Puede ser que “Ibon tiene un plan”. Que sus jugadores sigan ganando y ganando partidos -doce consecutivos ya en Liga Endesa– siguiendo sus trazos hacia la consecución de una meta, de ese plan. Y los aficionados, testigos de esos triunfos, llenando el Martín Carpena bajo el influjo de un himno, el de Unicaja que cantan cada vez más a pleno pulmón, porque hay que sacar por algún lado un orgullo que ya les desborda, siguen deleitándose entre el enigma de cuál es la meta. Y como no tienen respuestas para ello, disfrutan el camino. Como lo hacen los jugadores, como lo hace el cuerpo técnico. No hay respuestas, solo se sigue.

Will Thomas, en su cuarta temporada con los malagueños, con 16 puntos y 7 de 8 en tiros de campo es, con 37 años, el jugador más veterano de la plantilla. Y si es capaz de hacer ante todo un Barça, asume que esta travesía es algo diferente. Que grandes actuaciones ha tenido, pero esta empapa… otra cosa. Junto a él, todo un compendio de compañeros que el año pasado eran fichajes de forma individualizada y que hoy forman un equipo. Que ya lo hemos dicho en otras ocasiones, este equipo es mejor en su conjunto que lo que pudiesen hacer sus componentes, uno a uno, por otros lares. Que la directiva se dio cuenta de ello, de la fuerza que todos crean y les dieron una nueva oportunidad este curso a golpe de renovaciones. Darío Brizuela fue ovacionado y casi bendecido en su vuelta a una de sus “casas”. Sin embargo, su baja fue suplida por Kameron Taylor y todo lo que supone en envolver aún más el armazón de este Unicaja. Armazón que no hay forma de meter mano, porque parece una fortaleza.
HAMBRE
Cuando en la suma de puntos en contragolpe, más puntos que fuerzan en sus recuperaciones tras pérdidas rival del balón, más lo que anotan los jugadores no titulares, siguen siendo los mejores, es esclarecedor hasta qué punto este equipo sube el umbral de intensidad. Sus defensas, azuzando de forma permanente al balón y dando uso a su polivalencia, actividad, cambios y el “ponte por delante” para que se nieguen todas las líneas de pase posible, hacen jugar frente a los malagueños como un ejercicio de intentar respirar bajo el agua. Y que no decaiga el ritmo.
Porque siguen llevando consigo algo que nos fascina. Hacía mucho tiempo que no veíamos un equipo atacar al rival forzando contragolpes, tras canasta, como ellos. Ibon Navarro fuerza la máquina en situaciones más que estudiadas como esta, en la que el instinto hace autocongraciarse por unos instantes, tras una canasta que tanto ha costado. Y son balas, con pases y carreras que no dejan lugar al respiro. Desde los pequeños, hasta los grandes. Recuperaciones de balón (terceros en la liga, con 10,9), asistencias (segundos con 19,2) y tiros libres intentados (terceros, con 16,9) pueden ser estadísticas que, entrelazadas, dan una explicación a todo lo que estamos contando. Son el guion en el que se están basando, donde se divierten, felicitándose entre su instinto agresivo del juego y el resultado obtenido a cada posesión, que sumado al anterior y al anterior, da parciales, que sumados a los anteriores, dan victorias. Doce consecutivas, de hecho.
Y LO QUE VENGA
Que como decíamos al principio del artículo, no sabemos lo que es. Todos tienen su mirada puesta en la Copa del Rey. Son los vigentes campeones y se juega en casa. La ilusión en la ciudad es enorme. Pero la Copa es una lotería que… Piensen que la fortuna les hubiese sido esquiva en un momento determinado en los cuartos de final ante los azulgranas el año pasado. Estarían hablando de otra cosa. Badalona hace once meses engrandeció a los malagueños y les hizo saber que, esta vez sí, su proyecto funciona. Pero no quiere decir lo contrario si esta vez, se ven superados. Las miras de este Unicaja son más altas.
Porque todos en conjunto, tras la cohesión de tantos meses conviviendo entre el éxito, asumen que este año es especial. Que tienen una oportunidad muy bonita para hacer grandes cosas. Y que nada empieza o acaba en la Copa. Que la plantilla es amplia, la temporada es larga y que son conscientes de dónde pueden llegar con su juego. Que puede ser muy grande. ¿Cuánto de grande? Tanto como ganar en el Buesa Arena, en el WiZink Center… y más. Quizás ese sea “el plan de Ibon”: que nadie sabe dónde están los límites. Que toca descubrirlos.


















