RETRATO Nº 122: Howard vs Schultz o el nuevo orden arbitral

Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte. 

RETRATO Nº 122: Howard vs Schultz o el nuevo orden arbitral

Copa del Rey 84/85. Semifinal: Ron Negrita Joventut 83-79 F.C. Barcelona (27.11.84)

Observen esta foto. Prolonguen estos instantes. Con el hipnotismo que provocan las imágenes en redes sociales, vuelvan a observarla. Toda la agresividad y toda la virulencia que conlleva. El asombro por una canasta que no se materializa y la pugna por no lograrse, aún en liza. Sus protagonistas, Otis Howard (F.C. Barcelona) y Mike Schultz (Ron Negrita Joventut). Quizás mejor sería decir que sus protagonistas fueron los fotógrafos de la mítica revista Nuevo Basket, Josep María Arolas, Franco Pinotti o Miguel Ángel Forniés. Cualquiera de ellos pudo tomar esta instantánea y llevárnosla, a página completa, con toda su magia, en el especial de la publicación de Copa del Rey. Para los estudiantes, el nuevo forro de sus carpetas. 

En esta segunda edición de Copa del Rey con el formato semifinales-final en una sola sede (esta vez en Badalona), tras el éxito de Kevin Magee un año antes -del que recientemente cumplimos el 40º aniversario-, la competición volvió a hacerse fuerte en este partido de semifinales, con los verdinegros desbancando a los azulgranas de la gran final. Pero volvamos a la fotografía y todo lo que inspira. Otis Howard, uno de los “matadores” más feroces de nuestra competición, ante Mike Schultz (que en paz descanse), uno de los defensores más sacrificados. 

Nacho Solozábal parece un espectador de lujo ante tal estampa. El mate fallido con la mano dentro del aro por si algo sirviese, el movimiento de la red por la inercia de una intensidad que hace saltar chispas, el posicionamiento de Schultz sin ceder un centímetro, con el cuerpo en tensión e intercediendo con su brazo derecho y las enormes muñequeras de las que hacía siempre gala, forman una sinfonía pictórica. Esta estampa representaba un nuevo orden mundial en el baloncesto. Al menos en el baloncesto español -y por extensión, europeo- traído desde Estados Unidos. 

El primer lustro de los 80 parecía una continuidad de la década de los 70 respecto al criterio arbitral. Nuestro deporte era algo grácil, dinámico y elegante, que pocas concesiones físicas concedía. Al escaso contacto, los árbitros se afanaban en señalizar faltas personales que, con la mentalidad de hoy día, desesperarían al más pintado. Sin embargo, poco a poco fueron llegaron unos “intrusos” que resquebrajaron este panorama y establecieron un nuevo orden, en el que el estamento arbitral debía habituarse. La venida del segundo extranjero a nuestra liga, la mayoría pívots, proporcionaba aparte de un salto de calidad, una agresividad en las zonas que para nada estábamos acostumbrados a ver. Luchas por la posición y guerras individuales en el poste bajo previo a la recepción del balón, hicieron ver a los árbitros que tocaba variar el criterio, que no la norma. Que tales pugnas formaban parte del juego y sobre todo, del espectáculo. Había que dejar jugar. Piensen que solo hay tres años de diferencia entre esta estampa y las primeras imágenes de Fernando Martín y Audie Norris. En un puñado de años, se había alcanzado esta maravillosa temperatura en nuestras pistas. 

Recordamos que, en la anterior edición de Copa del Rey, los árbitros de la final fueron entrevistados al descanso, por un Pedro Barthe escandalizado del exceso de agresividad -casi violencia según él-, que se estaba dando en la lucha interior y que los colegiados estaban permitiendo. “No es así. Estos jugadores juegan de esta forma habitualmente y tenemos la obligación de permitirlo, dentro de un orden”. Un nuevo escenario se imponía y las estrellas, los estadounidenses en su mayoría, con la calidad exigida ante el boom reinante en nuestro país, eran las estrellas. Y tenían que “pegarse”. 

Aquellas disputas entre Abdul Jabbar y Moses Malone que veíamos allá en la luna (porque la NBA, para nosotros, era “la luna”), se trasladaban con Mike Davis, Fernando Martín, Wayne Robinson, Kevin Magee, Mike Phillips, Andrés Jiménez, Art Housey, Chuck Aleksinas… y ya lo ven, Otis Howard y Mike Schultz. Con el enorme talento que atesorábamos entre nuestros mejores representantes españoles, la venida de la pareja de extranjeros en el afán de importar centímetros, músculo y talento a nuestras fronteras, se iba conformando un peculiar tetris en nuestras pistas, para que todo encajara en un gran espectáculo. Y que se dejase desarrollar. 

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