Treinta años no son nada. En el Palau Olimpic, vacío, silencioso, se puede echar un vistazo desde el parquet, recreándose. Es un lugar especial. En la sala de trofeos existe uno en particular, pequeño, esbelto, cuya tonalidad dorada ilumina hasta el más recóndito esquinazo del recinto, por lo que representa. Porque si alguien se topara con Zeljko Obradovic paseando por las calles de Badalona, el vuelco al corazón sería abrupto. La mirada petrificada sería rota por una sonrisa de agradecimiento y una congoja que llegaría al nudo en la garganta. En los más jóvenes, aunque solo sea por lo que sus mayores les contaron. En los veteranos, por lo vivido y lo disfrutado. Y sintiendo que, efectivamente, treinta años no son nada.
En Endesa Basket Lover hemos querido recuperar la historia de aquella Liga Europea que conquistó el Joventut Badalona en 1994, de toda la temporada al completo, con sus luces y sombras. De la comunión entre un entrenador y una ciudad que coincidieron en la manera de entender que, un simple juego, puede marcar una vida para siempre. Para ello, hay que embadurnarse en él y disfrutarlo. Seis capítulos componen este viaje. Que lo disfruten.
CAPÍTULO 5: JOVENTUT, CAMPEÓN DE EUROPA
“Durante una temporada siempre hay momentos muy difíciles. Y yo creo que estuvimos juntos. Eso es lo más importante”.
Zeljko Obradovic, en el 20º aniversario por la conquista de la Liga Europea.
Vísperas de Final Four, días de rosas. Badalona sonríe. Es una cuestión de status, de saberse otra vez en la más selecta élite, poseedores de una condición. Zeljko Obradovic y toda su plantilla bien saben lo que significa llegar, tras infinidad de desventuras. Vuelta a la ACB, donde la eliminatoria de octavos de final (sí, había tal cruce en aquella ACB) ante Natwest Zaragoza deja al Olimpic callado, presenciando la primera derrota en casa (64-67) en el Playoff al mejor de tres partidos. Silencio roto, si acaso, por los silbidos de unos pocos ante la deficiente actuación de Jordi Villacampa (3 puntos, 1 de 11 en tiros), más que por el partido, por los malos augurios que no soportaban la sola idea de verlo marchar, de vestir como azulgrana. Y es que, a la crisis económica del Joventut, se unía el renacido interés del F.C. Barcelona por el escolta de Reus.

Todo pasaba por jugársela a una sola mano en Zaragoza, a evitar la hecatombe. Perder significaría decir adiós a cualquier competición en Europa al año siguiente, con el descalabro que ello significaba a nivel económico. Sudor, lágrimas y… no hubo sangre, que ya bastante tuvo Mike Smith ante el Real Madrid, luciendo esta vez una careta protectora, tras ser operado del tabique nasal. Los tres días de espera hasta la cita en el Príncipe Felipe, se hicieron eternos. La incertidumbre acabó con los los verdinegros sacando el encuentro adelante (71-80, con 23 puntos de Villacampa esta vez), elevando el drama hasta un tercer y definitivo choque en el Olimpic, donde tal serial continuaría. Hasta treinta y cinco minutos estuvieron los maños por delante en el electrónico. Tras el mercadillo que supuso la contratación de extranjeros en el Natwest aquel curso 93/94 (hasta 7 que acabaron reclutando), los tres finales eran tipos terriblemente físicos que dieron la sensación de poder ganar aquello. A Kenny Green se unía Thomas Jordan, aún con las rodillas sanas que, cuando se olvidaba de los conflictos con su entrenador, el ex vedinegro Herb Brown, era dueño y señor de los tableros. El tercero en discordia era un alero llamado Dave Johnson, un tipo atlético y musculado que trajo a Mike Smith por la calle de la amargura.
Ni con Ferrán ni Morales juntos, lograban ganar la batalla bajo los aros y, en una jugada arriesgada desde el banquillo usando dos ala-pívots, tuvo que ser el repertorio de Corny Thompson y Dyron Nix a base de pureza en su baloncesto, quienes lo sacaron adelante junto a dos triples consecutivos de Tomás Jofresa, uno a la desesperada desde 8 metros, para dar una ventaja pírrica pero suficiente, como para otorgar el triunfo final (80-75) y un resoplido de un terrible alivio. Tel Aviv esperaba.

