“Es una lucha terrible. Contra ti mismo, contra tu propio equipo y contra los demás. Una tensión que casi prima sobre el propio juego” declaraba uno de los primeros grandes triplistas de nuestra historia, el escolta Charly López Rodríguez. Era marzo de 1986. “Un resbalón puede suponer echar todo el trabajo de un año por la borda y aquí radica la dificultad de jugar en la A-2”. El drama por evitar el Playoff por la permanencia en declaraciones más que sentidas. O como era comúnmente conocido, el Playoff de descenso. Eso sí que era la tortura. Poco, muy poco baloncesto en aquellas eliminatorias, aguantando la respiración tanto en la pista como en las gradas ante la congoja de una guillotina sin piedad. Hoy, en Endesa Basket Lover, nos centramos en la parte baja de la clasificación, echamos un vistazo a la historia en busca del salvador, del personaje que supo rescatar del abismo a un club que irremediablemente iba a la deriva. Y pondremos la mirada en un punto de nuestra geografía: Huesca. Y en un año: 1986.

Hubo un tiempo en nuestro baloncesto, en el que los cuatro últimos clasificados disputaban, en formato semifinales, una especie de ruleta rusa con este Playoff de descenso. Eliminatorias al mejor de 3 o de 5 partidos, según época, para dirimir los 2 ó 3 que descendían. Porque en este caso de 3, solo permanecía en ACB quien vencía en su semifinal y posteriormente, la final. Ya se pueden imaginar el panorama cadavérico, rodeado de una agonía que desapareció en 1999 y desde entonces, los últimos clasificados bajan directamente. Porque la trampa con la que contaba este Playoff era que, algún descartado, con la incorporación adecuada, pudiera salvarse. No solía haber grandes remedios transformados en milagros, pero… cabía la posibilidad. De hecho, cupo la posibilidad.
En Granada saben mucho de eso, digamos que son los auténticos Master&Commanders, por varias experiencias muy separadas en el tiempo. Hace dos temporadas, la adquisición del alero Joe Thomasson les hizo vencer en Sevilla un partido tan, tan decisivo (28 puntos y 8 de 9 en tiros de campo para la victoria), que de la mano tuvieron salvarse en casa en la última jornada. En 2008 ya saborearon tal satisfacción con la adquisición del británico Pops Mensah Bonsu, cobrando la mensualidad -ya alta- por un exclusivo partido, el último ante Tau Cerámica, que le bastó con 22 puntos y 9 rebotes, para mantener categoría (89-87). Y John Ebeling, aunque este fue fichado en diciembre, se transformó en el mayor baluarte con 29 puntos en el quinto y último partido del Playoff de descenso para cristalizar la gesta de remontar un 2-0 adverso ante Cajabilbao y por primera vez, golpear tres veces seguidas. Pongamos la lupa ahora en Huesca, tierra mágica como respondía su sponsor institucional, en la primavera de 1986, donde sueños en verde se hicieron realidad.
EL COMPLICADO PANORAMA INICIAL
Magia Huesca tenía ante sí la difícil papeleta de mantenerse en su segunda aventura ACB en 1985. Debutante y descendido en la temporada 83/84, tras un año en 1ª B volvió a ascender a la máxima categoría de nuestro baloncesto. Los oscenses, con un joven y cotizado pívot en sus filas, Joan Pagés, más Ramón Olivé y el veterano Alberto Alocén (escolta muy batallador y padre del actual jugador de Dreamland Gran Canaria, Carlos Alocén), tras escrutar el mercado nacional, y se hizo con los servicios de tres jugadores muy interesantes, como el base de 2 metros (ilógico entonces) Jordi Puig desde Cacaolat Granollers, el base del Real Madrid, Paco Velasco y el escolta del CAI Zaragoza, Charly López Rodríguez, que ilustra con sus declaraciones el inicio del artículo. Todos ellos con un denominador común: el deseo de jugar minutos. En un baloncesto donde las rotaciones de banquillo eran mucho más parcas, buscar alternativas donde se dispusiera de minutos, eran deseo y motor para zambullirse en el mercado. El problema vino con los principales refuerzos: la pareja de extranjeros.
