Entre el revuelo en estas últimas horas en la NBA planteándose si el calendario está demasiado cargado de partidos, tras las nuevas y ejemplares medidas de castigo que la liga ha decidido plantear en caso que las franquicias den descanso sus estrellas (en partidos televisados a nivel nacional), vuelan las opiniones que ‘una liga regular de 72 partidos’ como algo beneficioso, donde tales estrellas con salarios de tropecientos ceros, asumen que no les importaría ceder algo de dinero por menos competición. A su vez, emerge en la confrontación el numeroso ramillete de jugadores con contratos no garantizados y que depende su salario de todos y cada uno de los encuentros. Entre toda esta marejada, aparece LeBron&Friends con su mensaje “para el año que viene, nos vamos a los Juegos”.

Crean que en la franquicia de los Lakers eso no ha gustado nada, pues con la exigencia de la concentración previa a los Juegos, además de barruntar que Anthony Davis también se apuntaría a la aventura, según Robert Marvi, del USA Today “eso les deja menos de dos meses para descansar y prepararse para el curso 24/25”, trasladando los temores púrpura y oro. Menos de dos meses. Aquí es donde a nuestros internacionales españoles les dará la risa. El caso es que el inflamado sentimiento patriótico de las estrellas NBA por su selección y su país, les hace crear un nuevo equipo con sentimiento de venganza tras, con sonrojo, ver superados a sus representantes. Y desde este lado del charco nos preguntamos, ¿de verdad es necesario que la selección de Estados Unidos deba llevar a los mejores para conseguir el oro? Y sobre todo, ¿por qué?
¿UNA IMAGEN DISTORSIONADA EN MÁLAGA?
En Málaga, pensamos que Estados Unidos, una vez vistos, eran el gran favorito para llevarse la medalla de oro. Ver el Carpena tan colorido, tan majestuoso y a esos jugadores, deleitarnos con tanta calidad, nos deslumbraba. Conceptos muy sencillos en ataque, amparados en un talento individual como ninguna otra selección -ni por aproximación- contaba, ayudaba a crear una atmósfera de ser testigos de algo diferente, hermoso. Verles correr en transiciones era una delicia. Si además defendían agresivos, siguiendo muy cercanos todos los cortes, a tiradores tras bloqueos, negando pick&rolls con bastante conocimiento… Nos convencieron en definitiva que, ante tal arsenal, si no era Canadá (por nombres), escasas posibilidades para el resto había de echarles mano.
Un grupo joven, con piernas, haciendo piña y buena relación entre ellos, con un Steve Kerr más conocedor del baloncesto FIBA que muchos entrenadores NBA, parecía darles credenciales. Si se buscase mejorar este combinado, quizás lo único que hubiesen necesitado era un par de semanas de concentración para perfeccionar y acoplar lo trabajado. Curiosamente el tiempo de preparación que sí disfrutó Steve Kerr en Colorado Springs cuando, como jugador, estuvo concentrado para enfilar el Mundial de España de 1986.
Comienza la cita mundialista, un quinteto inicial claro y repleto de calidad e intuimos una primera rotación con un trío exterior, Tyrese Halliburton, Josh Hart y Austin Reaves, que elevan la presión al balón y a los primeros pases del adversario. Junto a ellos, un hombre alto móvil -que solía ser Paolo Banchero– para tapar espacios y no permitir penetraciones. Todo parecía estudiado, todo parecía funcionar. Los rivales parecían aguantarles, pero nunca los 40 minutos.
Sin embargo, al posterior batacazo de Lituania, le continuó en semifinales Alemania y en la final por el bronce, Canadá. 110 puntos encajados ante los lituanos, 113 de Alemania y 127 (eso sí, con prórroga) los canadienses. Un exceso. Pero, ¿qué había pasado? ¿Por qué dejaron de defender? Lo que pensamos que era una clara dedicación en Málaga, como meta, ¿por qué se olvidó en Manila?
PARTIENDO DE UN ERROR DE CONCEPTO
Efectivamente, es como empezar la casa por el tejado. Error en el concepto inicial: para ganar por 30 puntos, no hay que ir en la búsqueda de los 120 puntos, sino en forzar al rival hasta intentar dejarlo en 70. Porque pueden. Ese es el matiz que encierra la gran diferencia.
