UN ESCENARIO
El Palau Blaugrana estaba atónito. Algunos animaban e intentaban arrastrar al resto, en un optimismo que muy pocos en las gradas veían. Bastante tenían con digerir tal panorama. Era el segundo partido de la final, tras haber perdido el primero de manera clara (un maquillado 77-84 final), el electrónico mostraba en sus primeros parciales, un cruento 6-22. ¿Qué estaba pasando? Unicaja, aquel equipo que parecía haber llegado casi como un intruso a la final liguera, por el lado “fácil” del cuadro, tenía contra las cuerdas al F.C. Barcelona, en uno de los repasos más notorios que jamás se vieron en una serie final. Lo que sucedió en los ocho días siguientes, quedará reflejado como algunos de los momentos estelares en la historia de la ACB. Porque todo se resumió a un balón en el aire. El balón por un título. El triple de Ansley.
Donde el tiempo se congela, donde resquebrajar la historia y hacerla añicos se condesaba en un balón que giraba y giraba en busca de la canasta, desde siete metros, desde las manos de Michael Ansley. El ídolo en los dos encuentros de Málaga, un semi dios aquellos días, el tipo que llevaba 38 puntos, apostaba en una ruleta deportiva al todo o nada con esa bola. En tal preciso instante, ¡6.600.000 televidentes! también se congelaron delante de la tele, récord absoluto en cualquier encuentro en la historia de la ACB (desde que existen ratios y mediciones). 4.421.000 espectadores fue la media de audiencia, solo superada esta media de toda la retransmisión por los 4,8 millones de aquella determinante actuación de Roberto Dueñas en el 5º partido de la final Madrid-Barça de 1997. A las once y cuarto de aquella noche de mayo, fuimos testigos de la magia que puede deparar este deporte. El triple de Ansley. Una liga y la mayor sorpresa de la historia rodando por el aire en la cargada atmósfera del Ciudad Jardín.
El equipo entrenado por Aíto García Reneses victorioso por 3 a 2 en semifinales, en lo que parecía ser la lucha por el título anticipada ante el Real Madrid, jamás pudo esperar semejante afrenta de un rival en la final, la de verdad. ¿Quién era Unicaja? Nunca había superado unos cuartos de final de liga, nunca había jugado unas semifinales de Copa. De hecho, había disputado tan sólo dos fases finales de Copa del Rey, incluyendo las trayectorias de Caja de Ronda y Mayoral Maristas por separado. “No queremos que esta temporada se acabe nunca” declaraba Javier Imbroda en el multitudinario recibimiento del equipo en el aeropuerto de Málaga, tras regresar de Manresa, al que barrieron en semifinales (3-0).

UNA FINAL INTRÉPIDA, CON LOS ARBITRAJES EN EL OJO DEL HURACÁN
En el Palau, vimos un equipo centrado, sin complejos de novato ni saber (ni intención tenían de evaluarlo) dónde estaba su techo. Querían jugar al baloncesto, simple y llanamente. Intensos, duros y, por lo que todos veíamos con incredulidad, acertados. Tan duros que Aíto ya se apresuró a criticar la permisiva labor arbitral bajo los aros, con un Kenny Miller que saltaba, volvía a saltar y si necesitaba morder, mordía. Que Michael Ansley conocía todas las tretas, nombre aclamado en Alabama de alguien que se desenvolvía bajo el aro con brillantez, sin llegar a los dos metros, junto al joven de 23 años, Alfonso Reyes, que tampoco se amilanaba, porque era sello y estirpe en su juego. Enfrente, los Quique Andreu, Darryl Middleton o aquel temporero para acabar la temporada, de ancho corpachón y juego de trincheras, Mike Peplowski, que logró sacar al mismísimo Arvydas Sabonis de sus casillas.
La primera pareja arbitral (obviaremos los nombres. Existen hemerotecas) se vio sorprendida por la furia en defensa de ambos contendientes, por aquella subterránea batalla en la pintura. Pero al acierto en el tiro exterior del ruso Sergei Babkov en el primer partido (16 puntos al descanso), del conjunto en global (10 de 21 en triples) y del 2-16 de parcial antes de llegar al descanso, los malagueños dejaron sin argumentos a los locales. Entre 16 y 18 puntos de ventaja para Unicaja fue el curso habitual en la segunda mitad, hasta que una furiosa reacción liderada por José Luis Galilea a base de triples, dejó el definitivo 77-84.
Por todo ello, el 6-22 dejó atónita a la concurrencia en la matinal del domingo, en el segundo capítulo de la serie. ¡Es que no podía ser, otra vez la misma historia! Tal era la superioridad de Unicaja, jugando con el perfecto equilibrio entre puntos exteriores y en la zona, que no parecía haber remedio para frenarles. Tras un 36-47 al descanso (exactamente igual que el primer envite, como calco de lo acontecido 48 horas antes en el mismo escenario), en la 2ª mitad los azulgranas supieron sufrir y hacerse valer en la zona, allá donde los hombres de Javier Imbroda tenían precisas instrucciones de no permitir ni una cesión. Entre ese juego rudo, Galilea nuevamente desde los triples y José Montero corriendo contragolpes, arrebatos de desesperación por salir del pozo, dieron la vuelta al electrónico. Se añadió que Andrés Jiménez fue una torre más bajo los aros en ataque y un secante exterior en defensa, anulando a Babkov en la reanudación (0 canastas). Que el base malagueño Nacho Rodríguez perdió la brújula y la dirección ante sus compañeros y algunas decisiones arbitrales de una pareja que nuevamente se vio superada por una final física como jamás habíamos visto antes, el azul y grana comenzó a brotar. Tres segundos en la zona pitados de manera oportuna y un campo atrás de Montero no señalizados en momentos clave, fueron el detonante para que Javier Imbroda declarase al final del choque “estamos luchando contra el Barcelona y la tradición”, asumiendo que había en el ambiente una especie de temor e incredulidad a que la final viajase a Málaga con un más que impensable 0-2. El resultado final fue un igualadísimo 93-92 salvador para los barcelonistas, ajustado por los malagueños en los últimos instantes de tal manera, que el entrenador melillense confesó un “nos han faltado 10 segundos para ganar” con cierta mueca de decepción. Empate a uno y los azulgranas sacaron, al menos, la cabeza del agua.