La apuesta inicial del joven entrenador (y actual agente de jugadores) Arturo Ortega, comenzó con un veterano pívot ex NBA y un joven, recién salido de la universidad, para el puesto de ala-pívot. Alton Lee Gipson, pívot nato y ogro en la zona de los de dar miedo, era el desvelo de los oscenses, porque para dar miedo bastaban las correrías nocturnas por los bares de Huesca y Zaragoza. Se le dio el pasaje de vuelta a su país todavía en pretemporada. El otro, ala-pívot de descendientes serbios criado en el estado de Indiana, Lou Stefanovic, por su inexperiencia al ser recién salido de la universidad, creó dudas y ante ellas, la posterior baja… también sin aún haber dado el pistoletazo de salida a la competición.
Así que, esta vez fueron a lo seguro. El ala-pívot Larry Gibson había dejado, 6 años antes, una gratísima impresión en Estudiantes. Su movilidad, esfuerzo reboteador y acertado tiro exterior, era un claro seguro por el que vertebró Magia Huesca sus posibilidades en la zona. Era un perfecto apoyo a la estrella del equipo, un gregario de lujo, de cara a la estrella americana que estaba por llegar. Y aparece un tipo con las mejores credenciales. ¿Las mejores? ¡Como que había sido un número 5 en el draft de la NBA! Se trataba de un alero llamado James Ray, muchísima clase en la universidad de Jacksonville. Nunca un americano en España había salido tan alto en su elección. Fue en 1980, por detrás de Joe Barry Carroll, Darrell Griffith, Kevin McHale y Kelvin Ramsey. Los Nuggets apostaron por él, pero tras 3 temporadas y viendo que su tiro exterior no era del todo bueno, lo dejaron marchar. A Europa, en este caso. Y en Italia, destellos de su finura, pero poca regularidad. Y lo mismo en Huesca. Con Pagés y Gibson no era suficiente en la lucha bajo tableros, puesto que Ray no es que ayudase mucho, en un baloncesto donde ahí se dirimía todo.
Así que antes de navidades, decidieron darle la baja y dieron la bienvenida a un ala-pívot ya conocido en el baloncesto español, por la buena imagen que dio el curso anterior en Collado Villalba. Ben McDonald era rápido, podía jugar como alero perfectamente y poseía buen tiro exterior. El caso es que a España regresó un jugador bastante más musculado que lo visto meses antes, pues estaba enfocado en hacer carrera NBA, especializándose en un buen defensor, jugador sacrificado desde la posición de ala-pívot. Ocho partidos en algo menos de 2 meses en Huesca donde, sí, era sólido en su juego, pero tampoco dio los puntos esperados (12 de media, muy alejados de los más de 22 en Villalba). “Entrenaba con guantes por el frío que hacía. No, no es que fuese al inicio del entrenamiento, sino todo el entrenamiento”. Y no es que fuese por bajo rendimiento, pues McDonald hacía de todo, sino que al oír los cantos de sirena de George Karl en Cleveland Cavaliers, que siempre tuvo predilección por este jugador (más tarde se lo llevó a Oakland con los Warriors cuando él fue entrenador y, algunos lo recordaréis, como americano para el Real Madrid en la primera aventura del entrenador), decidió iniciar una buena carrera NBA.