AÍTO CONTEMPLATIVO ANTE LA LLUVIA DE TRIPLES
Entre fuertes medidas de seguridad, por tensiones político-bélicas (nada nuevo), Tel Aviv recibió al 7Up Joventut un día antes que su rival, el F.C. Barcelona. Aíto García Reneses prefirió aterrizar la víspera del partido de semifinales y se hospedasen en un hotel a las afueras, lejos de ruidos y distracciones ajenas. Por contra, Zeljko Obradovic, que tuvo 3 días menos (el Barça noqueó por la vía rápida al OAR Ferrol en octavos), exigió que se hospedaran en un hotel céntrico, junto a la prensa y algunos aficionados, para que todo tuviese tintes de normalidad. Y llegó el día. Dos semifinales, dos derbis. Junto al Olympiakos-Panathinaikos que ya contaban -y mucho- en el concierto europeo, abrían el fuego 7Up Joventut y F.C. Barcelona.
Juan Antonio San Epifanio, que siempre iba de menos a más en sus últimas temporadas en activo, volvió a liderar a los suyos a la hora de la verdad. Sus 23 puntos, su importancia anotadora, sobre todo en la primera mitad más la estrategia de usar un base, José Luis Galilea, como defensor de Jordi Villacampa (al que frustró con 2 escasos puntos al descanso), daban la solvencia y el dominio en el electrónico a los azulgranas (25-18 en el minuto 13). Fue la defensa del Joventut la que prohibió que la desventaja fuese mayor, ante el desacierto ofensivo en general. Al menos, el descalabro no se produjo: 36-31 al descanso.
El inicio de la segunda mitad será recordado en Badalona por mucho, mucho tiempo. Tras la tercera falta de Epi justo reiniciado el choque, Aíto García Reneses decreta en los suyos la zona 2-3 que tan famosa se hizo aquella tarde, sobre todo para los badaloneses. No sabemos si la apuesta de Aíto, confiando en que los tiradores verdinegros no tenían -ni tendrían- el día, era un órdago para retarles a ganar desde el exterior. Si con maniatar los argumentos interiores de los que disponía Obradovic, sería suficiente. El caso es que, al inicio de tal decisión, el marcador iba a favor para los barcelonistas, 40-34.

Lo que ocurrió en los siguientes 7 minutos fue una loca sucesión de 6 triples sin fallo en los verdinegros, que desarmaron completamente cualquier juicio táctico. Tres de Jordi Villacampa y tres del salvador casual Tomás Jofresa (muchas veces casual ya), hicieron estallar por los aires cualquier teorema de Aíto que, ante la sorpresa de todos, se empeñaba en mantener tal defensa mientras veía llover triples, uno tras otro, a la espera -quizás- de una mala racha que nunca se produjo. Siete interminables minutos de una defensa zonal que encumbró al menor de los Jofresa (21 puntos) y a Villacampa (18 solamente en la segunda mitad), en una de las más secuencias más alucinantes de tiro vista en una Final Four, hasta lograr un 50-72 a falta de 5 minutos, sentenciando el partido.
48 puntos de los verdinegros en la segunda parte, se tradujeron en el 79-65 final. Obradovic se sentía orgullosísimo de sus jugadores. Nunca perdieron -para empezar- la calma ante la fuerte defensa al balón de los rivales en la primera parte. Supieron leer y asestar los golpes necesarios en los siguiente veinte minutos siempre concentrados, sin perder tono en defensa ni el miedo a vivir o morir entre triples. El 7Up Joventut, a la final. Prácticamente con el mismo bloque, tocaba resarcirse de lo acaecido dos años antes. Eso sí, sus piernas tenían dos años más de contragolpes, de saltos, de lesiones y exigencias. No, no era el mismo escenario en los jugadores. ¿A favor? Que ya conocían las mieles y las amarguras -sobre todo, estas últimas- de jugar una final. Esta vez ante Olympiakos. Esperaban que les sirviera.
