Era como una categoría maldita esta sub 19, que parecía no ir en consonancia con los éxitos del resto de categorías. Desde los juniors de oro de Lisboa’99, a excepción de El Cairo’17, España ni tan siquiera se había plantado en semifinales. Y miren que, a partir del 2009, este Campeonato del Mundo comenzó a celebrarse cada 2 años, para que todos los chavales en edad junior tuviesen opción de disputarlo. Ni con esas. Años de no clasificarse tan siquiera, de quedar octavos o ser quintos, como la generación liderada por Willy Hernangómez que fueron campeones en Manheim. Al fin Luis Guil y sus chicos (Eric Vila, Pol Rubio, Ignacio Rosa) nos tuvieron ante Italia en puertas de la final, para ser cuartos finalmente en 2017. Y al fin, con parte de una generación que vienen arrollando y ya avisaron el año pasado en Málaga de lo que se nos venía encima, con todo merecimiento… campeones del mundo.

Que ya habíamos advertido en los primeros compases de este Mundial. Este grupo estaba cargado de solvencia y buen juego, sobre todo cuando rozamos la treintena de diferencia ante Francia en la segunda jornada, con el 4 de 4 en triples de Baba Miller y el dominio bajo tableros, casi insultante, de Izan Almansa, mientras Jordi Rodríguez era el brazo ejecutor desde el perímetro. E íbamos dejando cadáveres deportivos por el camino gustándose, porque las diferencias eran más que notorias. Que Rafa Villar fuese un base con la experiencia de minutos de calidad en LEB Oro, era un plus en la dirección en pista sobre un grupo que vale muchos kilates. Por 27 a Canadá, 19 a Francia, 9 a China, el sonrojo ajeno ante Líbano, 38 a Argentina y 31, ya en semifinales, ante Turquía, que se suponía eran de los ‘cocos’ del evento, eran una trayectoria que señalaba algo grande.
Porque la ocasión parecía más que propicia viendo el resto del campeonato. Los primeros que nos sorprendieron de su bajo nivel -sobre todo colectivo- eran los estadounidenses. Que ni Brasil ni Argentina parecían traer una buena generación, Serbia iba con lo justito, Canadá ni amenazaba y de Eslovenia, aunque iban con un escaso puñado de chicos con notable valía, nos pareció sorprendente que cayesen en octavos. Aquí no había ni Grecias ni Australias que amargasen ninguna tarde. Ojo, que no vamos a minimizar el éxito de España por el escalón inferior en cuanto a calidad del resto. Eso era problema de ellos. Así que, lo dicho, Turquía sí parecía el rival a batir en semifinales (los otros imbatidos junto a España) y Francia, que desde que les vimos apalizar en cuartos a Serbia, nos dejaron claro que su mal papel ante España, fue un accidente.

Por eso, el enfrentamiento ante los turcos nos dejó, en parte sorprendidos, en parte entusiasmados. La solvencia de todos, el nivel defensivo que rozaba la perfección y que en ataque, seguía habiendo alegría a la hora de anotar, nos transportó entre nubes de sueños a la final. Claro, Francia había vencido a los yanquis que, a pesar de todos los pesares, con sus físicos y su rebote ofensivo (que no había más), podían ser capaces de avasallar a cualquiera. Pues los franceses dejaron claro que estaban un peldaño por encima y tres respecto a lo que ellos mismos fueron en la fase de grupos. Y convirtieron la final un suplicio para nuestras aspiraciones de coronar con el oro.
El día en el que el cansancio se asomó con descaro en hombres clave, donde los franceses nos retaban a ganar con tiro exterior como parte de un estudio pormenorizado de nosotros, que la mala suerte también se alió con un codazo involuntario en la sien de Alexandre Sarr a su amigo Izan Almansa, que lo dejó KO cual boxeador en un ring durante los restantes minutos en pista, tuvo que ser la defensa, ese aliado que no nos abandonó en ninguna jornada del torneo, quien sostuvo afortunadamente la contienda.

Ese sobreesfuerzo se pagó, algo menos en los franceses que contaban con más rotación. El seleccionador Daniel Miret, en el último capítulo hacia el pretendido oro, optó por arriesgar en pista con los buques más imponentes, acortando el protagonismo del banquillo más de lo habitual. Era toda una final la que se estaba jugando. Por ello, hay que alzar en su justa medida que Rafa Villar siguiera anotando sus entradas a canasta cuando al mínimo parón se agachaba, apoyaba sus manos sobre las rodillas, absolutamente exhausto, restando unos 5 minutos de juego. Y miraba al banquillo de reojo por si caía el cambio y tomar algo de resuello. Pero no lo veía y lo entendía. Y debía seguir bregando. Tras el esfuerzo -y una prórroga de añadidura-, si él estaba rendido, nosotros nos rendimos ante él.
Y lo mismo podemos decir de Jordi Rodríguez con su muñeca, donde intuíamos que la extrema fatiga en el fin del calendario, no le permitiría anotar más. Pues, ya lo vimos: un triple apenas sin equilibrio y la suspensión que nos llevó a la prórroga. Y Baba Miller anotó dos canastas de lujo, cuando detectó que su rival, Zacharie Perrin (20 rebotes en la final) estaba agotado. Y todo ello sirvió porque se mantuvo el equilibrio a base de defensa durante todos los minutos restantes. Pero una defensa como en pocas ocasiones hemos visto. Forzar 28 pérdidas al rival en toda una final y, lo que es más importante, 18 de ellas fueron robos de balón, son dígitos que apenas hemos visto.

Lo que hicieron Sediq Garuba e Isaac Nogués en la presión sobre el balón, fue un ejercicio de voluntad, habilidad, concentración y explosividad, como muy pocas veces hemos visto. Eso es hambre y ansia por ganar. Y se convirtieron en los grandes de esta final, cuyos highlights más destacados, debieran ser algunos de sus robos, casi por encima de canastas decisivas.
Sentenciar con tiros libres el día que no entraban (17 de 32), ya forma parte del anecdotario, donde los libros dirán que España fue la campeona del mundo. Que se dice pronto. De los chavales, de una manera más pormenorizada, hablaremos próximamente. De esta hazaña, se hablará por mucho tiempo.

















