La soledad del 4,60. Un gimnasio a medio iluminar, el aro y tú. Tras los entrenamientos, la fantasía de un chaval de 15 años pasa por verse en la línea de tiros libres, frente a la grada de fondo en el OAKA ateniense, el TD Garden de Boston o el Buesa Arena. Una alegoría a la hostilidad desde una posición donde no hay aliados. De repente, las luces del recinto se apagaron por completo. Un lamento ahogado del quinceañero en la oscuridad, salvada por el nimio reflejo de la iluminación artificial desde las calles que entra por los ventanales, suficiente como para tener aún referencia del aro y seguir tirando a canasta. Entre penumbras, el ruido de la red suena más solemne.
Alguien encargado del pabellón aparece, aunque no amenaza por el momento, con pedir desalojar. Se sienta en una de las esquinas de las escasas gradas a descansar, a observar, entre los claroscuros del único habitáculo iluminado del que acaba de salir. Se reanudan los botes del chico, los reversos, entre lo que barrunta serán sus últimos tiros. Ahora sí, un “vamos a cerrar” que suena al fondo y ni los botes del balón ahogan. Un tiro más, que toca retirada.
“¿Tanto te gusta que sigues tirando incluso con las luces apagadas?” Mirada de extrañeza del quinceañero como respuesta con la desgana de no querer iniciar conversación con alguien que, más de cerca, parece un señor octogenario – ¿qué hará aquí todavía?-. Un leve encogimiento de hombros que, con una punzada desde sus modales, le hacen entender que no es suficiente respuesta. “No sé. Con tal de no pensar en el examen de mañana…”.
El viejo sigue mirando, paciente. Escucha. “No lo pienso mucho. Me gusta, simplemente. Tengo a mis amigos en el equipo”. Momento de respiro. “Lo paso bien, aunque esté tirando solo”. Y se otorga su turno de palabra. “En mi Ponferrada natal cuando era un crío, no había apenas baloncesto. Pero pusieron unas canastas en mi colegio que fueron una atracción para todos”. El adolescente, que por instantes se paró al lado de su interlocutor, intuye el inicio de una conversación que le da una pereza terrible. “Tiras bien. Te he observado un rato y lo haces muy correcto. Colocas bien los pies. La mayoría de chavales que vienen por aquí, se creen buenos porque encestan. Pero pocos mueven bien los pies”. Ojos de curiosidad en el chaval, hacia alguien extraño que captó su atención. “Siempre he sido el encargado de la electricidad. Enciendo y apago luces, cuido de su mantenimiento en los pabellones, arreglo averías…” se excusaba. “Y cuando dejé Ponferrada y algunos trabajos en Teruel, me vine a Madrid. Y sí, también me hice entrenador, solo para críos en sus inicios. Aprendí a enseñar y lo hice en ratos libres. Claro que todo ha cambiado mucho, pero los primeros pasos siguen teniendo la misma esencia. Eso no cambia”.

Unos ojos ancianos, pero amables, se percatan que el juvenil jugador, escucha. “Por aquí he visto muchas cosas, sí. Es lo único bueno que te da la edad. Recuerdo un chaval que hacía cosas que no había visto hacer a nadie, ya desde crío. Era pequeño, pero con una potencia de piernas asombrosa. Su bote del balón retumbaba como nunca había oído antes y mira que los suelos no eran como los de ahora. Era condenadamente rápido y lo veía todo en la pista. Pregunta a tus padres por Juanito Corbalán”. Para acabar postulando “el primero que te hace descubrir cosas, ese te atrapa, ¿verdad?”
El chaval, aun sin muchas ganas de conversar con un abuelo, hace el ejercicio de recordar el primer momento de eso que ‘atrapa’. “Sí, el primer partido al que me llevó mi padre. Sergio Llull metió sobre la bocina un triple desde medio del campo y se nos quedó mirando a los de la grada. Yo era muy niño. A mí me encanta la NBA y lo que hizo Stephen Curry y Jokic en los Juegos Olímpicos es de nivel dios. Pero es que a Llull lo tenía delante, nos estaba mirando y eso me impresionó. Todos, hasta mi padre, lo celebrábamos como locos”. Y alargó su comentario. “Desde aquel día, lo veo por la tele y con mi padre, me apunto a los partidos del fin de semana de ACB, como él dice. A mí me gusta llamarlo Liga Endesa, que suena más actual. Y mi entrenador nos ha prometió tras jugar la MInicopa que, cuando venga el Barça, se encargará de sacarnos buenas entradas e invitarnos. Que hay que ver en directo a Kevin Punter, dice. Que ese tío es otra cosa. Que pongamos atención en verlo de cerca botar tan bajo del suelo y tirar delante de pívots con ese acierto”.