CAMPEONES DE EUROPA
Zeljko Obradovic llevó a sus jugadores al zoo de la ciudad el día de la final, a pasar una matinal divertida, desintoxicarse de tensiones que pudieran saturar y sobredimensionar la jornada. Cuando, hoy día, sus protagonistas recuerdan con especial cariño algo tan sencillo e infantil como la visita a un zoo, uno tiene la certeza que era lo adecuado. En verdad, los rugidos de leones sonaban casi melodiosos comparados con los emitidos por los aficionados griegos horas más tarde en el pabellón “La Mano de Elías”.

1992 pareció ser la gran cita en la historia verdinegra. Todo se frustró, no solamente por un triple de Djordjevic sobre la bocina. Repasar esa final, no habla de ningún milagro del Partizán precisamente, sino una puerta al futuro entre sus componentes, en los que se exhibían carretones para tiradores y continuaciones hacia el aro de limitados pívots que alimentaron el juego colectivo. Todo estudiado al milímetro para optimizar recursos. De cara a esta final dos años después, las excelencias adquiridas del Profesor Nikolic, se encontraban en el banquillo badalonés.
En el estudio previo, Zeljko Obradovic y su cuerpo técnico (en el que ya se encontraba Josep María Izquierdo) advirtió que los pívots de Olympiakos, Panagiottis Fassoulas y el afamado ex NBA, Roy Tarpley, eran puñeteros a la hora de salir a defender fuera de la pintura, su zona de confort. Y su exposición quedó latente con las primeras suspensiones de Corny Thompson y Ferrán Martínez, tirando abriéndose tras bloqueos, ante no más que la mirada de sus pares. Echar sal en las yagas helenas, era un buen inicio. Por el contrario, Mike Smith era el jugador más cohibido en ataque de todos. Su labor, parar a Zarko Paspalj, lo tuvo abstraído gran parte del encuentro. Y aun así, el serbio fue el dueño y señor de la primera mitad, con 15 puntos y la dañina sensaciónde no poder ser frenado. Suspensiones cortas, forzar faltas personales yéndose de su par… fue una crucifixión verdinegra de quizás el jugador más determinante en Europa en aquel momento.
La compensación debía llegar por algún lado. Si Jordi Villacampa estaba defendido -y muy bien- por uno de los mejores europeos en esta materia, Georgios Sigalas, fue Ferrán Martínez el estilete verdinegro. Redundando en las suspensiones exteriores, fueron 14 puntos en la primera parte (5 de 7 en tiros de campo), junto con la obligación de forzar a Fassoulas que no le ganase espacio en la lucha por la posición. Criticado en etapas de su carrera en este aspecto, Martínez mantenía al pívot heleno un metro más alejado de lo habitual para ejecutar desacertados ganchos (1 de 8 en tiros). Añadan que a Roy Tarpley le pareció buena idea que con lanzamientos exteriores, pudiera ganar esta final: una canasta en sus primeros seis intentos.
El momento más crítico llegó con un 24-16 en contra que, dado los bajos guarismos, era preocupante. El ingreso a pista de Tomás Jofresa significó dos pérdidas consecutivas (Obradovic se exasperaba, pero mantuvo la calma con él), cortando tal deriva ofensiva de raíz con un tiempo muerto. Porque la defensa, a pesar de Paspalj, estaba rayando a gran nivel. Por ello, con el sustento de Ferrán y un triple sobre la bocina de Mike Smith (su primera canasta), significaba retirarse a los vestuarios con un empate a 39. La segunda parte fue… la épica esta vez no vino de la mano de la estética, claramente.

Piensen -esto lo da la perspectiva del tiempo- que el baloncesto estaba cambiando. Las defensas importaban y mucho. La exigencia física había subido varios peldaños por estos requerimientos defensivos. Pero en lo que aún no se había dado un paso al frente en paralelismo a esta nueva “biblia defensiva”, era en las rotaciones. Sí, se utilizaban ocho jugadores por equipo, pero los hombres de banquillo eran de banquillo y no de rotación. Muchos titulares superaban todavía los 35 minutos de media, algo impensable hoy día. Esa exigencia defensiva con pocas rotaciones que acarreaban un gran sobreesfuerzo y posterior fatiga, ralentizó el juego hasta extremos nunca vistos. Y fue una dinámica, no algo aislado. Los últimos 10 minutos fueron un drama. ¿Quieren un ejemplo? Con un gran robo de Rafa Jofresa y posterior bandeja de Villacampa en contragolpe, se empata el partido (49-49) a falta de 12:25 para el final. Si el resultado final fue 59-57, echen cuentas de los puntos anotados en ese periplo. Otro parcial: con un triple, Georgios Sigalas alzó el electrónico a un 52-56. Restaban 08:05. Olympiakos, en todo este tiempo, fue capaz de anotar tan solo 1 punto, a falta de 06:44 para el final. Ni un solo punto más.
