REINAS DE CORAZONES

Pasados unos días de la locura que se vivió en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid este último fin de semana, la medalla de plata de toda una Copa del Mundo, brilla aún más. Ese ejercicio que nuestras representantes, entre sollozos, tuvieron que obligarse a creer, entre el fulgor de una plata y los ojos vidriosos testigos en las gradas, toca ahora valorarlo con total nitidez. Subcampeonas del mundo sub19 y, sobre todo, compitiendo hasta en la última posesión por el título. Ante Estados Unidos. Nada menos. 

La embaucadora sensación de ver el aspecto interior del Palacio sobre todo, el convencimiento entre los aficionados del “nada es imposible”, permeables ante ese arrebato que nada les detendría, confluyeron en una atmósfera única.  Parecía que no había límites en las chicas entrenadas por Bernat Canut y su cuerpo técnico. Sus gritos, gestos de rabia tras la acción defensiva, cada entrada suicida que acababa en canasta… resortes en unos asientos que convencen en que este deporte es algo diferente, único. Reinas de corazones.

Y eso ha sido una constante desde el primer día. El dominio en la fase previa a las eliminatorias, la victoria ante Francia (72-59) luciendo un juego preciosista, se presenta en la calle Goya, donde las rivales tendrían más entidad, más conocimiento de nuestras virtudes y que, incluso con esas, se han derribado casi todas las barreras. La primera, con estruendo, puesto que con Lituania había alguna cuenta pendiente, hasta llegar a apabullar (67-49). Y la posterior semifinal ante unas canadienses con mucho talento (77-70), daban paso al éxtasis de estar en una final. 

Ana Junyer, la tutora de la FEB en esta ocasión del combinado, pudo narrar cuentos a nuestras representantes de otro tiempo, otras batallas, cuando ella era junior. Al baloncesto español femenino ni estaba ni se le esperaba. En 1981, en el Eurobasket junior (que no Mundial), ella fue de las más destacadas en un equipo que se clasificó en… 9ª posición. Y más contentas que unas pascuas. De eso venimos y por ello, que estas chicas hayan sido subcampeonas del mundo da la dimensión real de la evolución y del trabajo bien hecho con el baloncesto femenino en España, desde hace ya muchos. Y ante ocho mil espectadores. 

Como estandarte, una MVP más que merecida. Iyana Martín, a sus 17 años, ha logrado ser la mejor de todas. A propósito, es una de las chicas protagonistas del documental Endesa Basket Lover, “Basket Girlz, the coming of age” -disponible en youtube-, donde tenemos el privilegio de ser testigos del día a día, en el programa Segle XXI, de una estrella en ciernes, que nos ha encandilado con su juego y su inventiva. Parecía que el parquet virtual era el atrezzo para exhibir su virtuosismo y calidad. Con su chispa, su viveza y su amplia lectura, ha sido capaz de hacer del defecto, virtud. Con su cuerpecillo aún por formar, dos años menor que el de la mayoría de las rivales, era capaz de entrar a canasta y jugar con todos los choques, impactos y desplazamientos que la desequilibradan, para encauzar esa inercia, aprovecharla y lanzar, con su zurda maravillosa, tiros impensables que entraban. Porque esta chica tiene “gol”. Ya puede ser forzado el tiro que, si no entra, está a punto de entrar. Tocada por los dioses de nuestro deporte. Su entrada a canasta para empatar la final a poco más de un minuto, es un sincronizado amasijo de todo lo comentado, unido a su hambre por ganar. Han sido 16,1 puntos de promedio (con mucho, la máxima anotadora nacional) y un 59,1% en triples. 

LA DEFENSA, UN SELLO EN LAS ESPAÑOLAS

La defensa era la religión en la que se comulgaba. En todos y cada uno de los partidos, nunca ha fallado. No era cuestión que interiormente se contara con tres jugadoras altas con movilidad que supieran proteger el aro, como Awa Fam, Daniela Ikponmwosa  y Ariadna Termis. La gran fortaleza venía de la presión al balón, sobre todo en la línea exterior. Ahí sí que se notaba que la potencia física de esta generación era importante, marcando un sello y el temor a quienes se plantaban delante. Elena Buenavida, Deva Bermejo, Alicia Florez y Carla Brito (jugando en ocasiones de teórica ala-pívot), todas dieron un punto de agresividad muy grande, asfixiando ideas rivales. Añadan la anticipación y la pillería de Iyana Martín para robar balones. 

El trabajo para conseguir la sincronización perfecta, tanto en los cambios de asignación (que eran, por regla general, de forma automática), como los automatismos y reajustes posteriores, para que no hubiese desventajas de estatura, solo ellas lo saben. Presionar al balón, volcarse en dos contra unos y negar líneas de pase, todo ello ha sido una tónica en las que, cualquier adversario, ha acabado claudicando. El 35,6% en tiros de campo de las rivales (ojo, con un 23,4% permitido en triples), tan solo ha sido manejado por las canadienses, con un 40,7% -y como ven, no del todo- y las estadounidenses (42,2%).

