Fue como un sueño. O quizás el sueño fueron los meses precedentes, hasta que fue real. Con sus glorias y sinsabores, que de todo hubo. El Mundobasket España’86 fue el mayor evento baloncestístico que habíamos vivido hasta ese momento. Una especia de reválida a la pintoresca decepción por el Mundial de fútbol de 4 años atrás. Claro, que España intentaba avanzar a pasos agigantados y 1986 no era 1982. Y por eso, la cita tuvo una difusión muy especial en todas y cada una de sus siete sedes.
Seis ayuntamientos y un club, que se alistó llevando de la mano a los gobernantes locales (como gustan aclarar entre los locos directivos del OAR Ferrol en 1986), volcaron ilusiones y expectativas, pensando en grande porque eran tiempos en los que el país entero, cuando se trataba de baloncesto, pensaba en grande. Porque era una España joven, ávida en progresar, mejorar y divertirse. Se intentaron olvidar las diatribas y los trastos a la cabeza entre los antiguos organizadores de este evento y la nueva cúpula en la Federación Española, que tiempo tuvieron para polemizar. Y se comenzó a rodar.

Nuestro deporte era una gran diversión y un “pelotazo” absoluto en nuestra sociedad tras la plata de Los Angeles. Bastaba con sintonizar la 2 de TVE durante los fines de semana y se era consciente de ello. Vayan al kiosco por el periódico y pongan si vista a la derecha, la cantidad de revistas de baloncesto que llenaban un espacio. Fue el año del nacimiento de GIGANTES del Basket y su “hermano” mensual Superbasket; de la más que consagrada Nuevo Basket y su ejército de lectores, con un casi-libro con lomo que pasaba por ser la Guía Oficial del Mundial, los fascículos de “Mi baloncesto”, repasando el trayecto y gloria de Antonio Díaz Miguel, nuestro seleccionador, tras 20 años en el cargo. Las ciudades galardonadas con sede mostraban su póster promocional por las calles y una de las entidades bancarias más afamadas de la época, forraban sus escaparates publicitarios con un póster de los componentes de nuestro Equipo Nacional por todos los rincones del país. Los cuatro goles de Emilio Butragueño a Dinamarca nos animaron a todos y nos dejaron en puertas del éxito. El mismo que esperábamos en la siguiente cita, el turno de Díaz Miguel y sus muchachos, todo un icono de popularidad.

La selección de Estados Unidos llegó a la amable Málaga, con no sé cuántas medidas de seguridad, que imposibilitaban ver con antelación a un chico que se habían traído que decían medía 1,59 de estatura. Arvydas Sabonis se quejaba en silencio de su tendón de Aquiles mientras jugaban amistosos por nuestro territorio; Kresimir Cosic intentaba evitar el desastre de su selección yugoslava un año antes, recuperando al gran veterano Drazen Dalipagic para poner orden (y bien que lo agradecimos), Panamá aterrizó en la noche previa al debut (los últimos en llegar. Así les fue), Puerto Rico dejó en casa por lesión de última hora, un pívot que decían ser de traca, un chaval llamado “Piculín” Ortiz y cierta marca de automóviles, regalaría un utilitario al primer jugador que, en partido, fuese capaz de anotar una canasta desde su propia pista. Todo estaba listo.
¿Y España? Pues la Selección Española tuvo fechas para prepararse a conciencia, en Madrid y Barcelona, para viajar a New York frente a combinados que nuestro querido amigo Lou Carnesecca organizó en la “Gran Manzana” en partidos amistosos. Con Fernando Martín sin anunciar aún lo que ya tenía claro: que tras el torneo, formaría parte de la NBA. Con el “a ver si los bases dan la talla”, queriendo no echar de menos a Juan Corbalán y con un segundo año de digerir aquella estrategia táctica en el Equipo Nacional de Díaz Miguel, con defensa presionante y agresiva durante los 40 minutos, a costa de hacer rotaciones permanentes, algo que los jugadores -estrellas en sus equipos- y sobre todo los medios, seguían mirando con recelo.

Del 5 al 20 de julio 24 selecciones en liza (torneo que solía ser de 12 ó 16 selecciones), lo que daba pie a ver más exotismo del habitual, todo estaba para el pistoletazo de salida. Las jotas aragonesas guiando los cánticos del tenor Alfredo Kraus en la inauguración de Zaragoza, dieron paso a la declaración de inicio de este Mundobasket, con el mensaje del secretario general de la FIBA, Boris Stankovic, en francés, ante la pitada general en las gradas de disconformidad, que no entendían nada. Algo parecía torcerse en la capital maña.

