VERANO DEL 79: LA IRRUPCIÓN DE UNA GRAN GENERACIÓN (Capítulo 02)

La lesión de Juan Antonio Corbalán en una pierna, acentuaba más la sensación de peligro en el próximo Preeuropeo a celebrar en Atenas primero y Salónica después. Sumen otra baja, la del pívot azulgrana Juan Domingo De La Cruz (que ya debutó en la selección junto a Josep María Margall en el pasado Eurobasket de Oostende’77) y el sentir era el de un funambulista sin red. El mencionado Margall, Wayne Brabender, Manolo Flores, Luis Miguel Santillana y Rafa Rullán eran los únicos 5 supervivientes del último partido internacional con España. Con 20 años recién cumplidos, debutaban José Luis Llorente, Juan Antonio San Epifanio, Fernando Romay, Juanma López Iturriaga. Con 21, el base del Cotonificio, Joaquín Costa; y con 22, Perico Ansa y Juan Fermosel.

Llamémosle la lista de la ilusión. El baloncesto español daba pie a la esperanza. Sí, las dos últimas ligas habían sido para el Real Madrid, pero fallaron en las mismas ediciones de la Copa del Rey, muy llamativo entonces. ¿Frente a quiénes? Pues en 1978, el F.C. Barcelona comenzaba a asomar un sólido proyecto (tras un buen puñado de años sin éxito alguno), liderados por un grupo de jóvenes que irrumpieron con estruendo. Los Solozábal, Epi, De La Cruz, Ansa y un dominicano nacionalizado, Cándido Antonio Sibilio, ya formaban la columna vertebral de un grupo que prometía glorias, aunque puede que ni ellos supusieron que tantas. Zaragoza, sede de aquella final, marcó un antes y un después en la sección de baloncesto del Barça. También fueron campeones en este 1979 que nos ocupa, pero aquí la paradoja fue que el Real Madrid cayó eliminado en semifinales por… su filial, el Tempus Vallehermoso. López Iturriaga y José Manuel Beirán ya formaban parte de la primera plantilla blanca. Pero aquel Tempus fue histórico, acumulando talentos como José Luis Llorente, “Indio” Díaz, Alfonso Del Corral, Fernando Romay y Juan Fermosel. Volvieron locos a “sus mayores” a base de correr en semifinal a ida y vuelta. Ya ven que daban pie a soñar. Nunca hubo una generación con tanto talento tan numerosa. Eso sí, el verano del 79 llegaba “demasiado pronto” para ellos, si hablamos de cargar sobre sus hombros al Equipo Nacional. 

Gancho de Luis Miguel Santillana ante Zharmukhamedov en la histórica victoria ante la URSS

Gancho de Luis Miguel Santillana ante Zharmukhamedov en la histórica victoria ante la URSS
EL INFIERNO GRIEGO

Atenas nos daba la bienvenida con la primera victoria (103-88) ante Alemania, augurando ya por dónde irían los tiros. Rápidos en el juego, fácil en la anotación, los aleros eran quienes destacaron: Brabender, 17 puntos; Epi, 15 puntos, con la sorpresa de Perico Ansa (14) y López Iturriaga (15). Ante la falta de pívots, Díaz Miguel prueba a Itu de ala-pívot (sobre todo de experiencia), aunque acabara jugando de base (valer para un roto como para un descosido según necesidades). El trámite escocés se pasó sin mayor problema (113-68) y lo de Ansa (20 puntos, máximo anotador) ya dejaba de llamar menos la atención. Nos encontramos en la tercera jornada con el rival más fuerte, Polonia. Y aquí decidieron los 28 puntos de López Iturriaga en su mejor encuentro como internacional. No solamente su facilidad anotadora, sino que ayudaba en el rebote y podía defender en muchas posiciones. Esa polivalencia en defensa de todos nuestros componentes, agresividad desde media pista y mucha intensidad, nos valió el triunfo por 94-81 ante los polacos, nuestra bestia negra durante tantos años. Ya estábamos clasificados para la siguiente fase.

Y llegó el día de Rumanía y todo pareció un castillo de naipes. Se les ganó por los pelos (85-83), por detrás en el marcador casi todo el encuentro. Rumanía que hacía muchos años dejó de ser potencia, nos hizo sudar sangre. Se nos vieron “las costuras”: se “llora” la ausencia de Corbalán, pues Llorente y Costa, demasiado acelerados las más veces, no encuentran el temple cuando toca. Pero básicamente, en el rebote nos matan. Que los máximos reboteadores sean Epi (4,8 de promedio) y López Iturriaga (3,9), siendo superiores a Rullán y Santillana, nuestros pívots titulares, dice mucho de las aspiraciones españolas. Grandes anotadores ambos, con un talento ofensivo descomunal, inteligentes bajo los aros y con una “manita de seda” que poco se veía en Europa, contrastaba con su falta de peso y contundencia bajo los aros (3,9 y 2,9 fueron sus promedios reboteadores). El siguiente compromiso, ante Francia, trajo la primera derrota (79-93). Altos, fuertes y con la mágica muñeca del alero Hervé Dibuisson, jugador de rachas que, teniendo el día, era absolutamente imparable (31 puntos). 

