De esta semana en Liga Endesa mantenemos el entusiasmo por el crecimiento de los jóvenes en Girona, la expectación del traspaso de Shannon Evans a Valencia y la reválida que tiene por delante Jean Montero en Sevilla que, al menos por nuestra parte, nos atrae una enorme curiosidad sobre su rendimiento tras su paso por Overtime Elite. Sin embargo, una incursión en redes sociales en los últimos días nos ha dado en reflexionar sobre diferentes focos, como radiografía y ejemplo de los complejos tiempos (por la celeridad de todo) con los que toca “coexistir”.
Las rotundas declaraciones del jugador de Minnesota Timberwolves, Austin Rivers, sobre una cultura que nos invade y sus repercusiones, no han dejado indiferencia dentro del mundillo. “Muchas cosas se están olvidando en el baloncesto de ahora y no se están apreciando. Todo son highlights sobre highlights sobre highlights. Y los chavales solo ven highlights. Ellos no ven baloncesto en realidad”.
Y acabando sus comentarios, lo que es peor, con tales déficits, los más talentosos se presentan en la NBA. Redunda en que en sus tiempos de high school -ojo, no más de 12 años atrás-, tener un mixtape de las mayores plataformas estadounidenses sobre jóvenes talentos, era el reconocimiento a formar parte de una élite. El mundo corre a la misma velocidad que las redes sociales, no hay duda y que hoy en día, afirma Rivers, hay padres rendidos -o convencidos- en pagar por ver a sus hijos ser “merecedores” de tales compactados con sus jugadas en youtube.

Es lógico que los chavales más jóvenes intenten emular en las acciones que sus ídolos realizan. Si hubo un tiempo en el que buscábamos imitar los mates de Spud Webb echándole fantasía al asunto (porque juzgábamos a través de fotografías de las revistas, al no tener ni una imagen hasta muchos meses después), hoy son las redes sociales las que copan las tres zancadas contadas de Antetokounmpo para cruzar el campo, los triples sin seguimiento al balón de Stephen Curry o la coreografía imposible en el aire de Ja Morant. Que en muchos casos son eso: imposibles. Sin embargo, todo eso debiera ser el aderezo y el tiempo de ocio de niños y adolescentes que forman parte de equipos, entrenados y organizados.
Estamos en los tiempos de redes sociales en los que, un movimiento con el dedo, les transporta de un vídeo a otro. Y como conlleva tal facilidad, proyecciones de más de un minuto, ya son largas. Una generación se está criando en eso, que no es ni mejor ni peor, sino su rutinaria normalidad. Como normalidad es que -y aquí padres y personas allegadas a estos críos repiten a modo de lamento- no tienen la paciencia de aguantar un partido entero delante del televisor. Más fácil para tal causa es ser testigo desde las gradas del pabellón, sacando jugo a tal privilegio. Y si los actuales entrenadores de formación aseguran que es una mínima parte de sus pupilos quienes son capaces de ver un partido al completo, esperando el consumo de los posteriores highlights en sus diferentes ventanas, es cuando entra la afirmación de Austin Rivers de “no ven baloncesto en realidad”. O sea, la realidad del baloncesto.
Perteneciendo a un equipo, sea de barrio o federado, ahí entra la labor del entrenador. Cierto que los chavales poseen menos poder de concentración por la cantidad incesante de estímulos a su alrededor y que hay que retocar ejercicios sin caer en lo que otrora, significaban un sinfín de repeticiones. Pero con metodología, la obligatoriedad de cara a los chicos es que tengan la oportunidad de aprender todo el espectro del juego, mandato que tiene que partir de los entrenadores.
