Y que en cada uno aflore su momento más representativo, porque todos tenemos uno favorito, el que se desmarca del puñado que se hacen sitio casi a empujones. Que, en los últimos años, hay repertorio para elegir. Si festejamos esta semana los 100 años de la FEB, su ventanal más coloreado es, obviamente, la Selección Española y de ahí, lo que quieran en el menú. En masculino y femenino, en todas las categorías y campeonatos. Cumplir sueños, en definitiva, porque incluso de ello -o de la falta de ello- ha habido también en forma de madrugadas, dos finales olímpicas en dos domingos, sean un 10 o un 24 de agosto, un 1984 y un 2008. Y lo que más nos conmueve, la génesis de estos éxitos, la afanosa carrera hasta el “hasta aquí hemos llegado”.

Hubo una tarde en el que Anna Cruz obró un milagro corriendo la pista, saltando a una pierna y lanzando una lejana suspensión con rectificado incluido, para conseguir la victoria en cuartos de final y volar hasta una posterior final olímpica. Lo milagroso fue que el tiro entrara. Todo lo demás, fue un trabajo admirable. Era 2016, matinal en Río de Janeiro, en lo que más pecho gusta sacar en nuestro baloncesto por el momento: frotar el brillo de las medallas de plata olímpicas. Esta vez, era femenina. Femenina, oigan. De una Selección Española que se clasificó por primera vez para unos Juegos en 2004.
Antes de eso, de la primera cita entre cinco aros desde que tuvo su arranque en Montreal’76, tan solo una invitación en Barcelona’92 por lo de ser anfitrionas, en la que no se pasó desapercibidas. Y no hablamos del resultado (quintas finalmente), sino por lo que se inició en nuestro país para tal convocatoria. Hay que ser muy, muy creyente en un proyecto y tener una fe inquebrantable como Federación de Baloncesto en el camino a seguir, para embarcarse en el pequeño navío que suponía el baloncesto femenino entonces y hacer frente a todas las tempestades que debieron afrontar en el Plan ADO, haciendo jugar al combinado español en liga, como un club más, en una de las GRANDES historias del deporte en nuestro país.
Esa iniciativa que vio la luz en 1988, arriesgada, criticada y entre todas las trabas posibles, fue la base de todo. De tener agujetas en los primeros días de concentración con el Equipo Nacional a principios de los ochenta, a la búsqueda de la profesionalización, por competir con las mejores, del ÉXITO. Y tras el milagro del oro en el Eurobasket de 1993, comienzan a florecer jugadoras con otro rigor competitivo. Más preparadas, más ganadoras y, a partir del siglo XXI, con físicos que se acercan a la élite. De Rosa Castillo a Blanca Ares a Amaya Valdemoro. Y la mirada de las rivales ya era diferente. El camino creado por Ángel Palmi entre otros, ya está trazado y solo hay que continuarlo. Ver hoy día el dominio del baloncesto español en categorías inferiores y lo que arropa eso a la Selección Absoluta, sentirse en un trono arriba del todo, cuando hace no mucho era un solar con todo el empeño en nuestras representadas, es un logro de unas dimensiones incalculables y, por supuesto, vertiginoso. Nos encanta destacar en Endesa Basket Lover esta gesta -porque lo es- como primer vértice en el la FEB mostró su eficiencia en la reválida más complicada.
CON LA VISTA EN EL FUTURO
El termómetro de la Federación Española de Baloncesto se mide muy nítidamente con los últimos títulos de la selección absoluta masculina. Que ahora mismo sean los campeones de la Copa del Mundo y del Eurobasket, algo inesperado, logrados en un supuesto período de transición, es la clave. Ya no se trata de generaciones “de oro”, sino que se sigue engordando con enorme talento y de forma constante esta Selección, el mayor escaparate con el que cuenta la FEB. Pueden salir más o menos nombres con calidad superlativa, pero el goteo ya es permanente.
La formación construida desde los grandes equipos de la ACB junto con otros más modestos, ya al cargo de la Federación, es una estructura por la que soñábamos hace unas cuantas décadas como el modelo perfecto a buscar. La comunión del trabajo día a día, junto a las ligas, concentraciones y competiciones que aglutinan ambos entes, con la supervisión -y aquí entra la clave de todo- de enormes profesionales, da el producto con el que contamos. Claro que, puestos a exigir, nos gustaría que tal estructura se ramificase bastante más, que no fuesen tan solo los focos habituales. Tener la capacidad de formar para la élite a chavales desde puntos de nuestra geografía que hoy flaquean más, disfrutar en un futuro de más Fran Vázquez o José Calderón venidos desde ciertas zonas de Galicia o Extremadura, que no son tan habituales, que consigan llegar a lo más alto, sería el regalo de la consolidación de toda nuestra geografía.
