La NCAA es la competición más auténtica, única. En ella, la historia está más presente que nunca. Su March Madness siempre recupera todos los retazos históricos de su magnificencia. Cada año los pulen y los exponen. Puede que no haya otra competición de baloncesto donde se hayan publicado tantos libros como ella, auténticos álbumes enormes de fotografías ilustrando su larguísimo recorrido. Piensen que, desde que James Naismith colgara el cesto de melocotones en una barandilla de su gimnasio a diez pies de altura, solo transcurrieron un puñado de meses para se dieran los primeros partidos de baloncesto entre universidades, adelantando en unas cuantas décadas a cualquier otra competición del mundo. Ahora hagan la siguiente reflexión: ¿en qué competición se puede dar el hecho que el nuevo campeón, Michigan, lo fuese por última vez en 1989? La misma semana en la que esa Final Four dictaminó a los Wolverines como campeones, también se disputó la Final Four de la Copa de Europa, donde la Jugoplastika Split lo conquistó por primera vez. Imaginen dónde nos tenemos que ubicar. Pues el español Aday Mara, forma parte de esta inenarrable historia.

Pívot titular con la universidad de Michigan a lo largo de todo el curso, su importancia ha sido decisiva para la consecución de este título. Sus 26 puntos y 9 rebotes en la semifinal ante Arizona, mostraban a su entrenador, Dusty May, que este año sí podía ser el año de conquista del título. Un tipo que logró llevar a su pequeña universidad, Florida Atlantic, a la Final Four en 2023, ahora sí que tenía suficientes argumentos y baloncesto en la cabeza como para lograr el cetro de campeón. Aday Mara es parte de ese engranaje, de sus piezas más valiosas para llegar a ser campeón.
Cierto es que los aficionados españoles difícilmente asumimos el que pudiera darse esta situación de ver a un español en la cima de este mundo NCAA tras el despiadado Big Dance. Hemos llegado a tener representantes en equipos potentes, incluso aspirantes a campeones, en los quintetos titulares. Que Ricardo Peral fuese el lugarteniente interior de Tim Duncan en 1996 con Wake Forest cuando se quedaron a un paso de la Final Four, no era poca cosa. O que Iker Iturbe fuese el rocoso alero titular en 1997 de los “Slab Five” de Clemson (“los cinco del cemento” o algo así, buscando antagonismo a los “Fabulous Five” de Michigan), que llegaron al Sweet Sixteen y solo claudicaron tras dos prórrogas ante Minnesota de Bobby Jackson, parecían ser el máximo a lo que podíamos aspirar. Bien, nuevos tiempos, nuevas legislaciones y tras la riada de españoles a esta competición, nos hacía destacar sobre todo a un jugador, Aday Mara, que tras dos años de ostracismo en UCLA (¿nadie en Los Angeles se va a plantear tirar de las orejas a Mick Cronin, que tuvo nuestro protagonista al final del banquillo, tras mostrar al mundo de lo que es capaz?), pareció caer en el sitio perfecto para él, con los compañeros haciendo una más que sólida piña y, sobre todo, con el entrenador adecuado (que no es Cronin el único que parecía no saber qué hacer con doscientos veintitantos centímetros de gran jugador de baloncesto).

Ya hemos recordado en alguna ocasión en Endesa Basket Lover que, la primera vez que presenciamos a Aday Mara fue en el Campeonato de España cadete de 2021, donde en la gaditana población de San Fernando, con Casademont Zaragoza, dominó a los pívots del Real Madrid en cuartos de final, el francés Alexandre Sarr (futuro número 2 del draft por Washington Wizards) e Izan Almansa, hasta que las fuerzas le acompañaron. Que el físico del chico ha ido en permanente progresión y, aún por aquel entonces, no tenía el fondo que dispone ahora. Siendo un crío, era asombroso cuán resolutivo era cercano al aro, manejando ambas manos en sus tiros cortos y cómo era capaz de tener la calma y la sapiencia de buscar pase entre el avispero que suponía el poste bajo para él. Porque su visión de juego y capacidad de pase, también desde poste alto, eran únicos en aquel momento. Todo ello se ha ido acrecentando con los años. Dusty May ha ido puliendo un excelente taponador, dominador defensivo en la zona que, con mucha inteligencia, ha ido sorteando a todos sus adversarios. Sus 26 puntos ante Arizona, con el juego interior más sólido de todo el baloncesto universitario, son una clara marca de su evolución en ataque, lidiando defensivamente con el lituano Motiejus Krivas y Koa Peat (representante del equipo USA que ganó a España en la final malagueña del Mundial sub17 en el verano de 2022. Definitivamente, la venganza se sirve en plato frío).
