BOB KNIGHT, SUS RENGLONES ESCRIBEN EL CAMINO DEL BALONCESTO

Cuentan que el inventor del baloncesto, James Naismith, criticaba a su sucesor, el mítico ‘Phog’ Allen en su cargo de entrenador en la universidad de Kansas, que no entendía ni estaba de acuerdo en la extrema competitividad que le daba a este su deporte. Lo que para Naismith debiera ser una simple y divertida forma de entretener, para Allen la importancia residía en competir y ganar, competir y ganar. Así de claro. Estamos hablando de los primeros años 20, hace algo más de cien años. Entre la concepción de uno y de otro, ha habido a lo largo de la historia un amplio espectro de entrenadores, más formativos y educadores o más ambiciosos en la victoria, como fin a todo. Depende del ángulo con el que se enfocase poner en la báscula mayor énfasis en según qué aspecto. Bob Knight superó los marcadores en todos esos argumentos. Con mucho. 

Con 83 años de edad, Knight, mítico entrenador de la universidad de Indiana, falleció anoche. Y si hoy día se mantiene el lema de “en los otros 49, solo es baloncesto. Pero esto es Indiana”, un gran soporte de esta casi dogmática sentencia tiene su base y cimientos en Bloomington, donde hubo un entrenador que durante 29 temporadas hizo grande al baloncesto de ese programa y, por extensión, aún más el de todo el estado. Hoy día, el sobrenombre de Hoosiers es reconocido en el más recóndito lugar de nuestro planeta cestista, por el trabajo y la historia de esta universidad. 

En España, la gran mayoría de aficionados descubrimos la altivez y chulería de Bob Knight, su desagradable estampa con uno noventa y tantos de estatura de tipo protestón y exigencia al límite, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84 como seleccionador estadounidense. Pero también con él, se nos presentó la manera más perfecta de jugar a baloncesto que nuestros ojos habían visto. De hecho, ni intuíamos como tiernos aficionados que el baloncesto, tanto en ataque como en defensa, se pudiera ejecutar así. Vale que contaba con uno de los mejores equipos que la historia haya visto, pero su sello estaba por encima de aquellas superestrellas en ciernes, todos siguiendo los acordes que dictaba -de dictatorial- desde el banquillo. Fue nuestra primera vez de tantas y tantas cosas: en la presión asfixiante al balón, cercenar en defensa cualquier línea de pase del rival, la importancia de los bloqueos, cómo se aprovechaban y cómo se continuaban, la rapidez de ejecución en meter un balón al poste bajo y ser lo más efectivo ahí, decidiendo o invirtiendo el balón a velocidad de vértigo. En ciertos casos, todo aquello era algo visto, pero en la mejor de las versiones. En otros, no concebíamos que se pudieran hacer estas cosas aprovechando, claro está también, el enorme talento técnico y físico de aquellos jugadores. 

Sin embargo, en la búsqueda del baloncesto de Bob Knight, no entraba como algo prioritario el dominio físico. De hecho, en muy pocas ocasiones con su universidad, ha reclutado jugadores explosivos, apoyados en sus condiciones atléticas. Había que superar al rival con baloncesto, el mejor posible, el más perfectamente jugado y nunca alcanzado, a tenor de las broncas a sus jugadores. Meticuloso y estudioso hasta el extremo, sus conclusiones se traducían en nimios gestos, en toma de decisiones cargadas de lógica en el baloncesto que tenía en su mente, que hoy serían ejemplo en la ciencia de estadística avanzada. Claro, que nunca insultaría con un “es que las matemáticas dicen que…”, sino que con un ejemplo práctico de lo que era su juego, se sacaría la conclusión que no habría más efectividad que lo que él propusiera. Y ese era su culto. 

La universidad de Indiana, bajo su tutela, fue campeón NCAA en 1976, en el equipo que mejor baloncesto ejerció dentro de sus planteles, con unos jugadores emblemáticos en el mundo universitario, pero casi nunca en su periplo profesional (Quinn Buckner, Scott May o Kent Benson). Posteriormente lo fue en 1981 con -aquí sí- Isiah Thomas y Randy Wittman, mientras que en 1987 logró serlo con Steve Alford, Keith Smart y Dean Garrett como los más destacados, que tampoco dejaron sello en la NBA. Fue quien cortó la trayectoria universitaria de Michael Jordan antes de tiempo, venciendo a la todopoderosa North Carolina de 1984 (vayan a google y repasen la plantilla de Indiana en 1984 y entenderán el mérito). Y todo ello no dejan de ser ejemplos en logros de su verdadero legado: el baloncesto que ejecutó. En una de las fotografías del artículo, lo vemos en el pabellón Magariños, impartiendo el clínic disfrutado durante la celebración de la fase final del Mundial de España en 1986, mostrando cercanía en sus conocimientos (bastante más que los de K.C. Jones, entrenador de Boston Celtics entonces, el otro gran ponente) y la importancia en los pequeños detalles. Un sabio del que Antonio Díaz Miguel sacó buena cuenta. 

Bob Knight siempre se quiso ver como alguien honesto. Y en realidad, lo era… sobre sus principios. El problema es que en sus honrados principios, tan solo cabía el blanco y el negro. No existían matices. Con él era todo o nada. Y para los aficionados en Bloomington, lugar de residencia de la universidad, era todo. Pero no para sus jugadores al completo. Y por ello, ni Jason Collier ni Neil Reed lo debieron pasar bien. Y más que probable, tampoco el alemán Uwe Blab. Steve Alford, uno de sus jugadores abanderados, recuerda cuando fue junto a su padre a su despacho en período de reclutamiento, que esperaron en la salita anexa y se oía al otro lado de la pared, vociferantes gritos del propio Knight. Al poco, salió un chaval por la puerta con lágrimas en los ojos y fue Alford padre quien preguntó al hijo “¿estás seguro que quieres jugar para él?”. Que defecó en el parquet delante de todos sus jugadores durante un entrenamiento, para explicitar lo más claro posible la actuación en el último partido. Que lanzó la archifamosa silla sobre la pista, quejándose de la actuación arbitral una primaveral tarde ante Purdue, porque decía no encontrar la chaqueta con la que concentrar su ira. 

Pero también Knight fue quien pagó todas las facturas médicas cuando uno de sus chicos, el ala-pívot Landon Turner, sufrió un gravísimo accidente de tráfico que lo dejó postrado en una silla de ruedas, hasta su muerte. Que cogió el teléfono y tiró de amistades cuando otro de sus pupilos predilectos, el base Quinn Buckner, se quedó sin trabajo en la NBA tras ser cortado por Boston Celtics en el verano del 85. Y que permitió que un periodista, John Feinstein, fuese su sombra tanto en discursos, como sesiones de vídeo, entrenamientos y partidos, durante una temporada al completo, para poder así escribir una de las mayores joyas deportivas literarias que existen, sobre su persona, “A season on the brink”. 

Como personaje eterno, Bob Knight parece como si siempre debiera estar con nosotros, desde nuestros ojos. A veces no entendemos que el tiempo pasa y que los iconos de una época enriquecedora, atractiva hasta el extremo, inolvidable, tengan que irse porque es ley de vida. Simple y llanamente. Ver cómo los cimientos de quienes aprendimos a amar el baloncesto, se van desconchando. Porque ellos amaban el baloncesto por encima de todo. Y lo pulieron y lo magnificaron. Sean rectos en muchos casos o torcidos en otros, los renglones de un mito como Bob Knight, escriben el camino del baloncesto. 

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