RETRATO Nº 124: BOB McADOO, LA PUERTA EN EUROPA A ESTRELLAS NBA

RETRATO Nº 124: BOB McADOO, LA PUERTA EN EUROPA A ESTRELLAS NBA

Final Copa Intercontinental: Tracer Milán 100-84 F.C. Barcelona (20.09.87)

Que alguien como Robert Allen McAdoo aterrizara en Milán para jugar con la Tracer, cambiaba el concierto del baloncesto en Europa. Los italianos, prestos a adquirir los mejores estadounidenses del mercado, apostaban por veteranos NBA, buenos jugadores de rotación (que ya era mucho pedir) o jóvenes prometedores que no se atrevían al maltrato de un puñado de minutos en tan exigente liga. Bob McAdoo era mucho más que todo eso. 

Era el verano de 1986 y 500.000 dólares por dos temporadas fueron los culpables para que un All Star, jugador que llegó a ser máximo anotador de la mejor liga del mundo con los hoy día Clippers (entonces llamados Buffalo Braves), girase la cabeza hasta “nuestras vidas”, con 35 años. Una cantidad impensable. Para que lo entiendan, Karl Malone cobró 225.000 dólares en los Utah Jazz y amenazó con irse a Italia un año después (le tuvieron que subir hasta los 835.000, claro). Bob McAdoo tenía el caché y el nombre. Ahora debía mostrar todas esas credenciales.

21 temporadas pasaron desde que Milán se había proclamado única y última vez campeón de Europa, con aquella estrella universitaria de Princeton, Bill Bradley, que antes de pisar tierra NBA, hizo prevalecer su formación académica y desplazarse a la prestigiosa Oxford, pasándose por el corazón de la Italia norteña y hacer al Olimpia Milano ganar el máximo cetro continental. McAdoo significaba cristalizar en realidad todos aquellos sueños de aficionados por alzarse encima de los históricos Varese, Real Madrid, Maccabi o los yugoslavos. Y para empezar, el asombro. 

Disputar una eliminatoria previa antes de la fase final de Copa de Europa como equipo puntero y perder en Salónica ante el Aris, por 98-67… pero esto, ¿qué es? Un revolcón de 31 puntos para encarar tal desventaja en el partido de vuelta. Que un tal Nikos Galis anotase 44 puntos de todos los colores, mostraban un cuadro muy diferente a lo que vio en el Torneo de Navidad del Real Madrid en 1971, única estampa que tenía de Europa cuando militaban en la universidad de North Carolina. La progresión de nuestro baloncesto y aterrizar en mitad de una década dorada en Europa, resultaron ser impactantes. Cierto que con un genio de los banquillos guiándole, Dan Peterson, junto a unos compañeros más cercanos a los cuarenta que a los treinta, incluso más veteranos que él (Dino Meneghin y Mike D’Antoni entre ellos), solventaron la vuelta con un 83-49 que les daba el pase a la fase final y ser campeones de Europa en 1987.

Vean la foto. Así recordamos a Bob McAdoo en Milán, como en esa magnífica suspensión ante nuestro Epi. Balón muy arriba, todo lo que daban sus brazos, ligero golpe de muñeca y ni tan siquiera hacer seguimiento del balón, dejando caer las manos en un gesto muy particular. Esteriotipo único de una suspensión. Era un tipo que sabía estar en todas las circunstancias, situarse en el rebote, sabiendo jugar al poste si se le necesitaba, como ganar un concurso de triples en el All Star italiano. Alero de 2,06 de estatura que se hacía enorme y que abierto, con un bote era capaz de levantarse donde nadie llegaba. Y anotar, claro. Sobre todo en los momentos comprometidos. 

Supo empaparse de Milán, de su cultura y elegancia, aunque eso él lo llevaba de serie en su forma de ser. Encontró en este rincón del mundo su sitio como para permanecer cuatro temporadas. Y hacer de nuevo a la Tracer Milán campeón de Europa en 1988 en nuestra primera Final Four europea, a pesar de las amenazas de Kevin Magee y el Maccabi, Galis&Giannakis nuevamente con el Aris y un grupo de jóvenes serbios que empujaban fuerte, con Djordjevic, Paspalj y Divac siendo ya importantes. Mike D’Antoni, Roberto Premier, Rickey Brown, Dino Meneghin y nuestro protagonista fueron el quinteto para la historia, el que acaparaba minutos y lograron el último cetro europeo para la ciudad. Ya ven si era importante. “Este grupo ya ha ganado cosas antes de llegar yo” confesaba tras esa segunda Copa de Europa. “Pero trabajamos muy duro para seguir arriba”. Los finales igualados de partido, los gestionaban como nadie. Sabían detectar cómo y dónde hacer daño al rival. Y todos hacían una piña, cargados de una fascinante ilusión para el número de temporadas que llevaban sobre sus piernas. 

Para los aficionados españoles, Bob McAdoo era un tipo que te mataba de mil formas diferentes, sin ser foco de todas las miradas, de forma discreta, elegante. Supo leer el baloncesto europeo primero y aprender lo necesario para la transición de llegar a ser una estrella y ganar todo. El año de su llegada, apareció por Roma George Gervin, pero era ya alguien cargado de problemas. Poco después fueron Alex English, Artis Gilmore o Adrian Dantley quienes pasaron por el dolarizado “pallacanestro”, pero nada comparado con la huella que dejó el hombre al que dedicamos hoy un recuerdo. Un magnífico jugador, un buen tipo, con ganas de disfrutar del baloncesto y hacernos disfrutar en toda Europa. Sin distinciones ni colores. El baloncesto es arte. Y él lo tenía para hacerlo extensible a todos. 

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