La selección femenina de Estados Unidos volvió a proclamarse medalla de oro en unos Juegos Olímpicos, otra vez y de manera ininterrumpida desde su tropezón en las semifinales de Barcelona’92. Ya son 7 ediciones consecutivas desde Atlanta’96 sin dar opción al resto, siendo de un mandato férreo, sin posibilidad de alternancia ni la mera idea rondando en ningún rival que pretendiese ser alternativa. Ante las más que sorprendentes japonesas, impusieron su juego en la zona y su circulación de balón para vencer 90-75 en esta última edición.
Una alegoría a la zona, ese acogedor apartamento donde las jugadoras interiores de Dawn Staley han jerarquizado su ya consabida hegemonía en cada uno de los partidos del campeonato. Para ello convocaba al cuarteto de pívots más dominantes de la historia de los Juegos. Tanto Brittney Griner y A’ja Wilson desde el quinteto titular, como Tina Charles y Sylvia Fowles, eran cuatro portaviones donde aterrizarían todos los balones rechazados del aro como los pases interiores de sus compañeras. Han sido un martillo pilón intratable e imposible dar respuesta para otros combinados.

En la final, Brittney Griner aplastó con 30 puntos, mientras que A’ja Wilson logró 19. Por si fuera poco, Breanna Stewart, jugando más cercana al aro de lo habitual por necesidades del guion, a sus 14 puntos, sumó otros 14 rebotes en esa maravilla artística que supone cada uno de sus movimientos en pista. Fue la manera de no dar opción alguna a la sorprendente selección nipona, que se van encantadas, eso sí, con su medalla de plata.
Y resulta que las pívots yanquis, ante Japón, dominaban. Y las francesas, con parecida estatura y condiciones físicas, se vieron desbordadas. Punto uno y diferencial: la circulación de balón. Las americanas lo movieron con rapidez para no ha lugar al dos contra uno de las rivales. Ese importante matiz. Añadan que en el alma de jugadora interior que tenían cada una de las pupilas de Dawn Staley, florece y ejecutan un trabajo previo de ganar la posición para recibir y tener más de media tarea hecha hasta la canasta en el momento de recepcionar el balón, que nunca entendieron las galas. Estas pretendían recibir e iniciar su trabajo de poste bajo, dando todo el tiempo del mundo a que el avispero de defensoras japonesas – recordemos, en dos partidos-, se remolinasen a su alrededor para verlas obligadas a sacar el balón. Hasta tal extremo llegó su desesperación que, en el encuentro de semifinales, la solución táctica era salir para lanzar suspensiones a media distancia. Las pívots, que sacaban dos palmos a sus rivales, en busca de las suspensiones. Entre las estadounidenses no cabía ese concepto. Ellas, más corpulentas, ganaban una posición, la mantenían (tampoco era muy complicado ante pívots rivales que no llegaban al 1,85 de estatura) y fijando el lugar, esperaban el pase. Porque esa era otra gran virtud: siempre les llegaba el pase. Preciso y medido. Bueno, a Brittney Griner no le era necesario y no le importaba que le defendiesen por detrás. Recibía, bote, pivote y a tirar. Ese lo habrá repetido miles de veces para mostrar tanta precisión en ello.

Y así ha sido el catón para que las chicas USA se hayan coronado de nuevo campeonas olímpicas, para honor y gloria de sus dos veteranazas, Sue Bird y Diana Taurasi (40 y 39 años respectivamente). Ambas llevaban en sus deseos la quinta medalla de oro y ambas llevaron en la maleta a la conclusión del mismo, su quinta medalla obtenida. Porque para este juego preciosista de circulación rápida y pase certero a sus pívots, o cuando había que descongestionar y tocaba tirar desde fuera, ellas se pintaban solas. Tienen la calidad para ello. Calidad que no conoce de edad, obviamente.
Recuerdo con mucho cariño y bastante nitidez de mis primeros meses en Canal+, aquellas cintas que nos venían por correo aéreo (otros tiempos claramente) en el que, en puertas de los Juegos Olímpicos de Atlanta’96, recibíamos muchos spots y reportajes de las selecciones USA de cara a la cita olímpica. Y gran parte de ello, era sobre el equipo femenino. Una promoción casi exagerada. Dentro de mi juventud y de mis primeros pasos audiovisuales, pudiera entender que eso solía ser así. Añadan, que la afrenta de Barcelona’92, con jugadoras míticas como Teresa Edwards, Teresa Weatherspoon, la “valenciana” Katrina McClain o Cynthia Cooper, perdiendo en semifinales frente a las ex soviéticas del “Equipo Unificado” escocía, buscando la venganza en casa. En aquella promoción aparecían Sheryll Swoopes, Lisa Leslie, la actual entrenadora USA, Dawn Staley, Ruthie Bolton-Holyfield o las impactantes jovenzuelas Rebecca Lobo o Nikki McCray. Ya les digo, era una enorme promoción que me sorprendía. Posteriormente lo entendí, no solamente por dar crédito previo al 8-0 en los Juegos en el estado de Georgia, sino que meses más tarde invadirían el panorama baloncestístico con un lema “We got next” (“Vamos a continuación”) bajo las siglas WNBA. La NBA femenina nacía en la primavera del 97 y pretendían que fuese el enésimo intento, esta vez exitoso, de crear una liga femenina en USA.

Desde entonces, Estados Unidos ha entendido que la forma de ganar y forjar a las componentes en sus diferentes selecciones olímpicas, era el darles continuidad, algo que Mike Krzyzewski copió para su selección masculina con posterioridad y la manera de jugar de las selecciones USA de hombres hasta ese momento con los cimientos de siempre -sobre todo en combinados universitarios-, más alejados en el tiempo si cabe, por la actual tendencia del juego perimetral y el lanzamiento triple. Tanto Neil Fortner como Van Chancellor, Ann Donovan, Geno Auriemma y ahora Dawn Staley junto a sus respectivos cuerpos técnicos, han impuesto el dominio del juego interior. Las “centers” y su apabullante reinado era la clave en casi todos los casos del éxito de barras y estrellas en los Juegos Olímpicos. Y miren que llegó respondona aquel prodigio de movilidad de casi 2 metros, la australiana Lauren Jackson, para competir conta tales rivales. Sobre ellas, sobre tal núcleo, se rodeaba con excelsas tiradoras, grandes y privilegiadas cabezas pensantes que se han ido manteniendo (en el caso de Diana Taurasi y Sue Bird es literal: cinco convocatorias olímpicas) y con la responsabilidad de trabajar en buenas defensas. Defensa, rebote, contragolpe y en estático, dominio interior, son las páginas que siguen repasando y aplicando. Con éxito.
Estados Unidos ha vuelto a dar una excelente imagen. Sin dudas y sin concesiones, como desde aquellos días, hace 25 años, del “we got next”. Quizás el lema también serviría para posar sus valores y sus éxitos como en otro tiempo hizo la Unión Soviética femenina, con la esperanza que su reinado perdure por mucho tiempo más. Con el espectáculo que dan, a nosotros no nos importaría.