La evolución del baloncesto lleva, inexorablemente, a probaturas. Diferentes corrientes que se adoptan y que, como todo en la vida, algunas son fructíferas e indican el camino futuro y otras, acaban muriendo. En los últimos años, el incremento del lanzamiento triple (entre otros motivos, porque coexistimos con los mejores tiradores de la historia), lleva implícita una apertura de espacios, que hace más fácil crear caminos hacia la canasta. Puntos desde la línea de tres y en la zona son el dibujo de tiro más que habitual. ¿Quiere decir eso que hay que eliminar otros aspectos -en este caso- ofensivos? Por supuesto que no. De hecho, la lógica dicta que, según la formación del niño, habrá que ir adaptando su aprendizaje en el momento en el que pueda ejecutarlo correctamente al dictado de su evolución física. En cristiano, que habrá que enseñarles antes a meterlas en suspensión desde media distancia que permitirles jugar a base de triples. Que sus infantiles arrebatos preferirán emular a Stephen Curry -que es lo más normal-, pero para eso hay que enseñarles a andar antes que a correr. A descubrirles el FUNDAMENTAL uso del juego de pies en todas sus facetas, que parece que, cuando hablamos de ello, nos lleva al uso de los pies cerca de la canasta. Hablamos de todos los gestos, incluso el de la colocación correcta en una simple subida de balón, con sus cambios de ritmo y dirección, al acierto y colocación en tiros bajo el aro con sus fintas y pivotes, al uso de la tabla, a la facilidad de cualquier tipo de pase, al juego sin balón… Los entrenadores tienen la llave y sobre todo, esa responsabilidad. Y el chaval poco a poco, sin ser muy consciente y venido de manera natural, irá engordando su repertorio de juego.
Cierto es que como espectador y entrenador de formación, sí veo con mucha frecuencia en partidos de esta índole, la reducción y casi anulación de muchos aspectos del juego y, como consecuencia, la instauración de este juego “moderno” que utilizan algunos profesionales para GANAR. Estos, por sus capacidades o confección de plantilla, se identifican con un estilo de juego en el que se puedan permitir rechazar una amplia gama del mismo. Y, en los más casos, dirigido a la formación, es un escenario que veo contraproducente o al menos, pobre. Un catón que se basa en la creación de espacios, la gran mayoría fuera de la línea de tres puntos, más un dominador de balón habilidoso que penetra para crear desajustas y doblar hacia sus compañeros -preferiblemente la esquina- que se jueguen el triple al primer o segundo pase, se repite muy frecuentemente y ni es efectivo (que comprueben porcentajes de tiro) ni, por supuesto, lo vemos didáctico. Repetimos: en formación.
Y es que, más que la efectividad, lo que vemos en según qué circunstancias, es la comodidad. El chaval se evita del engorro de pasar a alguien bajo el aro o en la continuación de un bloqueo, pase más complicado, siendo mucho más cómodo y fácil el pase a la esquina. No pocas veces prefieren el pase de bombeado de “alley-oop” (¿en categorías de formación?) porque es mucho más sencillo que la dificultad que supone la precisión de otra alternativa, como pueda ser un pase picado. Si el jugador con balón decide finalizar él cuando no puede entrar hasta debajo mismo de la canasta, suelta una “bomba” a una pierna desde 3 ó 4 metros del aro (cuyos porcentajes no son buenos), porque llegando en carrera, pararse en un tiempo desde esa distancia y levantarse en suspensión, conlleva más exigencia física. Y también suelen rechazar esta opción comentada y prefieren entrar hasta debajo del aro cuando alguien muy superior en altura le está esperando. Cada vez se ve menos el juego sin balón, sobre todo desde lado débil, cortes a canasta… En definitiva, dejar por el camino recursos que, por desgracia, su falta van empobreciendo el juego.

Los entrenamientos son aprendizaje y sobre todo, descubrimiento. Claro que el chaval está reacio a lo que no ve habitualmente (¿cuántas veces les hemos oído que la media distancia está anticuada?), pero a la disciplina de cumplir con un horario, con un compromiso, está el de intentar aprender cosas nuevas. Y como asumimos que la motivación no es la misma ante una novedad que ante la imitación del gesto de alguno de sus ídolos, pues eso: HAGÁMOSLO.
