Llegados al punto de la final de Liga Endesa, UCAM Murcia se concentra (y miren que debe ser difícil, pues la euforia es ese bailoteo que no deja reposar) de cara a la final. Real Madrid espera. Para entrar a valorar el enfrentamiento que eche el cierre a esta temporada 23/24, esta finalísima, tiempo tenemos según transcurran acontecimientos. De momento, desde Endesa Basket Lover, seguimos quitándonos el confeti de una semifinal a cinco partidos de lo más loca y excitante de la historia. Sí, el confeti por el festín de dos equipos que cada uno golpeó a su modo y forma, siendo UCAM Murcia quien más lo hizo. Y pensar que en 2014, con aquel Valencia Basket-F.C. Barcelona de semifinales, teníamos el convencimiento que, con esa imprevisible alegoría de “prohibido ganar el casa”, lo habíamos visto todo. La historia se repite.

En medio del “no lo esperaban”, se encuentra UCAM Murcia. Cuartos, quintos, otra vez cuartos, finalmente quintos… es un ejercicio que reclamaba nuestra atención viendo cada lunes la clasificación liguera. Conscientes de la solidez del grupo de Sito Alonso, pensábamos “pues sí, claramente este año toca Playoff en Murcia”. Playoff, punto. No nos aventurábamos a nada más que, sin ser cabeza de serie, parecíamos entrar en el terreno de los sueños. A Valencia Basket les sacaron todas las flaquezas y heridas mentales “enmochiladas” a la espalda a lo largo de un año convulso. Sin embargo, en semifinales se topaban con el equipo con más dureza mental, más consistente e intenso de toda la competición. Hablando de flaquezas, quien menos las habían mostrado, eran los verdes de Unicaja. Pues como un listón, cada vez un poco más alto, en salto de altura a la busca del más difícil, casi del imposible, parecía que todo Murcia saltaba con los jugadores a cada partido. Han llegado a la final. Y ahora, sí ¿por qué nos ha encandilado este plantel de UCAM Murcia?
Han sido capaces de sacar las debilidades psíquicas de su rival, ahondar en sus miedos, recopilar todos sus temores y exponerlos, sobre todo, en el quinto día. Que si la zona pa’rriba, que si la zona pa’bajo. Miren, la zona planteada por Sito Alonso estaba más que estudiada y en ocasiones, bien ejecutada para atacarla por los hombres de Ibon Navarro. Pero si un primer tiro no entraba, un segundo tampoco, las miradas se helaban y buscaban alternativas guiadas por el impulso de una afición que exasperaba en busca de respuestas urgentes. Y esos miedos arrastraban impaciencia y lanzar en la segunda mitad más triples (20) que tiros de dos (16), con un pírrico 6 de 20. El que no anotasen en los últimos 05:29 del partido fue la guinda. Todo esto fue tierra de labranza murciana en las cabezas malagueñas.
Todo esto no sería posible si no fuese por la dureza de los murcianos que cuando tocaba ser yunque, aguantaban y cuando era el turno de ser martillo, golpeaban. Sin perder un ápice de su convencimiento. Manifestaciones de fuerza cuando veían cómo les arrebataron hasta cuatro rebotes consecutivos en su tablero, obligados a volver a defender y tragarse el oprobio de otro rebote ofensivo que les capturaban (7 en el segundo cuarto). Ellos, que habían mostrado luchar como posesos en el rebote ofensivo en los dos primeros capítulos del Carpena, que Kurucs Sleva, Sant-Roos, Morin volaban desde atrás, para tocar balones con el afán que la posesión fuese suya. Parecían poseídos por momentos.