UN REVULSIVO CON MUCHO CACHÉ
Asoma febrero en el calendario y Magia Huesca es el último clasificado liguero, junto a Licor 43, con tan solo 2 victorias en 8 jornadas de la A-2, la segunda fase de la liga tras su ecuador. Panorama poco halagüeño, cambio de entrenador mediante (ya estaba Jaume Ventura al mando de las operaciones oscenses) y contactos con el agente Miguel Ángel Paniagua. Wallace Bryant era un pívot de 2,11 de estatura, más que conocido pues había sido el mayor poder interior en Cantú cuando se proclamó campeón de Europa en 1982 y 1983. El trampolín de todo ello le hizo volver a su tierra, a Chicago Bulls y enconcreto y ser pívot de rotación, “aunque pienso que fue una mala época para mí, ya que el entrenador apenas contaba conmigo. Salía 2 ó 3 minutos y vuelta al banquillo”. Traspasado a Dallas Mavericks donde estuvo año y medio y de ahí sí que conserva gratos recuerdos. En su tercera temporada en los Clippers, una lesión que le dio bastante la lata, le hizo disputar solo 26 encuentros y lo forzó a que fuese cortado. Repuesto, encargan a Paniagua que disponga de él en Europa, puesto que su tiempo NBA parecía haber pasado. “Junto a mi agente coincidimos que era lo más indicado. En la NBA no siempre las ofertas son mejores”.
Bryant era muy bueno en ataque, tenía un toque para tiros cortos prodigioso. Sus ganchos en suspensión eran un sello en él, como la media vuelta en poste bajo. Y ese suave toque maestro en las cercanías del aro, dejando el balón muerto en el aro hasta que entraba, destilaba toda la elegancia en un pívot. “Sí, contaba con una calidad exquisita. Era un jugador que claramente no era de nuestra categoría” comenta en la actualidad su compañero entonces, Alberto Alocén. Entre sus recuerdos, un rebote defensivo que capturó, salió botando el balón hasta media pista “para romper la presión a nuestro base, siguió botando y cuando se vio a seis metros del aro, dio dos pasos y se marcó un mate increíble. Sí, a veces se marcaba jugadas así de arrancarse botando y nuestro entrenador, que ya era Jaume Ventura, tenía que pararle los pies”. Bryant, que curiosamente nació en España en 1959, aunque en suelo americano (en la base militar estadounidense de Torrejón de Ardoz, pues su padre era militar), era alguien que pactó en febrero contratos a 10.000 dólares mensuales, que trasladados a toda la temporada, hubiese sido de los mejores pagados de la liga. Pero era febrero y Magia Huesca, haciendo un esfuerzo ímprobo a nivel económico, lo podía costear. Todo fuera por la salvación. Eso sí, hay que añadir que si lo conseguían, la prima al jugador por ello sería muy, muy generosa.
De un día a otro, se convirtió en el referente ofensivo. 32 puntos y 11 rebotes en su segundo encuentro, en la victoria en Alcalá de Henares ante Cajamadrid. Disputó los 12 partidos finales con un promedio de 23,8 puntos. Superó 2 veces la treintena y 7, la veintena de puntos. Un 52,2% en tiros de 2 puntos, donde lo más curioso es que fue superado por su porcentaje de triples, pues se atrevió a lanzar 7, anotando 4 (algo rarísimo en la época). “Pero era un tío muy peculiar. Entusiasmado con su esposa, tío tranquilo, pero que siendo alguien entrañable, yo empecé con muy mal pie con él”, relatando Alberto Alocén el inicio de una anécdota. “Resultó que, tras un entrenamiento en los primeros días, comenzamos Larry Gibson, él y yo una competición a triples. Gibson y Bryant empiezan a decir algo entre risas, me gritan algo que no entendí y comenzamos a tirar. Y resultó que ganó Wallace. Y ahí acabó el tema.
En los siguientes días, empieza a estar arisco, pero solo conmigo, mirándome mal y diciéndome ‘my money’, sin yo entender nada. Y ya era preocupante que, en los partidillos entrenando, me daba unos golpes y unos empujones… ¡incluso cuando íbamos en el mismo equipo me atizaba!¿Qué le pasa a este tío?, ya preocupado. Y fue un día que Larry Gibson se acerca a mí y me dice que le debo diez mil pesetas de aquel concurso de triples que perdimos, que él ya le había pagado. Mira, cuando le pagué, porque es que me iba preocupado a casa, que le comentaba a mi mujer ‘este tío me mata’, cambió radicalmente y se volvió un tío entrañable, donde pude disfrutar de una muy buena relación con él. Sí, tenía rarezas así”.