EL PRIVILEGIO DE DOMINAR EL UNO CONTRA UNO

Cuando en los últimos minutos de la final, Elena Buenavida arranca en uno contra uno y saca una falta a un tiro inverosímil, superando a dos adversarias estadounidenses, se vuelve a creer, una vez más, en la remontada. 64-66 tras la conversión de tiro adicional -¡qué fe!-, fiel jugada a uno de los grandes poderes de este equipo: el uno contra uno de estas chicas, en poco tenían que envidiar a las americanas. Conseguir aclarados y que ellas solventasen entrando a canasta o en suspensiones desde media distancia o posteriores triples, era parte importante en la finalización de jugadas. 

En ataque ha existido mucha diversidad y eso nos gustaba. Cierto es que el torneo, según iba evolucionando y nuestras jugadoras con él, hemos visto cómo dar pases a Awa Fam cuando ésta ganaba la posición, se complicaba, puesto que las rivales eran más grandes, más fuertes y con más calidad que en Torrejón y Alcalá. Y por ello, con la táctica como base inicial, ha sobresalido la calidad individual en muchos casos. Los arranques de Alicia Florez en transiciones o la brillantez de Iyana Martín o Elena Buenavida creándose tiros, ha lucido aún más. 

Awa Fam es un caso especial, porque ella es una jugadora especial. Con 17 años, de la misma edad que Iyana Martín, el trabajo que han hecho con ella tanto en Alicante como en los últimos años en Valencia Basket, debe haber sido espléndido a tenor de lo visto. Ya decíamos que ganar la posición a la espera de recibir el balón, es un tesoro que en muy pocas pívots hemos visto en el campeonato. Sus maravillosas manos, capaces de atrapar cualquier balón por difícil que fuese, son un regalo que ella tiene innato. Y aunque en la final no estuvo muy acertada, las suspensiones desde la bombilla son arte que también domina (y de momento, con ese rango de tiro, va más que servida para ser letal). 

Este campeonato para ella ha significado un gran aprendizaje. Conforme el nivel de las rivales subía y le superaban en experiencia, ha ido asimilando con urgencia cuándo sí y cuándo no podía decidir en poste bajo anotando o pasando (por cierto, excelente pasadora desde el poste) y cuál era la posición a ocupar en las continuaciones de bloqueo, dos de los aspectos en los que más debe trabajar. Pensamos que, con la mentalidad tan ganadora que ha mostrado junto al resto de sus compañeras, su techo está realmente alto. Y eso que estamos convencidos que podría haber sido aún más decisiva (segundo Mejor Quinteto del campeonato). Lo que ocurre que, uno de los “pero” de este equipo es que no era notable en el pase. Con grandes pasadoras, sí que se hubiese sacado más partido en su juego bajo el aro, porque ella lo demandaba (pues nada, a seguir trabajando). Con 15,7 pérdidas por encuentro en nuestro Equipo Nacional, la sensación es que se prefería no arriesgar cuando las líneas de pase eran complicadas y seguir jugando otras opciones. 

EL GRAN EPÍLOGO DE LA FINAL

A pesar de la derrota, es lo que más satisfacciones dio, visto en perspectiva. Nuestras representantes nunca se vieron inferiores al rival (algo que sí enseñaron las francesas en semifinales, por ejemplo). La garra y el ímpetu en aferrarse el encuentro fue un regalo que quedará como espectros para la eternidad, fluyendo en la atmósfera del Palacio de los Deportes. Las estadounidenses no eran tremendamente brillantes como equipo, pero sus condiciones físicas, su larga rotación, su facilidad en decidir individualmente y, donde nos ganaron, el aprovechamiento de las transiciones para anotar en contragolpes, les hicieron merecedoras del oro. Su intuición defensiva, lideradas por esta chica, Hannah Hidalgo, cuya labor no tiene precio, decidió en las posesiones finales. 

Y quedaron lágrimas tras la bocina final, porque se tuvo muy cerca. Y una oportunidad única de ganar en casa se iba entre los dedos. Pero el regalo estaba ahí precisamente: en hacernos soñar a todos durante 40 minutos. Que nos emocionasen en todos y cada uno de los segundos de un encuentro histórico, queda en nuestras retinas y quedará en la memoria, de ellas y de nosotros. Y eso perdura para siempre. Que tanto las jugadoras como el cuerpo técnico y muchos entrenadores y entrenadoras de base, puedan sacar pecho de todo el trabajo efectuado para llegar aquí, es algo impagable. Bravo por todos. Conquistadoras de nuestras ilusiones en este julio de 2023, gracias, reinas de corazones.

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