POR ENCIMA, ESTÁN LOS ÍDOLOS

Cómo toda una finalísima quedó, por momentos, en un segundo plano. Y no es que fuese su epílogo, pues aún quedan capítulo/capítulos por dirimir, pero sí era la posibilidad de una despedida. Y ante eso… Ante eso, tocaba descubrirse. Que el segundo partido de la final de Liga Endesa fuera tintado por las lágrimas de Rudy Fernández ante el improvisado homenaje de su afición, llegó a ser emocionalmente uno de los mayores impactos acaecidos en junio, en el crepúsculo de una temporada, en la historia de la ACB. 

Porque Rudy Fernández conocía el momento, la posibilidad de una despedida del mundo del baloncesto ante sus aficionados. Y estuvo centrado hasta convertir el 4 de 4 en triples y ser el más destacado en los suyos (14 puntos, máximo anotador del encuentro). Y, como siempre, defendiendo en el poste bajo ante su inferioridad física y lograr el zarpazo al balón, cortando en buena línea de pase un esférico que acabaría en canasta de un compañero. Todo aquello que puede hacer hoy día, todo aquello lo que su cuerpo le permite. Pero, claro, lo que no intuía era las muestras de cariño, no a ese nivel. 

Porque, ahora vayamos a la grada. Viendo su exhibición en los últimos minutos, comenzó a percibir que -puede- fuesen sus últimos minutos deleitándose con sus acciones. Y la alarma sonó con el último triple, como el preámbulo a lo que se avecinaba a falta de 01:50 para el final. Alarma hacia un impulso irrefrenable de corear su nombre, de rendirse al ídolo. A los pocos segundos, tocaba la sustitución y, mientras se tapaba la cara secándose e intentaba respirar, aún de forma entrecortada, no pudo contener una emoción que arrastra de golpe y hay que dejarse guiar por ella. El público en pie, vitoreando su nombre y asumiendo que eso no era un cántico más, que no podía finalizar ni las manos dejar de aplaudir, que el nudo subía del estómago a la garganta y tocaba seguir cantando a pesar de ello, porque era el sentimiento generalizado. Irrefrenable. Doce mil bastiones de pie, entregados. El ídolo ante ellos, quizás por última vez. Por sus canastas imposibles, por sus palmadas tras un robo y un mate que enardecía al público y sus compañeros, por trece temporadas que no perdían nitidez a la vista, a pesar de las lágrimas en casi todos. Y a seguir aplaudiendo, a seguir coreando su nombre, interpretado por cualquier traductor como un “GRACIAS ETERNAS”. En mayúsculas. 

El WiZink Center dejó testimonio de lo que significa el baloncesto en sus muros, la huella de las estrellas y cómo ha de idolatrar. Y homenajear. Rudy Fernández besó el escudo del Real Madrid en su camiseta, lloró y tras reponerse, supo agradecer. Él, que ha hecho soñar con sus vuelos, tuvo la certeza que esos aplausos también lo llevaron en volandas hasta ese momento tras tantos partidos. El de la probable despedida. En una finalísima de Liga Endesa que, como evento, dio un paso atrás y dio la mano al ídolo. Porque por encima, están ellos. 

 

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