En verano, siempre estamos expectantes por las nuevas venidas a nuestra Liga Endesa. Fichajes es sinónimo de ilusiones, de todas las culminadas o que se quedaron en el tintero el pasado curso. No somos en Basket Lover muy de llorar ausencias y sí de ilusionar con bienvenidas. Pero reconocemos -y de ahí este artículo- que con la marcha del ex azulgrana Jabari Parker, hemos de decir adiós a la más distinguida elegancia. Porque en su simpleza de gestos, en el talento en sus movimientos, armoniosos y nada complicados, estaba su fortaleza, su ritmo de swing como el máximo exponente a la belleza. Así es Jabari Parker.

Y luego llegaba al viejo Palau Blaugrana. Comparado con las canchas que había visitado en su país, esto tenía menos glamour, aunque le acompañó un plantel que sí lo tenía. Y él acogió a sus compañeros sobre un manto de sabiduría con este deporte. Su impasible rostro negaba cualquier arrebato rival sobre interceder con su defensa a sus posteriores gestos, porque nunca se sabía lo que iba a hacer. Con los pies siempre -pero siempre, ¿eh?- bien colocados, con levantar el balón para lanzar en suspensión, le valía. Y eso que los defensores podían estar muy encima, pero los tiros entraban (47,5% en triples esta 24/25 en Liga Endesa). Él cuenta con esa grandeza muy de los 80, saber lanzar con poquísimo espacio, ejecución rápida y alto porcentaje, independientemente que esté a 5 o a 8 metros del aro. “Sinceramente, es el jugador con más talento con el que he jugado en mi vida” reconocía a Eurohoops Darío Brizuela.
Con unas condiciones físicas limitadas debido a sus gravísimas lesiones, este chico que fue portada de SLAM en su único año universitario en Duke, sabía que su repertorio de baloncesto era infinito. Y esfuerzos y minutos contados, pero con un talento que, eso sí, era incontable. Cuando se arrancaba hacia canasta sabía usar su cuerpo, lanzaba tiros en el Palau con un “touch” final de embrujo de hadas e incluso en ocasiones, lo que parecía predestinado a una bandeja según dictaba su historial médico, sonaba a estruendo tras un imperial mate, incluso delante de Tavares o el recordado por encima de Abromaitis. El aficionado levitaba.
Sobre una media de 23 minutos en sus dos temporadas en nuestra liga doméstica (casi 3 minutos más en Euroliga), más de lo que pudiésemos pensar alguien que parecía llegar entre algodones, sus 12,5 puntos de promedio en ambas competiciones, dan para asumir que era uno de los protagonistas ofensivos cuando estaba en cancha. Porque con él en pista, la delicia no era lo que hacía, sino cómo lo hacía. Simple, todo acompasado, como la entonación de un tenor que gravita y alarga una secuencia, recreándose en su talento. Parker ha sido capaz de acallar con canastas sobre la bocina cualquier lugar a polémicas arbitrales, porque zanjar así partidos, de silenciar recintos cuando se jugaba a domicilio en días complicados, abatía al más pintado.
Su talento viaja la Partizán Belgrado la próxima campaña y deleitará en Belgrado, con esa honesta forma de economizar gestos, de aniquilar sin avasallar, de gustar con su simpleza. Sencillamente, la distinguida elegancia de una estrella. Se le echará de menos.

















