DECEPCIONADOS, PERO ORGULLOSOS

Pedía Sergio Scariolo entre su mensaje de paciencia a los periodistas, que se olvidasen de la mala imagen ofrecida en el debut ante Polonia. “Nosotros no estamos aquí para ganar a Polonia y a Turquía. Nosotros estamos aquí, sobre todo, para clasificarnos para los Juegos Olímpicos”. Y es que, el debut en el Eurobasket del 2011, cuando se contaba posiblemente con la mejor selección que jamás se había reunido, fue decepcionante. Y el mensaje era ese: intentar llegar a la final, adquirir una de las dos plazas automáticas que daban opciones a los siguientes Juegos londinenses, cumpliendo tal objetivo. Y aunque la final ya era una meta de altos vuelos, con el equipazo convocado (añadida la última incorporación de Serge Ibaka), se podía pensar como algo factible. 

En el verano de 2023, no había metas marcadas y sí un objetivo: competir. Tras los milagros en ediciones anteriores, sobre todo el del pasado Eurobasket -que pudo representar el torneo internacional con más nivel de la historia-, el vértigo de ser campeones del mundo y de Europa, acarrea por obligación el sanbenito del “hay que creer siempre en este equipo”. Y claro, eso acaba creando una inquietante bruma, que bien pudiera confundirse con nubes celestiales, como si nuestro Equipo Nacional mirase permanentemente desde allá arriba, desde las acolchadas poltronas de las medallas. 

La clave para evaluar nuestras posibilidades no pase por las selecciones que, en teoría, son mejores que la nuestra. Si no más bien, por el abanico de equipos con los que se tienen posibilidades parejas. Y ahí residía la gran diferencia. Evaluando fríamente rivales, poniendo a Estados Unidos, Francia o Canadá como plantillas superiores por nombres y logros, ir en el siguiente escalón, “de la mano a clase” con Australia, Serbia, Italia, Lituania, Alemania, Brasil, Eslovenia…  es demasiado alumnado para un solo aula. Si luego aparecen sorpresas como lo han sido Letonia y en puertas, República Dominicana, pues ya dirán. Con cualquiera de ellas se puede ganar, con cualquiera se puede perder. Un juego muy arriesgado.

Que el embrujo al que nos sometía Sergio Scariolo cuando preparaba su bloque, quizás emborronaba a nuestros ojos la realidad, es un hecho en el esperanzado aficionado. Pensar que un grupo de jugadores que, en este equipo, multiplican sus aportaciones puede llegar el momento que, al otro lado de la tele, se llegue a pensar en grande, porque esuna experiencia que ya se ha vivido… y más de una vez. Sensación que no quita, el que nos auto prohibamos la posibilidad de irnos a casa antes de tiempo, que también existe.  

España ha sido eliminada en la fase de octavos de final, entre los puestos 9º y 16º. Algo que nos traslada a la funesta década de los 90 y que, desde los Juegos Olímpicos de Sidney’00, donde todo se hizo al revés, no habíamos vuelto a vivir en nuestras carnes. Cosas del siglo pasado, fíjense si queda lejos. El día de Letonia se nos quedó el resoplido de decepción y preocupación de manera permanente, aunque esperanzados de cara a la proeza que barruntábamos ante Canadá dos días después y que a punto se estuvo de lograr. Faltaron dos centímetros para que el triple de Abrines forzase la prórroga. Y ya eliminados, eso nos hizo, como a bien tuvo recordar el propio Scariolo en rueda de prensa, sentirnos orgullosos de los nuestros, porque se habían dejado el alma hasta competir de la forma en la que vimos en la tarde del domingo. Que Canadá también se jugaba la vida en el envite, con cinco titulares de cinco franquicias NBA en el quinteto de salida (incluido el genio de Shai Gilgeous-Alexander), y hasta el último segundo con la incertidumbre y dominando gran parte del partido. 

