CÁPSULAS COPERAS (V): La Copa que cambió al Barça del negro al azulgrana

Hay momentos clave en la trayectoria de cada club. Momentos, incluso gestos, que pudieron cambiar el rumbo de la historia. La final de Copa del Rey de 1978 fue un antes y un después en la del F.C. Barcelona. En aquella cita, tanto Josep Lluis Núñez como su vicepresidente, Josep Mussons, bajaron al parquet del Palacio de los Deportes de Zaragoza y levantaron el trofeo de campeones que los jugadores acababan de ganar. Algo tan insignificante y lógico entre la alegría de sus protagonistas, estaba cargado de mucho simbolismo. 

En 1978, la sección de baloncesto blaugrana estaba en entredicho, viviendo momentos complicados. Menos de un mes antes de aquel encuentro un 4 de junio, Josep Lluis Núñez se había alzado como presidente del club y el fútbol, lógicamente, era la cuestión que monopolizaba casi todas sus ideas. De hecho, en sus primeras declaraciones y entrevistas como presidente, ponía especial énfasis que, con la gestión de las diferentes secciones, especialmente la de baloncesto -la más cara de todas-, había que “actuar bajo el prisma de la realidad”. Esa “realidad” era sinónimo de rentabilidad. Y si el baloncesto era un dispendio económico con escasas alegrías, puesto que llevaban sin ganar nada desde el doblete en 1959, vilipendiado en la mayoría de los casos por el Real Madrid e incluso, sin llegar a ser el equipo puntero de Cataluña, puesto que eso en los 70, era patrimonio del Joventut, venía a decir que era algo que molestaba y no pocos rumores se alzaron, alertando de la posible desaparición del baloncesto en el F.C. Barcelona. En este capítulo de CÁPSULAS COPERAS, retrocedemos en el tiempo algo más de habitual, en un tiempo muy distinto, donde tantas y tantas cosas han cambiado, aunque aquellos días dejaban translucir una realidad futura excitante. 

Antes de los tiempos… de ACB. Antes de antes, de cuando el baloncesto español ni intuía lo que se le venía encima en la década de los 80. Cuando el deporte estaba regido por las federaciones nacionales y los ministerios ni sospechaban de la creación de asociaciones deportivas (aunque algunos ya trabajasen en la sombra). Cuando había solo un canal y medio en televisión, poco deporte en él y menos aún baloncesto. Cuando la liga, llamada División de Honor era como la del fútbol, a ida y vuelta y a un mes de la finalización, ya aparecía el Real Madrid en la clasificación como líder inalcanzable y claro ganador. 

Pero no este año. 1978 vio cómo a primeros de abril, el Real Madrid se proclamaba campeón de Europa, ganando a los perennes finalistas varesinos, pero no pudo lograr su undécima liga consecutiva (la 19ª en las 21 disputadas hasta entonces), arrebatada por el Joventut Badalona. Liderados por aquel base díscolo y genial, el yugoslavo Zoran “Moka” Slavnic, la temporada de los verdinegros fue de antología, hasta la recta final, donde un tropiezo en Pineda del Mar les complicó una liga que casi tenían, asegurada después con la derrota de los blancos en cancha del Cotonificio en las últimas jornadas, donde hubo rumores… de todo. 

Pero vayamos a la Copa. En esta temporada se quiso dar una nueva vuelta experimental a la competición, bastante estrepitoso, por cierto. Y antes del inicio de liga (el 20 de noviembre), durante el mes de octubre y primera quincena de noviembre, se formaron 3 grupos de 4 equipos con los clubs que componían la División de Honor, realizando una fase previa a modo de liguilla en cada grupo. Si cada uno tenía 4 equipos, jugar todos contra todos en una sola sede, supondría una suma de 6 partidos, ¿verdad? Pues este “ejercicio” se repetiría hasta en 4 ocasiones, cada una en el pabellón de cada uno de los 4 participantes. Y todo ello para seleccionar a los 2 mejores de cada grupo y los 2 mejores terceros, tener 8 elegidos que disputasen cuartos de final y semifinal a ida y vuelta. Lo más sustancioso fueron las semifinales entre Real Madrid y Joventut, donde al correctivo verdinegro en Badalona (102-86), respondieron los blancos con otro aún mayor (132-109) en la Ciudad Deportiva, llegando así a la final de Zaragoza ante el F.C. Barcelona

El Real Madrid, entrenado por Lolo Sáinz, contaba con un equipo veterano, donde antes del partido se homenajeó a dos jugadores que se retiraban tras la conclusión del, los míticos Clifford Luyk y Vicente Ramos. Aún mantenían a Carmelo Cabrera y Cristóbal Rodríguez, más los Corbalán, Brabender, Rullán, Prada y un jovencísimo Juanma López Iturriaga, tras la baja de Vicente Paniagua. La plaza de extranjero la ocupaba el ala-pívot John Coughran, en detrimento de Walter Szczerbiak, que jugó tan solo competición europea (un extranjero permitido tan solo en nuestras fronteras, dos en Europa).