“Viéndolo tan de cerca, hay jugadores que te enamoran de este juego. Siempre ha sido así. En mi trabajo durante los partidos, desde la esquina en la que nos ubican, se puede ser testigo de muchas maravillas. Hubo un tiempo que viajábamos mucho, a muchas ciudades y pabellones muy diversos cuando esto fue creciendo. ¿Recuerdas de este verano los actos este en homenaje a la Selección Española que consiguió la plata en los Juegos de Los Angeles en 1984? Te sonará a una eternidad, pero créeme que cuarenta años no son nada. Aquello lo cambió todo. Se merecían ese reconocimiento, que no nos olvidemos. Antes de eso, solo interesaba si el Real Madrid quedaba o no campeón de Europa y poco más. Iban dos mil personas a los campos, en realidad eran casi los únicos aficionados al baloncesto en este país. Todo ese mundo era entrañable, pero pequeño. El Barcelona empezaba a ganar ligas, los equipos se llamaban Areslux, Cotonificio, Inmobanco… La primera liga de los dos americanos y en ese verano, la plata olímpica, lo cambiaron todo. Desde entonces se convirtieron en ídolos por las calles. Pregunta, incluso a tus abuelas, por Fernando Martín, Epi, Romay, Sibilio, Villacampa… Eran conocidos por todos, una locura. Cuando empezó la liga siguiente, al baloncesto se le puso la misma repercusión que el fútbol en España”. Le pide un momento de espera, cuando al poco sale de su habitáculo con una foto enmarcada, afanándose en quitarle el polvo con la manga de su batín.

“Mira las gradas. Gente por todas partes, de pie, pegados unos a otros. Si el domingo era el día del fútbol, el sábado era el del baloncesto. Por fin teníamos estrellas extranjeras, americanos de un nivel estelar. Pero fíjate cómo parece que juegan en un garaje, casi a oscuras. Los pabellones no estaban preparados para ese bombazo. Se quedaron muy pequeños y mal iluminados. Los jugadores brillaban más que nunca y faltaba que le diésemos luz. ¡Menudas peloteras con los fotógrafos, con la televisión! La demanda era increíble, porque ya no eran poco más de 10 partidos televisados en toda la temporada, sino 2 cada fin de semana. Empezaron a nacer revistas de baloncesto, porque se vendían como churros y las fotografías para los posters, no tenían luz, ni la tele tampoco, para una buena retransmisión. Con mis compañeros nos encontramos con mucha faena por hacer”.
Azuzado por cierta curiosidad de una historia que jamás oyó ni imaginó, seguía escuchando. “Formábamos más niños que nunca aquellos años. En los campeonatos de España en categorías inferiores, ya no era cosa exclusiva del Barça, Madrid y Joventut. Ahora CAI Zaragoza, Baskonia, Estudiantes o Unicaja también ganaban. Pero una cosa muy importante para lo que hay ahora fue que, en los años siguientes, los clubes se hicieron más profesionales. Ya no era cuestión de presidentes voluntariosos que ponían de su dinero, sino crear estructuras con más gente, mejor organización. Todo eso pasaba por pabellones nuevos más grandes, claro. Se inauguró el primer Buesa Arena de Baskonia, el Nou Congost en Manresa, en Granollers, en Girona, en Cáceres, Málaga.. Ver el último anillo de gradas del Olimpic de Badalona, el de arriba del todo, donde se jugaron los Juegos Olímpicos de Barcelona, era una realidad que poco antes sonaba a ciencia ficción. Y los viejos, como el Palau, se acondicionaban. Así pude visitar pabellones que acondicionábamos para el siglo XXI y ser testigo de la evolución del juego, de los jugadores, de toda esa maravilla. Ahora sí había luz. ¿A que te gusta el ambiente cuando vas a ver al Real Madrid? Que un recinto tan bonito como el WiZink se llene, no es flor de un día. Hay mucho cariño y tiempo en todo ello. Si vas a Vitoria, te impresiona. O ves la pasión de la gente en el Carpena… Hace algo más de una década, hice socios a mis nietos. Si lo piensas bien, tenemos una liga que embauca”.