Y es verdad. Como siempre, la honestidad en el esfuerzo, el compromiso por los compañeros y por lo que representa este equipo, ha sido máxima. La baja de Ricky Rubio, como la ya conocida de Lorenzo Brown, nos privaba del verdadero artista que mueve los hilos de todo, del líder. Por ello tiene más mérito el esfuerzo del grupo por intentar lograr las metas, con menos instrumental. Y es que, cuando Ricky o Lorenzo se movían, propiciaban quebraderos de cabeza. Y si no decidían ellos, generaban todas las ventajas posibles para que lo hiciese otro. Pero siempre decisivos. El conejo en la chistera en los últimos cinco segundos de posesión, en forma de canasta o pase fantasioso, eran momentos sublimes que ya convivíamos con ello. Esta vez no hemos tenido eso. 

Sabíamos que no era una selección que tuviese cubiertas las espaldas con un buen número de notables tiradores. Si buscamos a los habituales (y ponemos en el objetivo aquellos que promediaron al menos 3 intentos por partido. A saber: Juancho, Rudy, Abrines, Llull y Brizuela), nos sale que su porcentaje en triples fue de un 32,5%. Algo escaso para las exigencias de según qué momentos. 

Porque esta vez, el juego de Willy Hernangómez (18,2 puntos de promedio y un 58,5% en tiros de campo) era, en su mayoría, de creación en el poste bajo, con algún que otro pase bombeado de mucho mérito. Pero ya no había la presencia del base que fuera maestro en el arte del pick&roll para crear un binomio demoledor y estructural en nuestro ataque como lo vimos otros años y lo fueron -y así nos aniquilaron- los letones. Que, por desgracia, tampoco contábamos con excelsos pasadores, como para haber creado juego entre pívots o doblar buenos balones a nuestros tiradores. Seguimos restando.

Y en defensa, entre las nuevas incorporaciones, cuyo impacto a la exigencia de un torneo como este, ha sido por momentos complicado, junto a unos veteranos que en el uno contra uno están más desguarnecidos porque los años no pasan en balde, todo se ha sumado para tener como contrincantes atletas canadienses superdotados o las privilegiadas piernas de brasileños o letones. 

Pero, ¿saben qué? Aún así hemos disfrutado. Porque Brasil, buen equipo como ha demostrado, se vio totalmente superado por nuestra rapidez y agresividad en defensa. Y ese fue un muy buen partido. Porque tuvimos en cada uno de los choques importantes un buen número de minutos donde se bordó robando balones, corriendo, defendiendo… y todo ello supuso que las rentas adquiridas fuesen importantes y, desafortunadamente, no sirvieron en los últimos cuartos de los dos últimos partidos. En ataque se pasó mal en esos periplos y todo los “peros” comentados anteriormente, nos hizo ser previsibles, dinámica que Sergio intentó cambiar rotando jugadores. Pero ni con esas. 

Que hemos visto una ventanita al futuro cuando Juan Núñez lograba conectar por momentos con Usman Garuba y Santi Aldama, de lo que salían cosas muy bonitas. Tres jugadores que han cargado sobre sus hombros más responsabilidad de la que estaba prevista y lo han hecho francamente bien, brillando en algunos momentos importantes, como parte de un proceso de madurez del que disfrutaremos en un puñado de años en toda su plenitud. 

Que Rudy Fernández sigue anticipándose a todos, robando balones y acertando en el tiro en los momentos más comprometidos, como si le quitásemos una decena de años. Que Víctor Claver es un lujo que siempre está en el sitio que se ha de estar. 

Sí, hemos perdido ante un rival que se está convirtiendo en la revelación del torneo (Letonia), con un buen puñado de grandes jugadores en su plenitud de madurez y ante el que sería un notable equipo NBA (Canadá). Y la decepción hay que digerirla. Pero hay que pensar que, con menos orfebres y más obreros de golpear yunque, que era con lo que se contaba, la dignidad va por delante. Y nuestro orgullo, también. Que ninguna selección, excepto Estados Unidos, ha faltado en este siglo XXI, que ya van un puñado de años, a ninguna gran cita. En alguna ocasión u otra, todos han estado ausentes. Y España sigue en la brega. Dichosa brega. Dichoso equipo. 

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