Ya en la fase final de Salónica, debutar ganando a Finlandia (99-85) con 30 puntos de Brabender, y lo que era más importante, 23 puntos y 7 rebotes de Luis Miguel Santillana, daban optimismo para aventurarse a ganar a los anfitriones. El pabellón Alexandrio, con 9.000 espectadores (el mítico del Aris Salónica, para entendernos), esperaba. 

Y en el infierno, se desató el mejor juego del equipo, aunque las llamaradas iniciales casi nos queman (14 puntos de desventaja al inicio). La zona funciona, la desventaja de 7 puntos al descanso cambia a tomar el liderazgo en los primeros minutos de la 2ª mitad y se sacrifica incluso a nuestro mayor estilete, Wayne Brabender, para tener mayor contundencia en defensa, porque Santillana nuevamente estuvo magistral (24 puntos y 9 rebotes). Pero lo más alucinante resultó ser la decisión arbitral de pitar falta en los últimos segundos sobre un manotazo a Epi con empate a 88. Con anotar el primero bastaba para un 89-88 final, zanjando así el tropezón ante los franceses y consiguiendo el billete para el Eurobasket italiano. Culminarlo venciendo a Suecia (90-83) y recibir el pasaporte junto a los franceses y los polacos. A Italia. Con los buenos de verdad.

Juan Antonio San Epifanio, uno de nuestros mayores puntales
Juan Antonio San Epifanio, uno de nuestros mayores puntales
EL INICIO Y EL FINAL DE SIENA, DOS MUNDOS MUY DISTINTOS

Fernandito Romay (2,13) y Juan Fermosel (2,07) daban los centímetros que la Selección Española no tenía. Sin embargo, demasiado bisoños, fueron los sacrificados ante las altas de Juanito Corbalán y Juan De La Cruz, que llegaban como caídos del cielo. “Consideré que era necesario” confesaba Antonio Díaz Miguel, “ya que no puedo arriesgar una clasificación para dar el oportuno rodaje a estos jugadores, como se vio el día de Polonia, en el que tuve que sentar rápidamente a Romay, que no podía de los nervios. Por la noche, me dijo que cuando le pasaban el balón, no sabía ni cómo cogerlo. Yo confío mucho en Romay y quiero que continúe trabajando y salir adelante, ya que el baloncesto español lo necesita. Pero no puedo realizar más ensayos en Italia. Clasificarnos para la fase final, entre los seis primeros, sería un éxito”. La URSS, Yugoslavia, los anfitriones italianos o Checoslovaquia, eran una prueba aún excesiva. ¿O no?

De cómo nos recibió Siena y cómo nos despidió. De 5.000 espectadores que fueron poblando poco a poco el pabellón Mens Sana, expectantes en ver a la Unión Soviética en directo en el choque que abría su calendario -posterior a nuestro debut- y de cómo se rompían las manos aplaudiendo, animando a nuestro Equipo Nacional en el choque que clausuraba la sede, testigos de la impensable hombrada de ganar al rodillo soviético, por 101-90. Así agradecían la exhibición vista y así decíamos adiós a Siena. En la cumbre. La que el afamado diario La Gazzeta dello Sport nos catalogaba de “hormigas (¿?) trabajadoras y eficientes” en que les había convertido “Díaz de Miguel” (según ellos, con el “de” en medio), con principios básicos de disciplina, polivalencia y acciones elaboradas con paciencia”. Pues ya ven, que las hormigas otearon el horizonte desde la cima, sintiéndose poderosas.

  Bulgaria, Holanda y la URSS, por este orden, serían nuestros rivales de grupo. Y la meta, obligatoria meta, era ganar los dos primeros que nos clasificaba a la segunda fase, entre los 6 mejores y con ello la permanencia en la élite. El debut ante Bulgaria fue el de los nervios y la incertidumbre. Y parece que algún juez de línea ya nos apuntó el hándicap de una salida nula. Juan Antonio Corbalán, nuestro base titular, casi cuatro meses de baja por una operación en su tobillo, llegaba a esta cita justito, justito. Desde hacía unas semanas ya no se le hinchaba, pero aún lo tenía demasiado tierno. Un mal gesto en la rueda de calentamiento de nuestro debut, trajo la maldición de una recaída con distensión en el talón. Y aunque salió de titular como estaba previsto, a modo de prueba, su cojera evidenciaba que no podía. Y nace la incertidumbre por la importancia y duración de dicha baja.

