Si los amantes del baloncesto español no podemos evitar una mueca de tristeza en pensar por qué Drazen Dalipagic no pudo cuajar y mantenerse en nuestro país, quizás su gesto de cierto amargor hubiese sido mayor. La imagen de una descollante estrella europea, ya veterana y más que consagrada, lanzando una mañana de fin de semana solo en las canastas del vacío recinto de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, puede explicarlo. La sensación de frialdad ante un recinto silencioso, sin compañeros que han viajado a jugar su correspondiente jornada de liga, con gradas desiertas, rito de cada finde, remarcó lo que “Praja” vivió en su única temporada en España. “Pensaba que jugar solo Copa de Europa no iba a ser tan malo. Luego la realidad me demostró lo contrario”.

LA ELEGANCIA EN UN FÍSICO PORTENTOSO
Originario de Mostar, afincado en Serbia gran parte de su vida, se presenta en Europa un alero de casi 2 metros a principio de los 70 , de gran fortaleza y marcada musculatura para la época. Y sin embargo, acompañaba esa aparente rudeza con unos movimientos y tiro elegantes, de los que gustaba por la chavalería ser imitado y casi nunca logrado, en cualquier ámbito y rango de tiro. Dalipagic era un genio de las fintas y tenía sus poderes para el baloncesto adecuado a esa época, lo que quiere decir que se hubiese aclimatado a cualquier otra (por supuesto, a la actual también). Enorme lanzamiento de larga distancia cuando era necesario, el que durante gran parte de su carrera no existiese la línea de 3 puntos, acercaba su rango de tiro a suspensiones, sobre todo tras bote.
Las fintas, penetrar a canasta y levantarse a media distancia, con esas décimas más en el salto que le daban ventaja respecto al rival y una peculiar mecánica de tiro -echando el balón hacia atrás, lo que retardaba el gesto-, le hacían ser indefendible. Su efectividad desde los 5-6 metros era exasperante para el contrario. Con el tráfico que había alrededor de la zona, la facilidad para lanzar delante de contrarios y que el destino fuese siempre la canasta, provocó la admiración sobre un anotador compulsivo, mejor jugador de Europa en 1977, 78 y 79.
Con la llegada del triple, por supuesto que “cinceló” su juego hacia tal rango y en Italia fue de los más destacados. Los ¡70 puntos! que le anotó a la Virtus Bologna con el Hitachi Venezia en la temporada 87/88, siguen siendo uno de los mayores logros en la historia del pallacanestro italiano. ¡Y tenía 36 años! Sus paradas, sus fintas de tiro, con qué elegancia daba el último toque de muñeca y retiraba los brazos mientras observaba la trayectoria del tiro, forman parte de los mejores gestos técnicos de la historia del baloncesto en nuestro continente. Un convencimiento en Basket Lover que nos recorre con cierta amargura es ese que parece olvidar a los “no NBA” cuando se citan los mejores jugadores europeos de la historia. Terriblemente injusto. Luka Doncic o Nikola Jokic hubiesen sido igual de buenos en cualquier escenario, al igual que Dalipagic lo hubiese sido en Estados Unidos también, porque lo tenía todo para alzarse finalmente como el gran anotador que cristalizó. Corren estos días por la red algunas fotografías con la camiseta de los Celtics, en unas pruebas que pudo hacer a finales de los 70 con ellos. Quedaron en eso, entrenamientos, porque las autoridades yugoslavas no permitían la marcha de nadie (y menos, alguien así), hasta que no cumpliera los 28 años. Sumen a eso la prohibición de volver a jugar jamás con la selección yugoslava, que eso sí maniataba.
LA ELEGANCIA EN UN CARÁCTER AMABLE
Drazen Dalipagic era un tipo de palabra. No fueron una ni dos las veces en que los ávidos periodistas españoles le preguntaron por una posible marcha del Real Madrid antes de finalizar su temporada, viendo su desencanto por apenas jugar. “Siempre cumplo lo que firmo, incluso sin necesidad de firmar nada”. E incluso cuando acabó la temporada europea, se mantuvo en Madrid ante una posible lesión de Delibasic en liga. De verdad que era terriblemente chocante ver una megaestrella cercenando sus actuaciones a un puñado de encuentros. Normativas. Al igual que las mismas, esta vez en Italia, le impedían cambiar de un equipo a otro en la propia Lega (para no beneficiar a los más poderosos a la hora de fichar jugadores extranjeros de equipos más modestos), por lo que debió volver a Belgrado tras su primera experiencia en Venecia. Los caprichos de una época.
Sí queríamos resaltar que su fichaje por el Real Madrid vino por la creencia en la palabra, a pies juntillas, de su amigo Mirza Delibasic, que pensó sería un buen destino para él. Otro de sus amigos, el mítico pívot Kresimir Cosic, se hizo cargo de la selección yugoslava como entrenador tras la marcha de Mirko Novosel y su bronce en los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84. Esa fue también la retirada de nuestro protagonista como jugador, que previamente había logrado la plata en los Juegos de Montreal’76 y el oro en Moscú’80. Cosic, viendo el ambiente nocivo que se encontró en la selección durante su debut en el Eurobasket alemán de 1985 (Yugoslavia quedó séptima), acudió a su amigo a modo de ruego, posponer esa retirada y regresar en una ocasión más con la selección, para mostrar al resto lo que eran los principios de un bloque implacable en los 70. Y sí, afortunados nosotros, fue precisamente para el Mundial de España en 1986. Y aleccionó a Drazen Petrovic y llegó a tener actuaciones extraordinarias (en Oviedo encandiló a todos) y se despidió, esta vez del todo, con una medalla de bronce y muchas lecciones dentro de su humildad.
Ya lo ven. Un prodigio jugando, anotador compulsivo en un carácter tranquilo, lleno de elegancia que se retiró en 1991, tras más de 20 años marcando una señal única. Entiendan que el chasquido en nuestro alma se haga notoriamente sonoro.