Al menos, esa era su biblia cuando enviaban selecciones universitarias porque defensivamente, amparados en mejores cualidades atléticas y una superior táctica y disciplina, lograban llegar arriba cuando sus combinados eran más o menos potentes (hablamos de Colombia’82 y España’86). Claro, que en Europa se seguía aprendiendo (de ellos y su baloncesto universitario, primordialmente), intentando aplicarlo y afrontarlo. En Argentina’90, sea por el salto cualitativo de los grandes europeos, sobre todo por una generación en la antigua Yugoslavia de fábula, sea porque Estados Unidos se presentó con menos físico que en anteriores ediciones, empezaron a mal-digerir que eso y asumir el papel de la inexperiencia -que ya era mucho asumir- tal y como iba girando el mundo de la canasta, era caerse de bruces ante un hecho consumado: así ya no podían competir. Y llegaron las selecciones NBA.
Si los modos eran horribles en el mal llamado Dream Team II de Toronto’94, sí es verdad que su calidad era directamente proporcional a sus formas, en el mejor combinado -quizás- que hayan mostrado en un Mundial. El aviso de Lituania en semifinales de los Juegos de Sidney’00, fue una avanzadilla de lo que se aceleró mucho más de lo que pensamos: fracasar en los Juegos de Atenas’04 y Japón’06. Bajo la capa del Redemption Team, llevando lo mejor de lo mejor en los Juegos de Pekín’08, estrellas a nivel mundial con voluntad y también mentalidad defensiva, encontraron la receta. Ver a Wade, a Kobe, a LeBron emplearse atrás era… otra cosa. Por todo ello y el escenario de la final, lo de España y aquel día, es digno de enmarcarlo.
Pues bien, todo eso cambió para los Juegos de Londres’12. Para el resto, ahora toca ganarles en ataque, que es el reto que marcan. La cuestión era superar y con mucho, la centena de puntos (115,5 de promedio), aunque los rivales llegasen con cierta facilidad a los 90 (lo superaron 3 veces y en 2 ocasiones los 80, en los 8 partidos de torneo olímpico). Nadie les aguanta… entonces. ¿No les dio ciertas pistas que los alemanes, en semifinales, fuesen al descanso perdiendo por un solo punto en un ferial ofensivo extraordinario (60-59)? Y todo lo que vimos en Málaga, se esfumó. Y todos los apaños que les vimos en directo, ya no estaban. Vale que, con la baja de Brandon Ingram, perdían un ala-pívot de garantías ayudando para intimidar. Al aficionado europeo medio le cuesta mucho entender cómo Jaren Jackson, el mejor defensor de esta campaña NBA, no muestre ni el mínimo conocimiento en colocación para frenar un pick&roll rival. Ni variantes sesudas ni nada. Un simple pick&roll. Y esto es lo que hace plantearnos, una vez más, ¿cómo es la formación del jugador estadounidense?
RECONDUCIENDO “UN SISTEMA QUEBRADO”
Desde los años 20 en el que el baloncesto universitario comenzó a hacerse popular, fueron casi 70 años de trabajar sobre un sistema, una hoja de ruta en que se iba perfeccionando. De la cultura de James Naismith inventando un juego para el divertimento de los estudiantes, a la capacidad competitiva de uno de sus alumnos, Phog Allen, como posterior entrenador de la universidad de Kansas, de querer ganar y ganar, a los trazos sobre la élite de un inmenso monstruo creado alrededor del baloncesto universitario, en el que se movía su también pupilo, Dean Smith. Disponer de Bob McAdoo, James Worthy, Michael Jordan o Vince Carter en sus filas, dimensiona lo que Dean Smith tenía entre manos. Y siempre con una manera de trabajar, de formar. El baloncesto también es una carrera universitaria paralela a los estudios, de la que hay que aprender todo: fundamentos técnicos, táctica, saber ganar una posición y cómo atacar una zona. Todo el espectro. A la NBA se llega preparado, independientemente de la especialización posterior del jugador.
