Cuando lloró al momento de manera desconsolada, es que por la cabeza de Chimezie Metu estallaron multitud de imágenes, tras ser el primero de detectar que su tendón de Aquiles, se había roto. Ni tan siquiera dar tiempo al estado de shock envuelto en la verdadera consciencia de la gravedad de la lesión. Hacer volar por los aires una temporada cuando están por venir meses que dirimen títulos, como paso previo a la siguiente temporada, ya asentado en el Palau Blaugrana o -rumorología- un futurible contrato NBA, como romper en seco un estado de forma extraordinario, pieza vital en el engranaje del actual Barça y todas las dudas de los límites que van adjuntos a la gravedad de un infortunio así, en décimas concentradas de tanto dolor, hicieron que Metu rompiera a llorar como un crío, impotente, cargado de frustración.

En la subsistencia NBA, así como en la selección de Nigeria, Metu era de ese tipo de jugadores que por naturaleza, son ala-pívots y en sintonía con los tiempos que toca vivir, se convierte en un pívot de enorme movilidad, envergadura, con un más que notable tiro exterior. ¿Urticaria por pisar la pintura? Si les somos sinceros, NBA no es una competición que nos pueda desvelar tal cuestión.
Y se presenta en Barcelona, en un Barça irregular. Y en momentos en los que hay que sostener al equipo, nuestro protagonista gana enteros y lidera seguir en la brecha del partido. Desde que Joan Peñarroya vio el “5” titular en su figura, el dinamismo de todo lo que sabíamos de él, comenzó a aflorar. Nos encantaba verlo encarar unos contra uno alejado el aro, intentando crear un espacio y un tiro de media y larga distancia con la metodología de un exterior: dominio del bote, cambios de ritmo, pivotes, media vuelta en suspensión… toda una joya. Y además, con la confianza que destilaba en cada uno de sus gestos.
Lo mejor, señalando con un aspa el “check” de sus virtudes ya conocidas, era una especie de “bonus track”: su juego en el poste bajo. La misma rapidez de pies exhibida a 8 metros del aro, también a dos metros, moviéndose en una baldosa entre las permanentes ayudas de las defensas rivales. El toque para soltar tiros cortos desde gran altura y con toda la suavidad y mimo al balón, es realmente sublime. En las gradas, nostálgicos aficionados veían el dominio de poste bajo de este nuevo chico en la ciudad y giraban la cabeza hacia un testigo en el palco, idolatrado Audie Norris. Era como recuperar para el Palau cierta esencia muy suya. Quizás esencia ochentera, porque en su juego está implícito uno de los rasgos más característicos de aquella época: la elegancia. Chimezie Metu es un tipo elegante en todo lo que hace, con lo que luce el doble, con lo que embauca al fan.
Su oportunismo para taponar tiros desde la ayuda (como ha de taponarse) le convertían en un seguro también en defensa y sus rachas de inspiración, ya decimos, por momentos que le hacían sentir imparable, nos pellizcaban como que delante de nosotros, hay un tipo especial. Tranquilo fuera de la cancha, tras pasar mes y medio de baja por una lesión de rodilla a mediados de noviembre, le hacía ser observador de un nuevo mundo cestista, de la exigencia de la Liga Endesa y de esa reválida de Euroliga que, en conjunto, tanto exigen y tan diferentes mapas cuenta con su experiencia previa.
La gran pregunta qué jugador llegará a ser en un futuro, lastrado por la cirugía en una parte tan delicada y crítica de su herramienta de trabajo, será trago amargo. Deberá mascullarlo a lo largo de muchos meses y buscar, con la rehabilitación del día a día, edulcorar -aunque cueste- una nueva realidad personal. Para los azulgranas, aparte de una enorme faena, es una especie de orfandad con su ausencia de brillantez y sapiencia baloncestística. Ese mismo sentimiento de huérfanos en el que nos vemos envueltos muchos aficionados. Nuestros mejores deseos desde Endesa Basket Lover.


