¿Saben por qué Unicaja se convirtió en un grande? Porque Málaga esperaba a un grande regresar a casa. De cómo el pabellón Ciudad Jardín dio la bienvenida en la tercera entrega de esta final, de esa pleitesía a los suyos y del odio –deportivo, por supuesto-, terrible odio a los rivales, impregnaron el ambiente como si se tratase de un clásico forjado durante décadas. Nos llegaron a contar que la hostilidad entre los aficionados malagueños llegó a tal punto que algunos, viendo desfilando por el parquet uno de los sponsors ACB por aquel entonces, la marca de chicles ‘Trident’, en forma de un tipo ataviado en un disfraz de paquete de chicles, llegó a ser objetivo de malas miradas y alguna lindeza en forma de improperio, porque al nombre de la marca sobre un fondo blanco, como recordaréis de sus envoltorios, le acompañaban el color azul y una banda grana donde se imprimía el ‘sin azúcar’. “¡Er shicleeee! ¡Er shicle es del Barçaaaa!” Imaginen.
LEÑA AL FUEGO. MUCHA MÁS LEÑA AL FUEGO
Para ese momento, todos los aficionados al baloncesto ya éramos conscientes del devenir de aquella final. Pues el listón de agresividad e intensidad, subió aún más. En Málaga ya no hubo respiro. Mike Peplowski con un ojo morado, Manel Bosch luchando con un esguince de tobillo y los demás, con jirones psicológicos, obligados a seguir en la batalla. En el transcurso del tercer encuentro, 56 faltas entre ambos, 72 tiros libres conjuntos (46 para los malagueños, eso sí), y la mira desviada con 12 triples en 33 intentos. Canastas casi celebradas como goles. Sin acierto alguno desde el exterior y fiarlo todo al abrasado músculo en la zona, entre rencillas personales, presenciamos de todo. Con Kenny Miller fingiendo un golpe en el ojo tras recibir una falta, mientras miraba de manera furtiva tapado por la toalla, para ver si colaba el cambio por lesión y evitarse lanzar los tiros libres (su cruz, con 51% tuvo durante la temporada). Quique Andreu que agarraba de la cintura a Ansley y apretaba con los dedos a modo de pinza, hasta doler incluso al televidente. Nacho Rodríguez daba un pequeño empujón y desestabilizaba a cualquier rival, para poner inmediatamente cara de ‘¿qué ha pasado aquí?’ teniéndoselas muy tiesas con Salva Díez, entre la ardua tarea del árbitro que buscaba un mínimo de paz entre los contendientes. El caso que con mayor acierto en los momentos finales y Michael Ansley, genio desequilibrante a base de forzar faltas y lanzar tiros libres (16/20 en la tarea), Unicaja se alzó con el triunfo sobre la bocina, mientras ve un triple de Salva Díez desde medio del campo, ya intrascendente, que deja el electrónico en el definitivo 88-87. Dos a uno a favor, un asombroso match ball en Málaga y toda una ciudad que creía en el título. El resto, lo veía -o lo temía- más que factible, según colores.

Tras el tercer encuentro, durante el miércoles entre partido y partido, las noticias, las declaraciones y las polémicas o un amasijo de las tres unidas, estallaron en una caldera a punto de reventar. Aíto García Reneses declaró que “da la sensación que todo está encaminado a que cantemos el alirón del Unicaja. Después de ver el vídeo del tercer partido, hagamos lo que hagamos, es muy difícil que esta final se decida a nuestro favor”. Para apostillar “lo de ayer martes, fue un atraco”, que desmintió haber dicho a la finalización del cuarto encuentro, a la pregunta de un cronista local, de si le había salido bien la jugada de inflamar con sus declaraciones. “Nunca ha sido mi intención calentar el ambiente. Lo que ocurre es que querían que montara el numerito y como no me presté a ello, algunos medios han puesto en mi boca palabras como ‘atraco’ que yo nunca dije”.
En tan multitudinaria rueda de prensa -tras la finalización del cuarto partido, reiteramos-, un periodista se apresuró alzando la mano con una grabadora en ella, retándole a oírlo e invitando también a toda la sala. Tras los primeros segundos de audio, Aíto para la cinta de forma apresurada para exclamar un jocoso “sí, hombre, como que ahora tengo acento gallego”, rebobinando la cinta mientras unos reían y otros retaban. Al oír de su boca tal frase nuevamente reproducida en el cassette, zanjó con un “¡Ah! Pues sí, soy yo de verdad. Y tengo acento gallego. Nunca quise decir eso. Simplemente han sido palabras sacadas de contexto”. Algo que no convencía a Javier Imbroda, en la misma rueda de prensa: “Aíto ha influido. Claro que ha influido. Queríamos ganar la liga ante nuestra afición, pero Aíto se ha encargado de poner en marcha su enorme cinismo. Todos los que estamos en este mundillo ya sabemos quién es”. Ya lo ven con el paso de los años, que absolutamente todos, estaban en su papel.
















