Sergio Rodríguez dice adiós a la Selección Española. El muchacho, aquel muchacho que en el verano de 2004 en Zaragoza mostró al mundo lo que Quique Peinado nos reiteraba una y otra vez a los enviados especiales. Un Campeonato de Europa sub-18 dominado por un chico de pies enormes para ser un base, con unos brazos espigados e interminables, que cuando se arrancaba a correr hacía… lo que los rivales pensaban que no se podía hacer y daba pie a cosas mágicas. Y con la medalla de oro colgada en el pecho en el Eurobasket junior, con su agilidad mental, nos acompañó en la conclusión que, lo que le faltaba a la Selección absoluta para llegar al oro, que se nos fue ese mismo verano en los Juegos a golpe de canastas de Stephon Marbury, era él. Y razón debía tener.
En el momento de la verdad, cuando todas las respuestas estaban en la mesa y se necesitaba algo más, “El Chacho” apareció en escena en Saitama, para revolucionar el partido de semifinales ante Argentina y tener la posibilidad de ganarlo. Y sí, al día siguiente llegó la medalla de oro del Mundial y Sergio la logró con tan solo 20 años.
Comentaba el protagonista, en un mensaje de despedida, que había sido un viaje fantástico. Dieciséis años de aquella primera vez con la absoluta, diecisiete en total desde su primera irrupción. Que ya en Mannheim (siempre Mannheim) nos decían que este chaval con el que logramos las semifinales del torneo, era otra cosa. Que era especial.

Un cuerpo de largas extremidades diseñado para el baloncesto. Pero sobre todo la realidad -más que una sensación- que, en sus manos, el balón tenía vida propia. Podía salir propulsado vaya usted a saber: a la esquina, la otra punta del campo, botado entre las piernas de un rival o paseándose por encima del hombro, reverenciando al mago, en dirección contraria al aro, porque desde atrás venía un compañero compartiendo generosidad con el espectáculo. Esa excitación por dar la bienvenida a lo impensable es lo que nos mantenía en el asiento inertes. Y en la Selección Española, “El Chacho” ha tenido la gran suerte de ser entendido y reconocido por todos sus compañeros, inteligentes en este juego como para ganar, como para deleitarse. Convertir el baloncesto más profesionalizado en un juego de niños. Ese, quizás, haya sido su mejor legado.
Y tal fantasía no tiene por qué tapar que Sergio Rodríguez ha sido uno de los mejores tiradores exteriores que hemos tenido en el Equipo Nacional en los últimos años y que, cuando veía un bloqueo en su cercanía, era tal el mundo de posibilidades que se abría, que nos embriagaba. Y a los adversarios también.

En Endesa Basket Lover nos encantaba ver su convencimiento -se le veía en la mirada- que los estadounidenses iban a perder la final olímpica de Londres 2012. Y para el recuerdo nos quedamos que pareció por momentos. Y acumuló el oro de Saitama y el de Francia, la plata de Madrid y Londres y el bronce de Ljubljana, Río y Estambul. Sin duda, un viaje fantástico. Y más que para él, para nosotros como aficionados, que disfrutamos de alguien distinto y muy especial. De cuando un balón adquiere vida propia en sus manos, de cuando el baloncesto adquiere la parte más infantil, más inocente y más bella. Gracias por tanto, Sergio.