Clave para este derrumbamiento por agotamiento fue Zarko Paspalj. Fumador empedernido de -dicen- dos cajetillas diarias, cuyos serios avisos de salud posteriores conmocionaron el mundo del baloncesto, había que verlo a falta de 03:15, tumbado en el suelo tras provocar una falta: rostro totalmente blanco, totalmente desencajado, con respiración jadeante. No disfrutó de ni un segundo de descanso y, a esas alturas, ya no lo iba a hacer. Su aportación en la segunda mitad se redujo a:
- 2 tiros libres fallados
- 1 tiro fallado bajo el aro
- 1 suspensión corta fallada
- tras un rebote ofensivo, fallo bajo el aro (fuerzas que flaqueaban)
- 2 tiros libres fallados. Importantísimos (53-57 a falta de 03:15)
- fallo en el tan afamado tiro libre a falta de 4.8 segundos
- fallo en la suspensión final, a falta de…bueno, con el tiempo ya pasado.
Que tampoco los de la Penya andaban mucho más sobrados. Colección de errores uno tras otro, exhaustos, el triple de Jordi Villacampa a falta de dos minutos (56-57) que sonaba a gloria, sobre todo porque vino con un rectificado en el aire ante la marca rival. Zeljko Obradovic solicita tiempo muerto a falta de 01:09, intentando preparar una jugada para los 2 segundos que restaban de posesión. Ideó un sistema para un triple de Ferrán Martínez que erró, el rebote ofensivo fue verdinegro, para un nuevo intento en gancho de Ferrán que increíblemente se salió, así como un palmeo de Smith que, más increíble todavía, repelió el aro, con la fortuna que el rebote volvió a ser para el Joventut. Restaban 39 segundos… y el turno era para Corny Thompson.
Mike Smith se fue de Paspalj en uno contra uno con enorme facilidad y cuando iba a encarar el aro, Roy Tarpley, otro que estaba agotado igual, pero que era muy consciente de lo que se jugaba, dejó de vigilar y agarrar incluso de la camiseta a Thompson, para cerrar en ayuda el paso a Smith bajo el aro, al que obliga a doblar el balón hacia fuera. Dos pases rápidos por el perímetro y el triple de Corny Thompson, abierto, inmaculado, que pasará a la historia, otorgando el 59-57 que fue definitivo.

La última posesión helena y esos 4.8 segundos, finales, desde que Smith cometió falta sobre Paspalj, obligado a empatar en la línea de los 460 centímetros, quedarán como un funesto nubarrón que se despejó. Nubarrón que duró, cronómetro en mano, 10 segundos. Porque fíjense si dio tiempo, tras el fallo en el primer tiro libre del 1+1, a Rafa Jofresa coger el balón en la esquina, lanzarlo al cielo, alto, muy alto, hasta que lo recogió Tomic, todo ese espacio sin que el crono se activase por mor al “no sé de qué me habla” del operario y el comisario FIBA presente en la mesa de anotadores. Las décimas volvieron a correr cuando Tomic lanzó un triple, que falló, para que el balón cayera a Paspalj, que volvió a lanzar una suspensión a la media vuelta que también fallo y… sí, esta vez sí, sonó la bocina final. Los abrazos y momentos de júbilo, no los imaginen. Vuelvan a recrearse con ellos en youtube. El Joventut Badalona, campeón de Europa.
Badalona se echó a la calle. Dicen que no sabían que había tanta gente en ella. La catarsis de una ciudad al completo. Morales y Tomás Jofresa se afeitaron la cabeza. El resto de aficionados españoles, ahogamos un lamento que ya venía de 1980 y sonaba a rancio. Cuando Villacampa alzó el trofeo, aquel pírrico trofeo de metraquilato de tanta valía, la emoción corrió por todos nosotros.