“Lo pasé muy bien en Huesca. La gente era formidable y el público me apoyó muchísimo. La afición era maravillosa. El único problema es que la ciudad es demasiado pequeña y, aunque lo compensaba haciendo escapadas a Zaragoza, aspiraba a vivir en una ciudad más grande” comentaba Bryant meses después.
LA HORA DE LA VERDAD: SALVAR AL EQUIPO
A pesar que las victorias fueron llegando, pero en 6 jornadas que restaban de liga desde su llegada, acumularon 4 triunfos y se quedaron a uno tan solo de la salvación. Cuartos por la cola, debieron jugar el Playoff de descenso. Licor 43 fue derrotado 2-1 en la eliminatoria, con un dramático primer partido con 2 prórrogas (vencieron 111-105) en una lluvia de triples, liderados por López Rodríguez (que anotó 29 puntos con un 6 de 17 en triples).
Y la final la disputaron frente a Cajamadrid, equipo de importante presupuesto y grandes nombres, pero que malas decisiones y una plantilla desequilibrada les hizo caer hasta tales infiernos. Cómodo 107-90 el primer día en Huesca, con 26 puntos (11 de 19 en tiros de campo) y 12 rebotes de nuestro protagonista. En Alcalá, Magia Huesca salió derrotado (97-92), con la mejor actuación hasta entonces de Bryant (36 puntos, 15 de 22 en tiros de campo y 15 rebotes), decidiéndose todo en Huesca en el tercer y definitivo choque.
“Le advertimos que, tras esa exhibición” recuerda Alberto Alocén, “los pívots rivales iban a ir a por él, que lo calentarían hasta intentar desestabilizarse. Porque Wallace era de los de encenderse pronto. De hecho, en un partido anterior tuvimos que sujetarlo al final, porque iba directo a por los árbitros. ‘Que nos fastidia la temporada’ gritaba Jaume Ventura. Y en el tercero, imagina: Orenga tuvo fijación y a por él fue”.

Fueron duros, demasiado físicos para sacarle de posición y… de sus casillas. Y, efectivamente, harto y con la paciencia agotada, nada más comenzar la segunda mitad, perdió los papeles, intentó liarse a mamporros y acabó siendo expulsado. “Imagina la que se montó en el pabellón. La gente, muy consciente que él era la víctima, que lo habían estado provocando, comenzó a dirigirse a los árbitros con unos cánticos… que prefiero no reproducir, pero que esa presión tuvo su efecto. Incluso en nosotros también, que sin él jugamos grandes minutos de baloncesto (Larry Gibson se fue hasta los 35 puntos) y acabamos ganando hasta fácil y todo”.
83-72 fue el resultado final y Magia Huesca que, esta vez sí, pudo mantenerse en la máxima categoría. Fíjense lo que supuso para la ciudad ese triunfo y no solo por la celebración y la invasión de campo. A partir de ahí, la capital oscense tuvo un lugar privilegiado en nuestro baloncesto, sostenido sobre una maravillosa pareja de extranjeros que permanecieron 6 años en la ciudad, Brian Jackson y Granger Hall, hasta que en 1996, perdieron la categoría. Cargados de deudas, vendieron la plaza a Fuenlabrada sin posibilidad de haber conocido las mieles de la ACB nunca más.
¿Y Wallace Bryant? Pues fíjense el impacto que, al mes firmó con el F.C. Barcelona en el primer gran proyecto de Aíto García Reneses en su segunda campaña en el club. Con ellos, ganó la Liga, Copa del Rey y la Copa Korac y emigró a la Fortitudo Bolonia por un montante de dinero más que importante, que ni tan siquiera el Barça quiso pagar. Su talento y sus rarezas volvieron al baloncesto español posteriormente, por cierto. Pero él ejemplifica perfectamente el cambio de rumbo, la figura de la salvación de un club encaminado al descalabro y que pudo, con su calidad, insuflar el espíritu ganador como para salir de tal quema y crear, de cara al futuro, algo muy hermoso.
