Y llegamos a la final, donde estadísticamente brilló menos (8 puntos), pero se hizo notar en otra batalla que había que lidiar de manera diferente. Enfrentarse a Tarris Reed Jr., el pívot más fuerte e intenso de todo el baloncesto universitario (una réplica bastante exacta de aquel Earl Williams que se saltó las gradas de la Ciudad Deportiva del Real Madrid), potente cuando se arranca a canasta, con muy buenos pivotes y ‘touch’ muy acertado en tiros cerca del aro, había que gestionarlo de otra forma. Obviamente, el zaragozano no podía ir al choque contra él, pues siempre saldría perdiendo. Sin embargo, cediendo espacio y utilizando su tremenda envergadura para intimidar, sí llegó a ser muy importante. Y mientras, el lesionado Yaxel Lendeborg haciendo su papel en los últimos minutos, como Morez Johnson en los primeros, tener compañeros que sean agresivos atacando el aro y una dureza mental como para tener la fe en las propias posibilidades como para, en una jugada donde a punto estuvieron de perder el balón, el escolta novato Trey McKenney, dar dos pasos atrás y atreverse de nuevo al intento triple, cuando llevaba 0 de 3 y su equipo la friolera de 1 de 14. Hay que hacer muy buen baloncesto en el resto de facetas como para mantener la delantera en una final (62-56 en ese momento ya en los dos últimos minutos) con ese porcentaje de tiro exterior. Pues anotó y decantó el título para los Wolverines.
Aday Mara es campeón de la NCAA. Los abrazos a sus padres en la grada y la satisfacción junto a sus compañeros, nos mostraban en el inmenso Lucas Oil de Indianapolis, un escenario idílico como para enmarcar este acontecimiento único. La universidad de Michigan tiene historia, donde incluso se valora más años en los que se perdió en la final que cuando se ganó. Indebidos reclutamientos y violar normas NCAA, obligaron a sus estrictos rectores que borrasen de los libros que registran el palmarés, aquellos “Fabulous Five” que en 1992 y 1993 llegaron a la final (con Jalen Rose, Ray Jackson, Jimmy King, Chris Webber y Juwan Howard). Pero aquellos chicos cambiaron el baloncesto y eso sí que no se puede borrar, el legado tras de sí que dejaron de una moda y un estilo de juego. Estos días, el propio Jalen Rose declaró que el mejor equipo que había conocido de Michigan, en un gesto de humildad que le honra, fueron los campeones de 1989, donde uno de los aleros más anotadores y elegantes de la historia NCAA, Glen Rice, lideraba a un puñado de grandes jugadores donde un fortísimo base jamaicano, Rumeal Robinson, con dos tiros libres obligado a anotar, cuando él tan solo contaba con un 50% de aciertos desde la línea, para ganar el título.
Todo ello, forma parte de los libros de historia allí. Historia muy presente, junto a Bill Russell en San Francisco, Oscar Robertson en Cincinnati, el enorme dominio de Lew Alcindor y Bill Walton en UCLA, la suspensión de Michael Jordan o los títulos de Christian Laettner con Duke. Es un mundo juvenil, lleno de colorido que, para el aficionado estadounidense, representa el más profundo sentir deportivo que pueda tener. Su universidad es sagrada y eso se lo llevan a la tumba. Luego, viene todo lo demás. Por eso muestran a cada torneo, su enorme legado, su larga historia. Pues en ella, Aday Mara tiene un hueco. Imaginen si eso es grande.
