A finales de los 90, asusta la transformación que, a pasos agigantados, sufre el baloncesto estadounidense. Si antes de ayer las estrellas universitarias lo eran también a nivel nacional, la llegada de las redes, de SLAM Magazine, de tantos caminos para la difusión, ensalzan a los chicos ya desde high school. El entrañable personaje de la película “Air”, Sonny Vaccaro es el adalid de esta nueva situación. El jugador de instituto cuenta con portadas, campus y más campus para exhibirles, en nombre de la expansión negocio de marcas de zapatillas. Un show que crece, se multiplica en su escenografía, donde el chaval es tratado como estrella y como estrella quiere continuar, mostrando lo que sabe. Ganar dinero es la primera meta. Le sobra el baloncesto universitario y sobre todo, la posterior formación y quiere pasar directamente a la NBA. En la ley de la selva, donde solo los genios alcanzan el estrellato o sobreviven, hay que vivir y explotar lo que se domina. Por cada Kobe, Garnett o LeBron, otros llegan y viven muchos años en NBA (Tyson Chandler, Al Harrington o J.R. Smith). El drama es que un silencioso ejército de chavales, mucho más numeroso, fracasan. El salto del instituto a la NBA es un peldaño excesivamente alto para la gran mayoría. Los viejos del lugar, como uno de los discípulos de Dean Smith, el entrenador NBA, George Karl, recalca que “el sistema está quebrado”.
Y lo que quedaba por venir. El One&Done que poco se diferencia del escenario anterior, lleva a los entrenadores universitarios a sacar rendimiento a sus jugadores desde el día 1. Ya no es el proceso formativo de 3 ó 4 años marcado por años, porque con sus mejores jugadores ya no puede: se le marchan. Se les enseñan cuatro conceptos y sacar de ellos el máximo partido. Y todo se riega de dinero, mucho dinero (hasta hace bien poco, a todos menos a los jugadores NCAA). Y ahora toca ganar más que formar. El prestigio del entrenador y la universidad va por delante. Sí, el sistema está quebrado.
Hoy día existen las alternativas de las academias, sea Overtime Elite o la exposición con equipos de G League proyectando a jóvenes hacia la NBA, que es la meta. Hay que dar tiempo y años a estas nuevas situaciones, pero por el momento, la muestra es que se camina hacia el logro de jugar en la NBA, no hacia el logro de dominar el baloncesto. Los entrenamientos veraniegos de los “pros” en su mayoría, son individuales: monitores para la mejora del tiro, del bote, de las condiciones físicas, del juego cerca del aro. Se aparca en importancia la mejora del juego colectivo. En Málaga, ver en directo las decisiones de Anthony Edwards, es una delicia. Cómo decide y finaliza. Representa un escalón solo para los virtuosos. Llega un Mundial y las complicaciones llegan en leer y asimilar ciertas defensas… porque nunca se lo han enseñado. A un aficionado al baloncesto, le gustaría ver en el virtuosismo de Edwards, el conocimiento que tienen en Europa, el conocimiento que -hasta hace no mucho- ellos siempre han tenido.
De momento, los periodistas USA claman por “llevar a los mejores” para ganar los próximos Juegos Olímpicos. Y con la llamada de LeBron James, van camino de ello. Parece que la preocupación del “por qué no ganamos un Mundial, cuando nuestros jugadores son mejores individualmente” sigue sin trascender. Y se ha llegado a ese punto. ¿Son necesarios los mejores para ganar el oro? Tras las dos últimas Copas del Mundo, parece que sí. El baloncesto europeo, a la cabeza del FIBA, ha crecido en los últimos 30 años a pasos agigantados. Aprendimos durante décadas de la base USA y se le fue dando una identidad. Hoy día, que tres europeos puedan pertenecer al mejor quinteto de la NBA, es sintomático. Sí, Doncic y Jokic tienen el sabor del baloncesto élite en Europa, trasladado allí (lo de Antetokounmpo es un caso diferente, más formado allí que aquí). Y nos congratula, porque representan la cima de una forma muy global y acertada de trabajar con la élite en nuestro continente.
Sea sobre un “circo ya montado” como es la NCAA, con sus pros y contras, sea en las recientes academias de nuevo cuño, sea cualquier otro invento, lo que sí nos gustaría es ver a todos los jugadores, en este caso estadounidenses, lograr alcanzar su máximo nivel baloncestístico posible, basado en la mejor formación. Por puro egoísmo de aficionado. Ese es el anhelo, sea con sus estrellas o con los que acaban aterrizando en nuestras fronteras. En USA, siempre tuvieron la brújula para ello. Esperemos que vuelvan a encontrar el rumbo.




