Por los azulgranas, todo lo contrario. Con el nombramiento de Eduardo Kucharski como nuevo entrenador para ese curso, a pesar de los rumores de la vuelta de Ranko Zeravica, dando un plus de disciplina y sacrificio colectivo respecto a años anteriores, se alzaban los jovencísimos Ignacio Solozábal, Perico Ansa, Chicho Sibilio, Pere Práxedes y sobre todo, aquel alero incansable en su trabajo, llamado Juan Antonio San Epifanio. Todos, sin haber cumplido aún los 20 años, ya eran importantes, junto a los jóvenes Miguelito López Abril y Juan De La Cruz, más Manolo Flores, Víctor Escorial y Miguel Ángel Estrada como únicos veteranos. El nacionalizado Norman Carmichael regresó a Estados Unidos, tras comprobar que Kucharski no contaba con él, al igual que se buscaron equipo tanto Goyo Estrada como Herminio San Epifanio. El extranjero, un año más, sería el pívot Bob Guyette, todo un símbolo ya en el club. 

El enorme talento que atesoraban, aunque parcos aún en batallas y veteranía, daba cierto optimismo y garantías entre los blaugranas para encarar al Real Madrid que, por cierto, había sufrido el impacto del fallecimiento de Don Santiago Bernabéu 48 horas antes, con lo que se guardó un minuto de silencio. En una de las mejores finales de la historia, los atractivos se presentaron bien pronto. Manolo Flores defendió con mucha efectividad a Wayne Brabender, como para lograr que no anotase por primera vez hasta el minuto 13 de encuentro (aunque al final, como era habitual, se convirtiese en el máximo encestador en los suyos, con 28 puntos), mientras que era Bob Guyette un martillo pilón en la zona para los blancos, con 33 puntos, con un excelso 13 de 18 en tiros de campo. 

Sin embargo, el jugador que cautivó, quien evidenciaba muy a las claras el dibujo que trazaba el futuro del baloncesto del Barça hacia su camino de éxito, era el hombre de la fotografía que ilustra este reportaje, Chicho Sibilio. Los 28 puntos del dominicano, que por entonces jugaba como ala-pívot, irradiaban clase, velocidad en sus acciones y una muñeca certera que acompañaba a la elegancia del resto del cuerpo en sus gestos. Era la personificación de un paso evolutivo más en nuestro deporte. John Coughram nunca pudo detener su polivalencia, su habilidad jugando alejado del aro y queriendo contestarle, al menos en ataque, no tuvo el día (22 puntos anotados, sí, pero un escaso 8 de 21 en tiros). Entre eso y que Rafa Rullán se dedicó más a suspensiones exteriores, con un día horrible (4 de 15), podemos explicar que el porcentaje madridista estuviese lastrado (36 de 82 en tiros, un 43,9%), mientras que en el de los azulgranas (40 de 61, un 65,6%) estuvo la explicación a su éxito.

El F.C. Barcelona venció por 103-96 y con sus colores, empezó la fiesta de celebración en pista (con pantalones blancos como pueden apreciar en la foto, indumentaria de aquellos años, por cierto). Los rectores de la sección de baloncesto, muy hábiles, “obligaron” a las máximas autoridades de su club -en su primer acto oficial como nuevos mandatarios-, los mencionados Núñez y Mussons, a bajar del palco hasta la pista y ser partícipes de la fiesta, a modo de un anticipo al “este es el futuro brillante que nos espera”. El Real Madrid ya no era tan inabordable para ellos. Aquella matinal de domingo fue un punto de inflexión en la historia de nuestro baloncesto que, para que se hagan una idea, el encuentro ni fue televisado. Este fue el inicio de un periplo exitosísimo en los barcelonistas, pues fueron capaces de encadenar 6 títulos de Copa consecutivos, algo nunca más repetido en la historia del club, hasta 1983, incluyendo tres finales ganadas a los blancos. 

Tal muestra de fuerza, sobre todo con la juventud reinante, convenció a la directiva para virar en sus miras sobre nuestro deporte y apostar claramente por él. La apuesta fue clara. Primero, Antoni Serra en el banquillo y posteriormente, Aíto García Reneses, manejando grandes plantillas a base de refuerzos. De hecho, la paradoja de aquellos tiempos era que cuando el fútbol flaqueaba, tanto en las ligas de los clubs vascos, como la posterior racha de “la quinta del Buitre”, era el baloncesto quien más alegrías ofrecía, tanto al aficionado azulgrana como a su directiva. Miramientos con menos celo cuando Cruyff como entrenador, llenaba las vitrinas futboleras. Aquella Copa del Rey de 1978 fue el aldabonazo y la apuesta para que hoy, en el Palau Blaugrana, se pasara de negros nubarrones a un radiante azulgrana.

Cápsulas Coperas (I): El show de Rickie Winslow

Cápsulas Coperas (II): El asalto de Pau Gasol

Cápsulas Coepras (III): Real Madrid, dueño y señor en Badalona

Cápsulas Coperas (IV): Cáceres y el viaje más alucinante hacia una final

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