EL EPÍLOGO
El recibimiento de Badalona a sus héroes, el pasillo del Cáceres antes del encuentro de cuartos de final, aquel “baloncesto es una forma de cómo vivir” de Zeljko Obradovic desde el balcón del ayuntamiento… ya nada fue igual allí desde entonces. Y los incautos Juanan Morales y Tomás Jofresa con la cabeza afeitada cumpliendo una promesa. Había que ver las caras de la gente aquel día por las calles. Fueron recibidos por sus Majestades los Reyes en el palacete Albéniz de Barcelona.
Venciendo en dos partidos al Cáceres en cuartos de final, el 7Up Joventut no podía despedirse de un año tan especial, del año en el que fueron campeones de Europa, sin ofrecer la última victoria a su afición en casa en semifinales, ante el F.C. Barcelona. 88-76 y 90-87 fueron los resultados en el tercer y cuarto encuentro para empatar a 2 la eliminatoria en el Olimpic de Badalona, con un Mike Smith renacido (22 y 23 puntos respectivamente). Pero las fuerzas llegaron hasta ahí. No se pudo más. Un 76-66 en el quinto y definitivo round en el Sant Jordi, puso el cerrojo a la gloriosa temporada. Y llegó la hora de las despedidas. De echar el cerrojo a aquel curso 93/94.
Los dos pequeños saltitos de Tomás Jofresa cada vez que anotaba uno de aquellos triples que parecían trazar el arco iris, la cara de póker de Corny Thompson cada vez que sacaba de forma magistral una falta importante a sus rivales, como disculpándose ‘es mi trabajo’ o las broncas de Zeljko Obradovic a los jugadores de banquillo, con toda la grandiosidad que ello conllevaba, tocó a su fin.

La tesorería de la Penya estaba bajo mínimos, los ingresos eran pocos (no sirvió de mucho en ese aspecto el título europeo) y había contratos de jugadores muy altos. Se debía prescindir de algunos jugadores. El primero, Corny Thompson, que lejos de tomarlo como un desprecio, se despidió de todos sus compañeros y de la junta directiva en una emotiva cena. Adiós al “papi” eterno. Ferrán Martínez regresó al F.C. Barcelona. A Zeljko Obradovic, de los 33 millones de pesetas que cobraba, no se le podían ofrecer más de 21, que el serbio rechazó, aún a su pesar. “Es un momento muy duro para mí y mi familia. Mi hija está en casa llorando, no se quiere marchar de aquí. El club me ha explicado la situación y la entiendo, pero un entrenador ganador de la Liga Europea… hay cosas que no puedo aceptar. Todo el mundo me ha tratado de maravilla aquí y quiero aprovechar este momento para dar las gracias a todos y especialmente a los jugadores”. Obradovic dejó un legado imborrable en Badalona, tanto como aquellos jugadores que le siguieron contra corriente y que lograron plasmar con su carácter ganador, el éxito en esta historia.
Otros tuvieron que ir renegociando a la baja, porque ante tal situación, no les quedaba otra. Pero eso ya es otro cuento. Mientras los focos de esta campaña se iban apagando, los del Olimpic seguían encendidos. Allí estaba Miquel Nolis entre otros, con toda su sapiencia, enseñando a otros entrenadores en formación, los posteriores Carles Durán y Daniel Miret, junto a los niños que se apelotonan en torno a las canastas, afanosos de agarrar la pelota. Entre ellos, Raül López, Alex Mumbrú, Albert Miralles o Sergi Vidal. De entre los más pequeños, el hijo de un antiguo jugador y otro, de inmensos ojos abiertos, cara despabilada, a la voz de “¡Ricard!” de una madre, que da ánimos. Pau Ribas y Ricky Rubio fueron la continuación. Las luces, ya ven, nunca se apagan en Badalona. Jamás.
VER CAPÍTULO Nº 1: “A new kid in town”
VER CAPÍTULO Nº 2: La dolorosa travesía europea
VER CAPÍTULO Nº 3: Tocando fondo
















