La llegada de algo nuevo, diferente, de ese tipo de jugadores que, en 1983, ni soñábamos ver por nuestros lares, tuvo su puesta en escena para todos en la edición de Copa del Rey de la recién nacida liga ACB. Aquel Olimpo tricolor con la silueta de Jerry West estaba tan, tan lejos de nuestras vidas, como la distancia casi lunar con la que veíamos una casual estampa en blanco y negro de las acrobacias de Julius Erving plasmado en alguna que otra publicación aquí. Phoenix Suns quiso a bien descartarlo de su plantilla de doce finales para empezar el curso, en favor de Rory White. Así, se convirtió en el último descarte de aquel mundo. Y así, Kevin Magee apareció en España para encandilar a los aficionados de toda una liga y de todo un país. Casualidades, oportunismo y algún loco soñador culminaron la no menos loca carambola en su venida.

La Copa del Rey de diciembre de 1983 fue como un libro con un prefacio de todo el lastre del baloncesto español que se pretendió dejar atrás y un primero capítulo ilusionante, sobrecogedor, de los que calan. Todos los ojos estaban puestos allí, en Zaragoza, en aquel formato nuevo de Copa, con los cuatro mejores equipos tras la primera vuelta de la liga y una semifinal, Real Madrid-F.C. Barcelona, que aglutinaba todas las miradas. Doscientos periodistas acreditados, más incluso que en la sede de Zaragoza durante el reciente Mundial de fútbol. Diez millones de espectadores delante del televisor, según las encuestas que daban las audiencias entonces, viendo la posterior gran final. El hilo conductor no fue ni Barça ni Madrid, sino aquel señor que apareció un mes antes y sobre este marco, llegó a ser ídolo de masas.
Vencer en semifinales al equipo de moda de nuestro baloncesto, el Joventut Badalona, con una actuación portentosa con 36 puntos y sobre todo, otorgar desde el primer momento a sus compañeros la convicción que, con él en pista, se podía ganar a cualquiera, fue el secreto para que CAI Zaragoza venciese al Barça en la final y se proclamara campeón de Copa del Rey. Y no solo eso, sino que toda una estructura de nuestro nuevo baloncesto, arriesgada y aventurera, se subió a lomos de su figura. No todo era ya patrimonio de Madrid y Barça. Se cabalgaba en la dirección correcta.
La imagen que seleccionamos es una definición de este icónico jugador, de impresionante figura, con cara de pocos amigos sobre una pista de baloncesto. No era ningún virtuoso técnico, pues apenas tenía juego de pies cercano al aro, en dos metros raspaditos de pívot-pívot. Pero su potencia y maestría para ganar la posición antes de recibir, era aquel otro foco al margen del balón, en el que los más jóvenes ya aprendimos a observar. Cuando recibía, el trabajo ya estaba casi hecho y rival, a esas alturas, sentenciado. Contaba con un seguro tiro desde media distancia y, sobre todo, el giro a la media vuelta por su derecha desde el poste bajo, más complicado y exigente cuando se es diestro, para quedarse suspendido en el aire y en sus tiros cortos contra tabla.
En una tele de dos canales como foco de reunión familiar en la cena, imaginen lo que fue el boca a boca en las calles al día siguiente. El impacto fue inmediato. E inmediato fue ensalzarlo a la categoría de ídolo. Aquel jugador no pudo acabar la liga y ya nos hubiese gustado ver lo sucedido con aquel CAI Zaragoza que contaba con una notable plantilla nacional y otro foráneo, Jimmy Allen, también de excelsa calidad.
Desde ese momento, los grandes y adinerados clubs pusieron los ojos en él. Pero como confesó tiempo después su agente, Miguel Ángel Paniagua, “su fichaje por el Maccabi era una cuestión de estado. En España era imposible retenerlo”. Tras sus dos primeras temporadas en Tel Aviv, en el que afianzaron su proyecto, con Magee como líder llegaron a jugar tres finales consecutivas de Copa de Europa. Era fácil pronosticar que su presencia también impactaría en todo el Viejo Continente.
Siete años después, regresó a Zaragoza, más veterano, más estilizado, con menos explosividad y más tablas, en el proyecto de Zaragoza, que con la dinámica de principios de los 90 de éxito y dinero en nuestra competición, pensó a lo grande. Siete años después, el escenario era el mismo: Zaragoza, “su Copa”, vigentes campeones, aunque el marco, el flamante Príncipe Felipe, con los dos héroes de los dos títulos coperos en la historia del CAI -él y Mark Davis– en liza. Sin embargo, no resultó. Perdieron en cuartos de final con Estudiantes y sus aspiraciones al traste.
Para el recuerdo quedará el giro de rumbo de aquella primera Copa del Rey ACB, de Kevin Magee y los sueños por llegar hasta donde, entonces, no se soñaba estar. Y unas estadísticas aún sorprendentes a pesar del tiempo transcurrido.
Cápsulas Coperas (I): El show de Rickie Winslow
Cápsulas Coperas (II): El asalto de Pau Gasol
Cápsulas Coepras (III): Real Madrid, dueño y señor en Badalona
Cápsulas Coperas (IV): Cáceres y el viaje más alucinante hacia una final
Cápsulas Coperas (V): La Copa que cambió al Barça del negro al azulgrana

