LA HISTORIA DE UNA FEDERACIÓN
Son 100 años los que se celebran de tantas cosas… Una solicitud un 30 de julio de 1923 al Gobierno Civil de Barcelona, de unos estatutos para la creación de la Federación Nacional de Basketball, ha sido la peonza de infinitas vueltas en nuestro baloncesto patrio. Fantaseen si Fidel Bricall, el primer presidente nombrado semanas después, en su afán de “estimular la afición por el juego del basketball” y deseo que lo practicaran “todos los jóvenes sanos y robustos”, se topase delante de Pau Gasol. Esa estampa de admiración encerraría cien años de un glorioso camino que, para llegar al de baldosas amarillas, ha habido que surcar pedregosos tránsitos, dudas, gestionar éxitos cuando aún no estábamos preparados y que las circunstancias obligaron a ello.
La FEB ha debido adecuarse a todas ellas. Presidida por Gonzalo Aguirre, aquel segundo presidente tras Bricall, que tuvo que pagar de su bolsillo los billetes de tren a Ginebra de los jugadores, que posteriormente lograron la medalla de plata en el Eurobasket de 1935 o por el general Querejeta, aunque ya con Anselmo López, otro gran nombre, en la retaguardia. Este último, uno de los grandes impulsores del baloncesto, hasta que llegó a presidir la FEB y trasladar el baloncesto a todos los rincones de nuestra geografía, que no fuese tan solo coto de capitales. Ernesto Segura de Luna siempre irá implícito a un “pensar en grande” cuando la Selección Española estaba muy lejos de ser competitiva, albergando un Campeonato de Europa en 1973 con tanto cariño y rigor, que aquel septiembre de 1973 fue el “Día I”, cuando quienes disponían de televisión en sus casas, se agolparon en masa para ver emocionados y por primera vez, cómo los nuestros derrotaban a la Unión Soviética y jugaban toda una final.
“Vestir de chaqué cuando se calzaban alpargatas”. Esa gran frase del periodista Justo Conde ilustra el salto cualitativo dónde se partió y dónde se alzó nuestro baloncesto de la mano de Raimundo Saporta, el gran nombre de esta historia. Nunca quiso ser el líder de nada, pero sí el segundo de todo. El directivo que supo moverse en todos los estamentos, devoto del balón y el aro y de todo el mundillo que se congregaba alrededor. Desde finales de la década de los 40, donde no había apenas nada, hasta los primeros años 80, cuando España ya era reconocida a nivel mundial por su baloncesto y su aval fue, nada menos, una medalla de plata olímpica en Los Angeles’84. Imaginen un trayecto de treinta y tantos años, paso a paso, hasta conseguir que nuestro deporte fuese el de moda, el que se proyectaba a ser el del siglo XXI, a que pocos combinados arrastrasen tanta admiración como los Epi, Corbalán, Fernando Martín, Jiménez o López Iturriaga, entrenados por Antonio Díaz Miguel.
Tanto éxito, que le tocó gestionar al siguiente presidente, Pere Sust, se atragantó. Hubo que aprender a prepararse para una nueva oleada semejante que, viendo el panorama en la década de los 90, no se barruntaba. Y miren que todos los nubarrones en la selección, parecían paisajes soleados en la base, que condensó el éxito. Los Campeonatos de España junior se diversificaban en títulos entre Joventut, Unicaja, Estudiantes, CAI Zaragoza… ya no eran cosa de Barça y Madrid tan solo. Y cuando estábamos a punto de dar la bienvenida al siglo XXI, con Segura de Luna de nuevo en el cargo, aparecieron los “juniors de oro” y todo cambió. Y se empezó a ganar. Y ganar.
La Selección Española, sus componentes y grandes nombres, junto a un italiano, Sergio Scariolo, liderando el banquillo, llegaron a ser una marca por sí sola. Y a esa imagen se quieren alzar sponsors, algo que vio muy claramente el siguiente presidente, José Luis Sáez. Y a lomos de los Gasol, Navarro, Calderón, Chacho, Reyes o Llull, de oros (sí. Al fin, de medallas de oro), llegamos a la actualidad con sus relevos en pista y con Jorge Garbajosa como actual presidente.
A SEGUIR TRABAJANDO
La estructura es sólida, aunque hay que seguir insistiendo en tan prolífico plan con la humildad de siempre. El éxito con los combinados nacionales de este verano en categorías inferiores, sigue corroborando que lo que se está haciendo, se hace bien. Quedan pendientes las ligas. Tanto las LEB o EBA como las diferentes Liga Femenina, han de dar un paso más en profesionalización y en gestión. Se desaprovechó una gran oportunidad cuando los dineros llegaban en la primera década de nuestro siglo, invirtiendo en nombres en pista más que en la solidificación de una base en los clubes. Y sí, ahora es un reto al que apostar. La LEB Oro este curso, por la calidad de sus equipos, puede ser un gran atractivo que hay que fortalecer. Liga Femenina debe seguir con modestos, pero seguros, pasos hacia un tiempo que… oigan, que hemos tenido en Ruth Riley una MVP de todos unas finales WNBA por nuestras pistas.
Buscató y Emiliano, Luyk y Brabender. Pepu y Aíto, Wonny Geuer y Betty Cebrián. Chema Buceta e Ignacio Pinedo. Herreros y los Hernangómez. No olvidemos a nadie. Son 100 años para celebrar, para darles las GRACIAS por tanto pasado, por tanto que queda por venir.


