Cuando Juanito Corbalán se encaminó renqueante hacia el banquillo en el minuto 5, sustituido por Joaquim Costa, España perdía 11-18. El resto del quinteto, Epi, Brabender, Santillana y Rullán, se anestesian del ritmo lento de los búlgaros. En él, el base Bogdanov (15 puntos), campa a sus anchas, junto a Ilya Evmitov (efectivamente, el padre de los futuros ACB Vasco e Ilyan). A todo esto, un jovencísimo Georghi Glouchkov (el primer NBA que no pisó universidad USA), veía los más minutos el choque desde el banquillo. Ya llegaría su momento.

Aunque esta foto no pertenezca al partido, pero ejemplifica perfectamente las disputas Tkachenko-De La Cruz
Aunque esta foto no pertenezca al partido, pero ejemplifica perfectamente las disputas Tkachenko-De La Cruz

El capitán Wayne Brabender fue nuestro salvador  en el debut. 28 puntos, 11 de 13 en tiros libres y con un lugarteniente como Juan Antonio San Epifanio (18 puntos), fuimos encarrilando el tema, aunque tras el descanso (48-43) viésemos que los búlgaros se pondrían de nuevo por delante (55-57). Finalmente, la mordiente de De La Cruz y la anotación de Santillana (22 puntos), llevaron el envite hasta el definitivo 85-81, con resoplidos y preocupaciones finales por algunas pérdidas que no estaban en el guion. 

  Tom Akerboom era una especie de pesadilla española que nos mató dos años antes en Lieja (38 puntos), cuando Holanda nos derrotó por casi 20 puntos (114-95). Debutaron en este campeonato y tan solo perdieron 92-84 ante la URSS y en la primera parte perdíamos ante ellos (48-52). Nuevamente Akerboom jugueteaba con los nuestros (22 puntos y 7 de 9 en tiros de campo en los primeros 20 minutos), hasta que Díaz Miguel encargó situar a Epi en su defensa “nariz contra nariz”, como le gustaba exaltar a nuestro seleccionador. La voluntad del alero azulgrana logró que, en la 2ª parte, el “hacelotodo” neerlandés tuviese un 1 de 7 en tiros, hasta el punto de acabar frustrado y enfadado con el mundo, incluido su entrenador, que acabó sentándolo en el banquillo. Si Quim Costa supo presionar al base Kramer, la cosa acabó pintando mejor. Fue el día de Brabender (30 puntos) y de, por fin, Rafa Rullán (27 puntos, 9 de 12 en tiros de campo y 10 rebotes).  Todo se fue aclarando: un 73-63 al minuto 30, un 81-67 al minuto 35 y definitivo 105-83, que nos daba toda la tranquilidad: estábamos en Turín. Ahora, como guinda, jugar frente a la URSS. 

EL DÍA MÁS GRANDE

Y llegó el inesperado día. Llorente, Brabender, Epi, De La Cruz y Santillana fueron los cinco héroes iniciales, frente a Eremin, Belov, Myskhin, Zharmukhamedov y Tkachenko.  La diferencia de estatura, asustaba. Apartando a los dos bases, Eremin y Llorente, tomen nota: Brabender marcando al mítico Belov, con 7 centímetros menos; Myshkin sacando 9 a Epi, 5 eran lo que el móvil Zharmukhamedov se distinguían de Santillana. Y lo de Tkachenko y De La Cruz, pues… 2,20 contra 2,03. De los kilos entre ambos, ni hablamos. 

¿Sabían que el mito de la defensa del “lagarto” De La Cruz ante el gigante ucraniano nació aquella tarde en Siena? Una primera premisa consistía en presionar mucho al base, intentando negarle la opción del pase interior, sobre todo cuando Tkachenko tenía la posición ganada. De La Cruz intentaba defenderle por delante, dificultando la línea de pase y cuando se veía superado, entraba su agresividad y picardía para forzarle faltas en ataque. A ver, que esto tiene letra pequeña, que la preparación de los árbitros y su criterio, no era el de hoy día. Que De La Cruz, con sus escasos 90 kilos, se pegaba como una lapa, tras la montaña soviética invadiendo su espacio y, cuando este quería pivotar o mover sus brazos, desplazaba al hispano argentino, castigándole con una -inexistente- falta en ataque. Y así en varias ocasiones. La nobleza de esta leyenda europea le hacía no ir a “comerse” a ninguno de los árbitros, sino que agachaba la cabeza y se resignaba.

Porque Valodia Tkachenko, cuando ganaba la posición, era indefendible.
Porque Valodia Tkachenko, cuando ganaba la posición, era indefendible.

