“BOB”, TAN AMABLE COMO MÁLAGA

Sabíamos que los tiempos iban cambiando y asumíamos que demasiado deprisa. El marco geográfico esculpido durante décadas, saltó en pedazos desde que arrió la bandera de la URSS y la antigua Yugoslavia se consumía en medio de una guerra. Era el Eurobasket alemán de 1993 y en él, aparecían nuevos actores de reparto. La Unión Soviética ya no monopolizaba presencia, sino que era Rusia. Y con ellos, Estonia, Letonia, Ucrania… curiosamente, no se encontraba Lituania entre ellas. Y por otro lado, Croacia, Eslovenia y una Bosnia Herzegovina de la que se han hecho infinidad de documentales y artículos de cómo llegaron sus componentes hasta tierras germánicas. 

Pero incluso Rusia, no era la que conocíamos todos. Aquello de Volkov, Tikhonenko, Vetra, Belostenny, Miglinieks… ya no había cambalaches y cada uno representaba a su República. Por lo que en los rusos, con un uniforme blanquiazul, donde el rojo no entraba en ningún motivo, se presenta una nueva generación de chavales al mundo que, excepto el base Sergei Bazarevich, apenas conocíamos. Porque sí, el mundo iba deprisa, pero aún no había cambiado de marcha y acelerado al ritmo actual. Internet estaba en pañales y a disposición de muy pocos y la información de esta nueva camada, era inexistente. 

Sí se hablaba de un chaval espigado, extremadamente delgado pero con grandes fundamentos técnicos, por quien Estudiantes bebía los vientos, llamado Andrei Fetissov. Pero aún era jugador de rotación por su extrema delgadez a sus 21 años y 2,08 de estatura. Los que vimos que formaban el núcleo, aquellos jovenzuelos, tenían sobre sus hombros la responsabilidad de continuar el legado baloncestístico de su país. Demasiada responsabilidad. Cuando les vimos de verdad, En Karlsruhe, fue en la tercera jornada frente a España y se les ganó con claridad. Curioso que luego llegasen ellos a la final (y a punto de ganarla) y los españoles se perdieran entre las sombras de los cuartos. 

Junto a Bazarevich, aquellos desconocidos Evgeni Kissourine, Mikhail Mikhailov, Sergei Panov, Vitali Nosov, Vasili Karasev, más el citado Andrei Fetissov, formaban el grueso del grupo, entrenados por Yuri Selikhov. ¡Ah! Y el tirador de aquella selección, era nuestro protagonista: Serguei Babkov. Y mucho les tiene que agradecer el baloncesto ruso, puesto que sin nombre ni experiencia internacional, lograron la plata europea. Y al año siguiente, en el Mundobasket canadiense de 1994, lograron derrotar a Croacia en un partido memorable, accediendo así a la final ante la que se llamó entonces el “Dream Team II”, a los que dieron muchísima guerra. El relevo estaba más que asegurado. 

Babkov no era el tirador al uso, estilizado, mano de seda y elegante. Nacido en Novosibirsk, sus anchos hombros y sus hechuras de fornido atleta, le daban un añadido de “tanqueta” cuando decidía entrar a canasta. Era muy potente. Y demasiado atractivo para que estuviese perdido en mitad de la liga alemana, en Trier. Que allí continuase tras la plata alemana, era un error perdonable. Que ningún club ACB le echase el guante tras el mismo reluciente mental en todo un Mundial lleno de luces y color, ya hubiese sido imperdonable. Y ahí es donde entra Unicaja en nuestras vidas. 

Porque sí, entró en la de todos, no solamente en el corazón de sus aficionados. Aquel curso 94/95 fue el del “no triple” de Ansley, el de vibrar con aquel equipo, sobre todo por su esfuerzo, tesón y convicción de que aquella liga era suya cuando en el resto de la geografía, un mes antes, eran “pero ¿quiénes son estos?” Los que estuvieron a punto de amargar la retirada de Epi. Miren que el Ciudad Jardín había vivido jornadas de baloncesto de élite en su historia. Unicaja, al fin, se aupaba en aquella historia con una de las finales ACB más seguidas. Y Serguei Babkov, su tirador más importante. 

Fueron cinco años la estancia en La Costa del Sol de alguien tan amable como la ciudad. Asentado y mimetizado entre una forma de vivir disfrutona, pero con la exigencia de un club que, de la noche a la mañana, se puso bajo el foco entre los grandes del baloncesto español. “Bob”, como fue conocido entre el plantel cajista, elevaba su anotación a los 16,8 puntos de promedio en Málaga y su porcentaje de triples siempre fue subiendo. De un 37,2% en su primer curso hasta un 43,8% en su quinto y último. Siempre con su timidez e introversión, siempre sin rehuir de ningún aficionado. Salían de la pista tras los partidos y se ponían a charlar con los aficionados, entre bromas, fotos y multitud de autógrafos. “Bob”, entre el poco entendimiento de nuestra lengua inicialmente, “miraba de medio lado y sonreía” como recuerda la directora de comunicación ya entonces del club, Rosa Mariscal. “Hablaba poco, pero daba ternura”. 

No hay mejor virtud que envolver sus triples y sus entradas a comerse el aro, con esa actitud entrañable. Por ello, en uno de los fondos, tenía su rinconcito especial, donde el graderío desplegaba la pancarta de “zar de zares”. Tras Málaga, dos intentonas en Badalona, entre lesiones, completaron su periplo español. Compartió país y en ocasiones pista con su mejor amigo de selección, Mikhail Mikhailov, el otro componente del seleccionado ruso que más tiempo ha permanecido en España. Y con él se reunía también tras la retirada de ambos en España, cuando Babkov regresaba a Málaga y se dejaba caer por Los Guindos. De hecho, fue el propio Mikhail quien comunicó al club la triste noticia de su fallecimiento. 

Serguei Babkov fue uno de los impulsores de dar al interruptor del éxito en Málaga. Su llegada fue clave para el subcampeonato de liga en 1995. Y tan solo junto a Kenny Miller, más los canteranos Curro Ávalos, Dani Romero, Gabi Ruiz y Richi Guillén, quienes se mantuvieron en Unicaja hasta dejarlo en manos de un nuevo siglo, con presupuestos y ambiciones mucho mayores, que acabaron cristalizando en títulos de Copa y Liga. O sea, uno más en la familia verde. De los de permanecer siempre. A golpe de triple, a impulso de abrazo. De los de quererle y sentirle como uno de los nuestros. “Bob”, tan amable como Málaga

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