Me encantaría ver highlights de “otras cosas” al margen de las acciones habituales que se dejan ver en las pistas NBA, el mayor foco de atenciones cestista, sin duda. Ja Morant es un auténtico maestro de la suspensión a media distancia y nos enseña que, dominado, eso de que sea el tiro con menos porcentaje, es una solemne tontería. Para él, con su potencia y su capacidad creativa -de amenazar pase en cualquier momento-, es fácil levantarse tras aprovechar un bloqueo a 4-5 metros. Lo que hace DeMar DeRozan (una versión de Nikos Gallis perfeccionada con 30 años de distancia) es impresionante, también desde la media distancia, incluso jugando de espaldas a los defensores. Y pocas veces vemos eso en redes sociales. El pie atrás de Nikola Jokic, que usará para pivotar, es increíble. De sus pases se llenan las redes sociales, pero el ejercicio previo de tener una posición ganada y no ceder ni un centímetro, fijando su pie de pivote y jugando con el cuerpo para inutilizar al defensor y poder recibir… Cómo levanta la cabeza tras un rebote defensivo para un posible contragolpe… es un regalo para este deporte, está claro.
Es verdad que solamente pueden colgar estos clips de vídeo en redes quienes tienen derechos para ello. Si lo que funciona es la cultura del highlight, será cuestión de pedir que se amplíe el espectro del highlight. Y si no, pues toca aprender a manejarse con modestos programas de edición y crear esos clips de forma doméstica y mostrar a los jugadores que todo lo que se les quiere enseñar sobre una pista no viene por ciencia infusa, sino que sus propios ídolos también lo ejecutan. Así se puede compensar y “combatir” el temor de Rivers, del “la cultura del baloncesto ha asesinado al juego del baloncesto”. Claro, que tengo un buen amigo que me recuerda que algunos de los entrenadores formativos de los más peques, con edades que ni llegan a la veintena, “ya se han criado sobre esta cultura del highlight”. Buena reflexión a la que habrá que poner medios. Ese mismo amigo que cuando el mítico José Antonio Figueroa en Bilbao instruía a críos, sus principios básicos eran un desconocido mundo para muchos de ellos (que esa es otra. ¿No sería prioritario sacar partido a todas estas leyendas de los banquillos y extraer parte de lo que han dado a futuros formadores?).
Nos encantó la rueda de prensa de Pablo Pin el pasado domingo tras su encuentro ante el Real Madrid, que ha corrido en redes sociales como la pólvora, por su romántica riqueza en el mensaje. “Cualquiera que empieza a jugar es porque le gusta, porque te diviertes, ¿no? Y esa visión no se debe perder nunca (…) Hay que volver un poco a la pista de barrio, a la cancha del cole. Las horas que se echan fuera del baloncesto organizado. Mi consejo a los niños es que insistan en eso, por encima de móviles, vámonos con los amigos a la pista. Y si no consigues llegar, no pasa nada, te lo has pasado muy bien por el camino, que es lo importante”. Y este es el maravilloso escape. Que los chicos y chicas sean capaces de vivir el baloncesto en algo más que los entrenamientos y la obligatoriedad de un horario y unos ejercicios porque, al final, efectivamente, asociarán al baloncesto con la obligación y no es la idea. Que disfruten y encuentren el ocio en la libertad de una pista, con los amigos y que todo lo “inentrenable” que son los highlights que tanto adoran, que los imiten ahí, que prueben. Y la inercia les llevará también a dar oportunidades lo entrenado y se darán cuenta lo bien asimilado que tienen todas esas novedades.

Y para terminar, tocar como tercer palo otro vídeo que se hizo muy viral, sobre las celebraciones y los arrebatos chulescos de niños -dicen que de tercer grado de primaria, con 8 años-, en ocasiones amenazantes, en ocasiones con ritos de celebración rozando lo exagerado, que es la misma que ven en los banquillos NBA -que en ocasiones parecen guarderías-. Bueno, el gesto del arquero lanzando una flecha tras un triple, de mostrar musculatura tras una canasta, de hacer el símil al rival que es un enano a su lado… Algunas de estas actitudes son exacerbadas, pero sin maldad ni menosprecio. Otras, claramente sí. Y me pregunto cómo se les enseñará a esos niños a gestionar los malos momentos y las derrotas, cuando los “pequeños” sean ellos. La psicología también cuenta y mucho. Y los principios básicos de respeto, también. Al igual que sí podemos responsabilizar a los entrenadores de base de cierta pobreza en el juego, sí que hemos de decir que, en muy pocas ocasiones lo que vemos en nuestro país son conductas antideportivas en pista. Otra cosa es no intentar mirar lo que sucede en la grada, que a veces parecen dos mundos diferentes.
















