Cuando sucede, es el éxtasis. Gloria al héroe, contrastado con la incredulidad rival. Es la esencia pura, el niño solitario delante de la canasta del barrio… pero con todo el glamour. Ante los sistemas que ayudan a ganar, estrategias y contraestrategias, tiempos muertos de pizarras con rotuladores ‘humeantes’, aparece el arranque de un tipo en particular, que siente un halo que lo envuelve y que le expresa el atrevimiento de que él debe ganar el partido. Sobra todo lo demás, solo cuenta su figura para ganar. Y lo hace.

En Badalona, vimos a Andres Feliz tener claro que, en el Olimpic, la tarea de ganar a Valencia Basket, era suya. Y no era ninguna ruleta, esta vez, sino la luminosa inspiración de alguien que, con el balón en las manos, asume que el destino del mismo no puede pasar por mejores manos que las suyas. ¿O cómo explican que pueda anotar 12 de los últimos 15 puntos de su equipo para estallar un igualado 72-70 y llevarlo hasta un 85-70 en los 5 minutos postreros?
Entre tanta preparación y juego colectivo, que tengamos estas dosis de capacidad -porque hay que tenerla- individual para llegar a este nivel de acierto, es como un festín de fuegos artificiales añadido. Retomando arrebatos de David Russell, Drazen Petrovic, Elmer Bennett o Dejan Bodiroga, aquí lo que toca es “ganar a mi manera”. Sin letra pequeña, con la premisa de “ganar” en primer término. Con triples, suspensiones tras paso atrás y entradas cargadas de convencimiento ante un quinteto rival que no ve argumentos en prohibir al protagonista nada por retener lo que les viene encima.
Son luceros que alumbran el camino de Liga Endesa. Aparecen en lo impredecible y engalanan nuestra competición. De los días que marcan una temporada. Que bien que nos gusta aquello del “¿te acuerdas…?”


