Hablábamos de José Luis Llorente. Sin contar con Corbalán todavía, él fue el titular y ante minutos iniciales titubeantes, vio que “su ritmo” era el ideal para esa jornada. Y su potencia de piernas que siempre le caracterizó, “cogió la moto” como lo definía Andrés Montes y corrió como el demonio. 18 puntos, sin fallo, muchos de ellos en entradas a canasta culminando contragolpes, fue sustituido por primera vez en el minuto 32, exhausto -porque también presionó y mucho en defensa- por Costa. ¡Ah! Y tan solo 7 pérdidas el equipo, otra de nuestras lacras ofensivas. Costa siguió con el mismo ritmo, porque los otros cuatro, no vieron ni un segundo de descanso. Era otro baloncesto. 

Con delantera siempre en el marcador, todos ayudaron al rebote defensivo, aunque nos cogieron un buen puñado (solo 19 rebotes defensivos en todo el partido. Nunca se cogieron menos). Sin embargo, fue paradójico que nuestro Equipo Nacional capturó 17 ofensivos, algo totalmente ilógico, producto de la desorganización soviética intentando frenar nuestros contragolpes. Luis Miguel Santillana (24 puntos) les mató con suspensiones a 4-5 metros, De La Cruz (que era el jugador más rápido entre los españoles, corriendo sprints a lo largo de la pista. Más incluso que Corbalán) se apuntó al festín de contraataques para anotar 21 puntos (que en estático lo pasaba mucho peor) y se mantenían pequeñas rentas (46-43 al descanso). 

Aun con estas, seguían siendo los soviéticos. Siempre incómodos, pero aprovechaban las rachas de sus tiradores, Anatoly Myskhin (18 puntos) y sobre todo Sergei Belov (20), para abrir algo la defensa española y surtir de balones a Tkachenko (20 puntos). Y cuando su brújula les marcaba el camino correcto, 8 puntos consecutivos de Llorente volvían a asomar la sorpresa en el electrónico del pabellón Mens Sana (72-67 a falta de 10 minutos). Su sustitución fue ruidosamente ovacionada por el público. Y aquí, en los minutos finales, quien se erigió como el héroe, fue Juan Antonio San Epifanio. 24 puntos de Super Epi que, ante ataques de tan altos porcentajes, Alexander Gomelski veía desde la banda que, aquello, no se remontaba. La diferencia volvió a crecer hasta 10 puntos (88-78), llegando al definitivo 101-90 entre abrazos, todo tipo de felicitaciones y un público entregado a los españoles, tras ver uno de los mejores partidos que jamás se vio en aquel recinto. Aquel 11 de junio forma parte de nuestra gloriosa historia. La URSS, posteriormente campeones, acabó apalizando al resto de rivales. Nadie osó “toserles” en el resto del campeonato. 

Foto ya de la fase de Turín, suspensión del líder de Yugoslavia, Kresimir Cosic, ante Italia.
Foto ya de la fase de Turín, suspensión del líder de Yugoslavia, Kresimir Cosic, ante Italia.

“Así podemos ir a cualquier parte. Los jugadores se esmeran en corregir los defectos”, reconocía Antonio Díaz Miguel lleno de satisfacción. “A mí me daba mucho miedo la cantidad de balones que estábamos perdiendo. Hoy, en eso, hay que quitarse el sombrero. Nosotros vamos a seguir en nuestro camino de humildad. Ahora, ya nadie nos puede quitar estos dos partidos ante Holanda y la URSS. Han sido las dos mayores satisfacciones que he tenido como seleccionador, después de la medalla de plata de 1973. A partir de ahora y dados los resultados de hoy, puede pasar cualquier cosa”.

Y tenía razón Díaz Miguel, pues si España se colocaba primera de grupo y pasaba a la segunda fase con una inesperada victoria que ya contaba para la sede de Turín, en los otros grupos también saltaron sonadas sorpresas. Los anfitriones, Italia, aunque llevaron un equipo muy alto y tremendamente atlético, perdieron ante Checoslovaquia (en aquel momento, aún en un escalón superior respecto a la mayoría de equipos del oeste de Europa, excepto precisamente Italia), por 68-74. Francia se quedaba para jugar los puestos del 7º al 12º al verse derrotado por Polonia (76-85), ayudado también en su caída por el resultado más impensable de todos: Yugoslavia, los vigentes campeones de Europa, del Mundo y subcampeones olímpicos, sucumbieron ante Israel (76-77), alzándose así los judíos con la primera plaza del grupo C y suponiendo así el inicio de una sorprendente travesía a lo largo de la competición. Se decía adiós a Siena. Se daba la bienvenida a Turín.

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