RETRATO Nº 123: Vladimir Tkachenko, un icono más allá del deporte

Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte. 

RETRATO Nº 123: Vladimir Tkachenko, un icono más allá del deporte

por Antonio Rodríguez 

Final Eurobasket Checoslovaquia’81: URSS 84-67 Yugoslavia (05.06.81). 

Recientemente, vi un clip de vídeo en redes sociales en el que un monologuista de los que gusta interactuar con su público, preguntaba a una espectadora si la localidad que ocupaba, era la suya. “No, me he cambiado. Es que el ‘Tkachenko’ este que tenía delante, no me dejaba ver”. Vladimir Tkachenko se retiró hace más de 30 años del baloncesto. Amigos, eso sí es trascender. 

No hay nadie cuya inquietud vivida entre su infancia, adolescencia o juventud en la década de los 80, no sepa quién es Tkachenko. Nadie. Pudiera ser adolescente ajena del deporte, monje enclaustrado en monasterio o cultureta redimido a su causa. Todos sabían quién era esta mole de 2,20 centímetros y profuso mostacho. Imponía solo viéndole en la tele. Imaginen en persona, el personaje más aclamado a quien pedir un autógrafo, donde en sus enormes manos no veías ni resquicio del bolígrafo. 

Siempre fue la justificación para que la Unión Soviética, como selección, venciese en todo y a todos. Aún muy joven, lo llevaron a los Juegos Olímpicos de Montreal’76, donde fueron medalla de bronce. Yugoslavia les apartó de la esperadísima final ante Estados Unidos, tras el escándalo de Munich’72. Y también los yugoslavos fueron quienes les desplazaron del oro en el Mundial de Filipinas’78 y los Juegos -sus Juegos- de Moscú’80. Entre medias, oro en los Eurobasket de Oostende’77, Turín’79, Praga’81 y en el Mundial de Calí’82. Cuando Aleksander Gomelski, el insigne entrenador de la URSS fue apartado de su cargo, en 1985, las predilecciones del sustituto, Vladimir Obukhov, fueron otras y Tkachenko no pasaba por ellas, siendo ninguneado.

 Desde la lesión de su maldita espalda, que le privó de jugar el Eurobasket de Nantes’83 y tras arrasar sin paliativos en el Preolímpico europeo de París’84, el boicot le impidió junto a sus compañeros disputar los Juegos de Los Angeles’84. Aquello supuso su canto del cisne. Con esto, queremos reiterar que tal influjo duró tan solo un puñado de años al máximo nivel (desde 1976 hasta 1984) para llegar a ser lo que fue. Tanto con el Stroitel de Kiev como el TsKA Moscú se paseaba por nuestras canchas en competiciones europeas y acabó incluso, en el fin de sus días deportivos, jugando para el Guadalajara de 1ª B (el equivalente a la LEB Oro) en la campaña 90/91. 

Vladimir Tkachenko era el jugador que superaba el 80% en tiros de campo, pues cuando ganaba la posición, era recibir y anotar, recibir y anotar. Pases bombeados, ante un tipo que era más fácil saltarle que rodearlo. Imagínense la inoperancia de unos defensores a los que no se les veía en su ardua tarea de marcarlo. Como recuerda Fernando Romay “cuando yo me presentaba en los campeonatos de selecciones, era el bajito dentro de los grandes”. Y al lado de Tkachenko, con el que se enfrentó en innumerables ocasiones, era un alfeñique. Sus dimensiones, su espalda, sus hombros peludos y sus manazas, tan inmensas como una plaza de toros cuando las abría para pedir el balón, eran una atracción, ya decimos, mucho más allá del deporte. Nuestras madres, trayendo la cena a la mesa, se quedaban absortas viendo aquella enormidad evolucionar sobre la pista. Es que era de unas dimensiones hipnóticas. 

Pero añadan a esa corpachón, añadan. Alguien inteligente y muy bien enseñado para jugar al baloncesto. Para eso del “recibir y anotar” dejando la bandeja, con su movilidad, había que tirar de materia gris y saber ganar la posición sin tirar de la superioridad física empujando, sino ganarla con las artes del reglamento y luego, por supuesto que se aprovechaba de él, para mantenerlo. No había forma de moverlo. Desafortunadamente, le tocó vivir un baloncesto arbitrado de una forma bastante sensiblera para los grandes interiores. A nada que se pegasen a él como una lapa y viesen cómo alzaba los brazos para anotar, se tiraban al suelo en las mejores recreaciones teatrales (¿verdad, Juan Domingo De La Cruz?), picando y señalizándole falta, mucho más de lo que el reglamento regía… y los aficionados querían. No restamos mérito a las acciones del “lagarto”, que aprovechaba su rapidez para anticiparse en los pases, pero sí reconocemos toneladas de interpretaciones artísticas en sus faltas provocadas en ataque ante el gigante ucraniano. 

Al final de su carrera, cuando la espalda le limitó aún más su movilidad (era asombrosa las dimensiones de la enorme faja que le sostenía la zona lumbar), decidió que lo de tirar desde fuera era un recurso y ahí le tenían lanzando triples, con aquella pelota de tenis anaranjada (o al menos, eso parecía) entre sus manos, colando lanzamientos desde más allá de los 6,25.

Por encima de sus logros deportivos, queda la estampa de “Valodia” Tkachenko (que en contraposición de nuestro “Tachenko”, realmente se pronunciaba “Kachenka”). En nuestros corazoncitos está el impacto de aquel hombre, aquel icono del deporte que despertaba simpatías por lo bonachón que era, nunca protestón (y miren que tenía motivos), educado, las más veces resignado, que jugaba al baloncesto y, casi siempre, hacía ganar a los suyos. Sus 2,20 y sus mostachos escribieron la década de los 80 en imágenes, tanto como la marca en la cabeza Mikhail Gorbachov o los pasos “moonwalker” de Michael Jackson. Solo mencionar su nombre, evoca otra época en nosotros. 

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