Nos quedamos todos inertes y con el nudo en la garganta. Cuando Luis Scola fue sustituido con el partido decidido y casi finalizado, los presentes en el Saitama Arena, de forma espontánea, aplaudieron a rabiar. Y entre los presentes incluimos los de pista, incluido rivales. Sobre todo, rivales. Que el quinteto de la selección australiana se rindiese ante la grandeza del pívot argentino en su último encuentro como jugador de baloncesto, daba para ovacionar durante más de un minuto. El árbitro español Antonio Conde, sosteniendo el balón, no movía un músculo, esperando a que se cumpliese el improvisado homenaje sin prisas, con la solemnidad que pedía el momento, hasta cuando los jugadores lo viesen oportuno. De verdad, más de un minuto.

Scola, sentado en el banquillo, derrotado, comenzaba a tomar el resuello tras el esfuerzo, mientras que poco a poco era consciente de lo que significaba la representación a su alrededor. Sus compañeros llevaban ya unos segundos llorando. Hasta su entrenador, Sergio “el oveja” Hernández tenía ya los ojos acuosos. Gabi Deck, a un par de palmos del protagonista del momento, no es tan de piedra como pensábamos y no le importó mostrarlo. Y pasados unos segundos, “Luisfa” se dejó llevar y no evitó que cayeran por su rostro sus lágrimas de adiós. El jugador que en 1999 ya jugaba con la selección absoluta, mientras Pau, Raül y Juanqui se proclamaban campeones del mundo junior, llegó a tener vértigo de todo lo que había logrado.
Fue, además, una mañana de lloros colectivos entre los aficionados españoles viendo la despedida de Pau y Marc Gasol de la Selección Española. Y del primero, posiblemente, la retirada definitiva. Las redes sociales se convirtieron en un lampadorio que sostenía las velas en forma de post de cada uno de los aficionados, de artículos en cada uno de los cronistas, que habían sido testigos de los versículos escritos por la leyenda de ambos hermanos en su camino con nuestro Equipo Nacional. Entre todos iluminamos con lágrimas el adiós ante la alargada estampa del jugador más emblemático en la historia de nuestro baloncesto. Veinte y quince años, respectivamente, en ambos hermanos, tomándonos un momento para recapitular nuestros recuerdos con la piel bien fina, pulsando en el teclado una frase con la misma finura, porque simple y llanamente es lo que sentimos. Un adiós que nos dolerá mucho, del que costará acostumbrarse.

Esta madrugada, la jugadora Sonja Vasic, todo un icono en la historia de la selección serbia bajo su nombre original de Sonja Petrovic, lloraba durante la interpretación del himno de su país, como preámbulo a su choque de cuartos de final ante China, tras anunciar que se retirará de la práctica del baloncesto con la conclusión de estos Juegos Olímpicos. Y viviendo este rito, sentía la emoción de una despedida que aún no se ha producido. Un adiós que se posterga, de momento, hasta las lágrimas durante el próximo himno, en semifinales. Es curioso hasta qué extremo se valora toda esta liturgia y se es consciente de ello, degustándolo hasta el hecho de llorar antes de un encuentro por todo lo presente, por todo lo vivido. Ser consciente del adiós antes del adiós.

Lágrimas derramadas en el momento de las despedidas, siempre tuvieron una proporción de belleza en contraste con el dolor del momento, del reconocimiento con el tremendo vacío que deja su adiós. Sin embargo, también tuvimos ocasión de ver las lágrimas más amargas de este torneo olímpico, con la paradoja que fueron de una bienvenida, de un “hola” al mundo. Yueru Li es una pívot china de 22 años y nada menos que dos metros de estatura. Su maestría sobre la pista y su conocimiento del juego, nos ha embaucado a todos los aficionados en un evento de esta categoría, sobre todo a quienes no la conocíamos. Ha sido una de las jugadoras más determinantes de la competición. Tras la finalización del primer encuentro de cuartos de final disputado esta madrugada y la derrota de su combinado ante las serbias, Yueru Li era alguien inconsolable. En un encuentro igualadísimo, increíblemente su entrenador, Xu Limin, tuvo a bien pensar que no necesitaba de su jugadora casi en la totalidad del último cuarto, cuando se jugaban el ser o no ser semifinalistas. Y como meros espectadores, éramos perfectamente conscientes que los males de su equipo pasaban claramente por la ausencia de su estrella. Con el mazazo de una derrota final, Li lloró amargamente sobre el hombro de una compañera. Tenía que expulsar toda la frustración por haberla prohibido ayudar a sus compañeras a ganar un encuentro que, en su actual juventud, pasaba por ser el partido más importante de su vida. Por una decisión técnica.

Eran las lágrimas y la búsqueda del consuelo de una joven que decía “hola” al mundo en el Saitama Arena, que se había presentado como “next real thing”, una maravilla que aterriza en este nuestro planeta de la pelota y el cesto para que seamos trovadores de sus futuras gestas. Que nos preparemos, que vamos a disfrutar, aunque de momento la lección aprendida de esta matinal haga rugir el motor de sus futuras motivaciones, que habrá otros Juegos Olímpicos, otras grandes citas y tendrá grabado de esta mañana, ese inconsolable lamento. Lágrimas de futura esperanza y nostalgia, de hola y adiós. Lo que brinda esta maravilla que son los Juegos Olímpicos.

