RETRATO Nº 120: Darrell Lockhart y Bilbao

Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte. 

RETRATO Nº 120: Darrell Lockhart y Bilbao

Copa del Rey 86/87. Cuartos de final: Real Madrid 84-89 Cajabilbao (13.12.86)

La negación de la ‘impresión a primera vista’, la obligación de volver a echar una mirada, a presenciar las evoluciones de un equipo, de un jugador, como quien disfruta de un paisaje, dándole tiempo. Donde no parece que haya belleza, aparece delante de nuestros ojos, sin proponerlo, sin esperarlo, hasta admirarlo. 

Era un equipo recién ascendido, Cajabilbao. Era un pabellón vetusto como la ciudad, viejo, pero donde allí se gritaba “¡De-fensa! ¡De-fensa!” y donde hacía muchos años que no existía baloncesto de élite. Lo que se comprobó en Bilbao es que sí, que allí se respiraba mucho baloncesto, puesto que La Casilla estaba a reventar. Para el aficionado nacional, Cajabilbao era uno de los nuevos, inéditos para la mayoría, con el tal Joe Kopicki del que hablaban que era más listo que el hambre, clave en su ascenso. Y en el banquillo, José Antonio Figueroa, un brujo que había logrado, dos años atrás, aupar hasta cuartos de final a un recién ascendido, el Breogán lucense. Ahora la papeleta se tornaba más complicada, si cabe. 

Y tenían otro americano. Y la primera sensación, no era muy halagüeña. ¿Cómo se les ocurría fichar alguien no muy alto para ser pívot, cargado de hombros, tirando a gordo, cuando la pareja foránea representaba el pan y la sal de todos aquellos equipos? Pues ahí lo tienen, perfectamente plasmada su figura en la fotografía que hoy exhibimos en RETRATOS DE UNA VIDA. El gran Darrell Lockhart

Hay jugadores que parecen tener una bola de cristal donde poder leer el futuro. O si refinamos la reflexión, digamos que hay jugadores donde los virtuosos de nuestro deporte, viéndoles desenvolverse, ven señales sobre cómo puede evolucionar nuestro deporte. Darrell Lockhart era uno de aquellos casos. Sus pies eran más ágiles de lo que su estampa pudiera dar a entender, aunque tampoco era un virtuoso del poste bajo. Allí esperaba, se pegaba, bregaba como podemos presenciar en la fotografía. Él era de los del trabajo antes de recibir, como el panadero de labores en la madrugada, de calores ante el horno, hacía por ganarse una posición mientras el balón circulaba a su alrededor. Cuando estimaba que “la hogaza” estaba lista, se ofrecía a la venta. Se mostraba, recibía y anotaba. Es lo que veíamos. A un tipo que recibía y anotaba. Si acaso un bote y media vuelta en suspensión girando hacia la línea de fondo, para su tiro bombeado. Que lo del salto, no iba mucho con él. 

Si se pretende destacar estado cargado de peso, con una estatura media y sin el toque justo como para lanzar ganchos en suspensión, argumento muy usado en los pívots de la época, había que exhibir un recurso contundente y seguro en su muestrario, como para promediar 23,5 puntos y 8,8 rebotes en su primer año en ACB, en la temporada 86/87. Lockhart se fraguó su nombre con una exquisita muñeca para las suspensiones. 

Hoy día, casi todos los jugadores en pista son capaces de lanzar triples. Entonces, en la zona se premiaba la cercanía al aro, los buenos porcentajes y para ello, los virtuosos del juego de pies se adueñaban de los focos, en concordancia con el juego físico en la pintura, si había buenos dólares para pagarles. A ningún pívot se le ocurriría lanzar de tres puntos. Y por ello, nuestro protagonista fue tan diferente, tan sobresaliente. 

Piensen en un tiempo donde los pívots y los ala-pívots se fusionaban en una misma figura, para mirarles casi por el mismo rasero. Uno de ellos era la contundencia mientras otro se destacaba por algo más de rapidez y elegancia. Pero el rango de juego y tiro eran bastante parecidos. Pues en Cajabilbao contaban con Joe Kopicki, ala-pívot de juego abierto, tiro exterior de cara al aro, que por su inteligencia, traía en jaque a las defensas rivales. Y luego le acompañaba Darrell Lockhart, que gustaba de abrirse y cuya amenaza del triple era aún mayor. Ahora piensen en el Fernando Romay de la imagen defendiéndole, como Mike Phillips, Winfred King, Wallace Bryant … y todos aquellos contudentes pivots que destacaban. “Pero, ¿cómo voy a salir a defender a 7 metros del aro?” Lockhart&Kopicki eran un absoluto quebradero de cabeza. Eran un lío para los contrarios.

Lockhart promedió un 45,5% en triples en su año de debut (un 41,7% en su carrera ACB), aunque lo que más proliferaba en él era la suspensión un paso más adelante, entre 5-6 metros de aro, mismo quebradero rival. Corría el contragolpe como tráiler, recibía a media distancia y lanzaba. Y anotaba con ese aire de infalibilidad como de humildad, de restar importancia a aquello tan sencillo que él hacía, sin complicaciones, imposible defender.

Y Cajabilbao eliminó al Real Madrid en cuartos de final de Copa del Rey, dejando ojiplática a toda la concurrencia en nuestro país, ante este nuevo formato de Copa que dejaba a los blancos en la estacada a las primeras de cambio, como atestigua la fotografía de ho. Y posteriormente, venció en la Ciudad Deportiva madrileña. Y una tercera vez en su Casilla. Y en dos años con los bilbaínos, en el momento de máxima expectación por el baloncesto, se erigió en un ídolo, que hoy se sigue recordando. Su trote particular, su media vuelta en poste bajo, sus triples. Todo un arte. Y encontró posteriormente su casa en Sevilla durante cinco temporadas, para un total de 11 en nuestras fronteras, acabando en Los Barrios, en la LEB. Siempre pasado de peso, siempre inteligente, siempre “muñequita linda”.  Que hoy lo recordemos, es la definición de todos los adjetivos que nos hemos ahorrado -¿para qué? Pónganlos ustedes-, de alguien que caló muy hondo en nuestro baloncesto.

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