Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte.
Semifinal Eurobasket Barcelona’73: España 80-76 URSS (04.10.73)
Wayne Brabender fue el primer gran referente. Hay una cantidad ingente de aficionados españoles entre treinta y cuarenta años, los que permanecían fascinados por Herreros y Epi, con Arlauckas, Villacampa y Norris, más familiarizados aún con los Shaquille y Kemp al otro lado del Atlántico, que siempre tuvieron la primera gran referencia en la familia. “Mi padre siempre me decía que, para él, el mejor jugador que ha visto jamás, es Wayne Brabender”. Y eso cala en el imaginario infantil, como el mito que nunca viste, que solo supiste de historias y algunas fotografías. Pero lo decía tu padre y eso, iba a misa.

En el Real Madrid de los Cabrera, Luyk, Emiliano y Ramos, tipos algo familiares por ser casi con exclusividad lo que nuestra Televisión exponía en sus pantallas con más bien poca frecuencia (un puñado de partidos de Copa de Europa, alguno de Liga y, cómo no, el entrañable Torneo de Navidad), Wayne era el ídolo, el anotador compulsivo, el tipo que parecía ir a cámara lenta, pero con una muñeca imposible de defender. Apellido que impactaba, fácilmente memorizable por ser el chico de Minnesota que, prendado de la forma de vida española, pensó que tenía más en común con nuestra hospitalidad y unos buenos callos, que con todo lo que dejó atrás, en las estepas del norte de Estados Unidos. A diferencia del otro yanqui nacionalizado, Clifford Luyk, que en la urbe madrileña encontró una identificación desde el primer momento, Brabender era más tranquilo, de espacios más amplios. Y por ello, entre las llanuras manchegas se sentía muy a gusto, en la residencia de su amigo y compañero Vicente Paniagua.
En la pista, era devastador. En nosotros (o nuestros ancestros), esa elegancia de pureza técnica, nos cautivaba. Se alzaba en suspensión como marcando unos tiempos, todo acompasado, casi melodioso. Ralentizado. Y levantaba los brazos muy arriba en un gesto extrañamente natural en él, para dar el golpe de muñeca a cuatro metros o a seis, en un mundo donde aún no existía el lanzamiento de tres, pero sí la excelencia en el tiro. Y él lo tenía. “En los ejercicios de tiro, aquel que levantara el codo del brazo ejecutor más de lo normal, le premiaba con más puntos”, recordaba entre broma y orgullo de una manera de enseñar a los chavales. Porque siempre fue maestro. Enseñando como jugador, posteriormente tras su retirada, como asistente de Antonio Díaz Miguel en la Selección Española. Entrenador ACB, formador en la Federación Española y finalmente, muchos estudiantes fueron afortunados con su aprendizaje en el getafense colegio de Aristos, donde allí pasaba desapercibido. Adolescentes a quienes les cuesta entender que sus abuelos, también tuvieron ídolos. Una leyenda como él.
Brabender entendió la esencia del Real Madrid y del baloncesto español. Que había que correr en ataque, que los bases receptores del primer pase, volaban: Cabrera, Ramos, Corbalán, Llorente… imaginen si volaban. Y había que ser puntal en contragolpe para recibir sus balones y, desde la media distancia, martillear. Porque algún rival pudiera proteger las cercanías del aro, pero jamás llegaban a puntear tiros en suspensión en contragolpes. Y ahí veías a este alero de 1,94 levantarse, donde instantes previos era frenetismo y con él en el aire, todo se detenía. Las obras de arte se perciben con calma, con detenimiento. Se degustan. Cuando el balón entraba por el aro, todo volvía a una normalidad en la que tan solo quedaba aplaudir.
La fotografía que ilustra este RETRATOS DE UNA VIDA es una entrada a un punto concreto, en un momento culmen. 1973 y Barcelona fueron el escenario de muchas cosas, con la celebración de un Eurobasket en nuestras fronteras. Tras años convulsos a nivel federativo en nuestro deporte, el baloncesto se sitúa en el foco por primera vez. Con una clara corriente social que parecía anunciar el fin del régimen dictatorial, la propaganda más valorada a nivel político siempre ha sido el deporte. Y aquí había, casi a modo de encargo, que mostrar a España como un país floreciente y para muestra hacia toda Europa, nuestro Equipo Nacional. Italia se había convertido en potencia del Viejo Continente, Yugoslavia con la mejor generación de su historia y la Unión Soviética con su poderío en todos sus aspectos, eran esos bastiones infranqueables. Y Polonia, nuestra bestia negra, como abanderado de algunos de los países del Telón de Acero que, baloncestísiticamente, eran aún superiores a los occidentales.
Aquel Eurobasket fue una ventana (puede que la primera) al aficionado al deporte con la Selección Española, donde logró en una tarde épica a finales de septiembre, vencer a la Unión Soviética en semifinales, absolutamente desbordados e impotentes entre las incesantes carreras de los españoles. Un rebote ofensivo y posterior canasta de Miguel Ángel Estrada (a una entrada de Brabender) acabó sentenciando (80-76) y, todos los afortunados que contaban con aquel diabólico electrodoméstico en el salón de sus casa, viendo de “la caja tonta” cómo España se clasificaba para la final, entre el éxtasis y descubriendo que nuestro deporte hacía peligrar ritmos cardíacos. No fue flor de un día. Aquello dejó poso. Sus ecos se oyeron unos cuantos más tarde, pero se notaron.
Wayne Brabender sigue siendo uno de los máximos anotadores de la historia del Real Madrid, con 12479 puntos en un promedio de 20,5 puntos a lo largo de 16 años de vida. Un estadounidense que trajo Pedro Ferrándiz cuando buscaba a su pívot, “evidentemente, del armario que me hablaron, este se quedaba en percha. Pero lo vi con talento y me lo traje para el Real Madrid”, que sufrió las penurias iniciales de ser el americano que solo jugaba Copa de Europa “con la tristeza que da entrenar tú solo los fines de semana en la Ciudad Deportiva, cuando todos tus compañeros se han desplazado para su jornada de liga”, que una vez nacionalizado y en sus primeras apariciones con la Selección, se destrozó la rodilla en Mataró, pero que su amor a este deporte lo mostró siempre, casi como hilo conductor a su propia existencia.
Educado, amable, todo un caballero. Hoy día apartado de los focos, Wayne Brabender tiene ese aura de las leyendas antes de antes, de ser el primer referente notorio en nuestro país, el ídolo de generaciones que también los tenían. La firma de un balón de baloncesto, nuestro MAESTRO.
