El acierto de Giannis Morin. Aquí hemos de hablar de la gerencia técnica, ahora que hablamos de UCAM Murcia como presupuesto limitado para confeccionar una plantilla. Morin, pívot desconocido de la zona más recóndita de liga francesa, fue acertadísimo fichaje del club pimentonero, dotando al plantel de un significado ofensivo que hasta entonces no tenía. La contundencia interior que les daba Simon Birgander o la fantasía y creación de poste bajo de Marko Todorovic, dio paso a una nueva forma de jugar con Morin. Maestro desde el poste alto, cuando recibía, hacía estallar la defensa cajista con su capacidad de pase, sobre todo el juego generado por línea de fondo. Como cohetes remontaban sus compañeros esa área del campo a los pases certeros del francés, que amenazaba (y bien hacían de temerla en Málaga) con su tirito en suspensión. Con la cicatriz entre ceja y ceja, que le parecía arder cual Harry Potter cuando tocaba ganar el partido, en el cierre de la serie ante Valencia Basket logró un 5 de 5 en tiros de campo, para continuarlo estas semifinales con 18 de 26. Las opciones con él en pista se multiplicaban exponencialmente.
El tiro exterior. El tener un devastador 42,6% en triples en los dos primeros partidos, las dos victorias iniciales en el Martín Carpena, puede cambiar el guion al más pintado cuando has de enfrentarte a ellos. Que los triples más certeros vinieran de tipos altos, jugueteando entre la posición de alero-ala pívot, sean por parte de Dustin Sleva y Rodions Kurucs (11 triples de 18 intentos entre ambos en los partidos 1 y 2), puede llegar a marcar el devenir de la serie. Su convicción parecía inabordable. Que, a continuación, no tuviesen el mismo acierto (5 de 22 en el resto de la serie), no les restó un ápice del “quien da primero…”, reciclándose a otro tipo de rol más sacrificado, sin perder liderazgo. Como lo que hizo Kurucs.
¿Cómo es posible la evolución de alguien que se veía perdido en Sevilla hace un puñado de meses? Que -eso sí- nos dio pistas de lo bueno que podía llegar a ser en la Copa del Mundo de las lejanas Filipinas y que, colmado de confianza y apoyo en Murcia, ha llegado a ser uno de los mayores puntales de nuestra competición. Rodions Kurucs anotó 21 y 26 puntos en el segundo y cuarto de la serie, cuando parecía que encumbraba a su equipo a la final y cuando, todo lo contrario, cerraba con amargura los ojos con el pálpito que se perdía esa histórica oportunidad tras la derrota en el cuarto envite. Sus triples, su batalla en la zona, por cada balón y esa especie de “¡banzai!” vociferado cuando iba con todo hacia canasta, daban en su intensidad, un tipo de liderazgo en el que sus compañeros se apoyaron. Casi como los triples de Troy Caupain… en qué momentos, sobre todo.
Y Dylan Ennis. Sus lágrimas finales explican la GRANDEZA del Playoff. Así, en mayúsculas. Un tipo que no ha estado acertado en lo que se le paga, sobre todo anotar, que llegó al quinto partido con un 10 de 32 en tiros de campo (31,2%), acompañado de un desquiciente 2 de 16 en triples (un más que frustrante 12,5%), tiene la dureza mental y la capacidad por sus arrestos y bemoles, decantar la balanza hacia los suyos en el quinto y definitivo. Tres canastas consecutivas de las de “yo me lo guiso”, elevándose sobre el resto y dejándose notar, en poco más de minuto y medio para sembrar mil dudas en el recinto malagueño y dejar a falta de 4 minutos para el final que el resto rematara la faena. 19 puntos en total y un llanto que emocionó a todos.
Todo ello, con la disciplina de prohibido perder la brújula cuando iban mal dadas, cuando el quinto partido comenzó como en el tercer y el cuarto, a la deriva. Fortaleza e iniciativa marcada por Sito Alonso desde el banquillo, otro de los grandes ganadores de esta serie, han plantado al UCAM Murcia en la final. Que si nos lo dicen en septiembre… Pues estamos en junio y aquí, en Endesa Basket Lover, seguimos encandilados por lo que han hecho. Entre otras cosas, que han creado ambos clubs una rivalidad, un antes y un después. A partir de ahora, cada vez que haya un Unicaja-UCAM Murcia, UCAM Murcia-Unicaja, siempre nos remitiremos a lo vivido a lo largo de este curso 23/24, por las cicatrices que han dejado batallas de leyenda que siempre recordaremos. Alegoría al baloncesto.



