“Mis hermanos mayores me hablan de los Gasol, de Navarro y Felipe, de Raül López y Calderón, que lo ganaron todo, incluso en la NBA. Pero yo no me acuerdo” en una confesión de sus limitaciones en la memoria, a causa de su corta edad. “Les he visto en youtube, lo del salto inicial del All Star Game, los títulos de Pau en los Lakers y todo eso. Sí he visto a Rudy y a Ricky, que me dicen que jugaron juntos con el Joventut y eran como jugar en la calle. De niño intentaba imitar a Doncic, que sigue siendo mi ídolo. Y nuestro entrenador nos pone todavía jugadas del Chacho, para que veamos la tranquilidad con la que jugaba el pick&roll, ahora que lo estamos aprendiendo de verdad”. Silencio del chaval, mientras intenta continuar con la conversación, ordenando sus ideas. “Aunque reconozco que, quien mejor se lo ha pasado jugando al baloncesto, ha sido mi hermana. Mis padres nos llevaban alguna vez al pabellón de Pez Volador a ver jugar al Canoe. De niña ya conocía a todas las jugadoras. Le encantaba y era muy buena jugando. Ahora ha terminado la carrera, ya tiene un trabajo, pero todavía saca ratos libres para seguir jugando. Todavía me gana en uno contra uno, pero durará poco. Tenía una foto grande en su habitación de Laia Palau, porque era zurda como ella y una vez pudo abrazar a Anna Cruz, tras un partido”.
“Lo de las mujeres en España con el baloncesto, es un cuento de hadas. Se ha trabajado mucho con ellas. Había que dar con la fórmula y se juntó una generación, las que veía tu hermana, que eran lo mejor. Hay que seguir apoyándolas. Esta es buena, para que entiendas de dónde venimos. Me contaban que un gran directivo de nuestro baloncesto llamado Raimundo Saporta, tipo muy influyente incluso en la FIBA, preguntaba a las chicas del CREFF, el equipo de Madrid que en los 60 solían ser habituales campeonas de liga en España, qué ciudad les gustaría visitar de Europa, para emparejarlas con ese equipo en las eliminatorias previas de Copa de Europa. Como sabía que no pasarían de ronda, que eran muy flojitas, al menos que hicieran turismo. Organizamos en España el Campeonato de Europa en 1987 y quedar sextas fue todo un éxito. Luego, Blanca Ares primero y Amaya Valdemoro después, se atrevieron a mirar a los ojos a cualquiera. Eso era un salto casi al cielo. Y nuestra Selección ha llegado a ser plata olímpica y han ganado Eurobaskets, incluso campeonas de Europa de clubes. Fíjate si ha habido trabajo ahí. Mira el palmarés de Alba Torrens. Hay que apoyar a la Selección y a la Liga Femenina, porque ellas lo valen”.

Se mantuvieron en silencio unos instantes, absortos en sus pensamientos y amparados por la semioscuridad del recinto. La complicidad en la extraña pareja, ambos sentados y con la mirada perdida, uno con las manos entrecruzadas, el otro reposando la barbilla en sus brazos que se apoyaban en la barandilla de la primera fila. Silencio roto cuando se incorporó el viejo para marcharse. Se dio media vuelta y miró fijamente al adolescente. “Disfruta ahora todo lo que puedas. Del juego, de tus entrenadores y de tus ídolos. Porque con tu edad, te van a acompañar toda la vida. Yo he vivido jugadores increíbles, pero para mí no habrá otro igual como Nino Buscató. El primero que te marca, ese es para siempre”.
Subió las gradas con lentitud, dando la espalda al muchacho que sonrió y se quedó mirando la pista. Giró la cabeza instantes después para despedirse y, sorprendentemente, el señor ya no estaba. Preguntó días después por él y nadie trabajaba allí ni con su aspecto ni con su edad. Como si no existiera, como si hubiese sido producto de una aparición. Nunca más supo de él. Desde entonces, siempre se toma un momento para fijarse en los focos iluminados del recinto como garantes y testigos de aquella conversación. Guarda en su dormitorio la vieja fotografía enmarcada que el tipo olvidó, como único registro. Con una pegatina azul al dorso, mucho más reciente, donde se lee “Basketlover”. Y a seguir disfrutando en la pista. La soledad del 4,60. Un aro, un balón y una fantasía.

















