Disputándose estos días el Europeo sub 20, llenando las redes sociales con clips de vídeo sobre las asistencias de Juan Núñez y aún relamiéndonos de la medalla de oro conseguida en la Copa del Mundo de la Selección Española sub 19, intuimos que la euforia es probable que vuelva a dispararse cuando entre en escena otra gran candidata al oro, nuestros sub 18, en el Europeo que toca dirimir próximamente.

Con la cartera que tenemos de notables entrenadores de formación, tanto en los focos más potentes de nuestro baloncesto de clubes, como en el área correspondiente de la FEB, la paciencia con ellos siempre ha sido una herramienta a manejar, sin precipitación ni búsqueda de acortar plazos. Todo en su estado natural. Si Aday Mara comenzó esta temporada jugando algo más de 8 minutos de media y a partir de 2023, casi dobló a 15 minutos su aportación por partido en Casademont Zaragoza, son situaciones extraordinarias que se van dando de forma natural, viendo el incremento en valor del chaval en pista. Sin precipitar nada, simplemente observando cómo él, con su rendimiento, iba marcando los plazos vistos de forma muy inteligente, por su entrenador.
Demandar hoy día minutos en Liga Endesa a jugadores que están en proceso de ir creciendo, por mucho que nos deslumbren en categorías inferiores, puede ser más que contraproducente, tanto por su evolución física como la intrínseca del juego. Sus caminos ya irán marcando el destino. Hoy día, con las fronteras muy abiertas, es cada vez más complicado que jueguen con regularidad, a no ser que no estén plenamente preparados. Queda ya muy anticuado, inexacto y a veces injusta, la perorata del “pero traen extranjeros que no son mejores que ellos”. Y puede ser, pero dejemos en la labor del entrenador el por qué incorporan ese tipo de refuerzos, mientras la joven promesa sigue formándose al ritmo adecuado, que en nuestro país hay herramientas para ello.
El que 6 jugadores sub 21 fuesen internacionales con la selección absoluta en “la generación de Roseto” de cara al Eurobasket de Turín de 1979, era una apuesta personal de Antonio Díaz Miguel ante un puñado de jóvenes con un talento como jamás había conocido y las circunstancias de un baloncesto de hace más de 40 años. Con la evolución pertinente, pensemos que de la más que afamada generación de “juniors de oro” que vencieron en Lisboa en 1999, donde hasta 8 jugadores llegaron a ser internacionales con la absoluta (contando a José Calderón, que por lesión no estuvo en aquella cita y nos parece muy injusto descartarlo), pensemos que Carlos Cabezas llegó al Equipo Nacional absoluto 6 años después de aquello tras pasar por la LEB, que Berni Rodríguez tardó 7 años y Germán Gabriel, otro que unió su camino a la LEB Oro en ciertos momentos, hasta 14 en llegar hasta lograr el bronce en Ljubljana en 2013.
Reiteramos y nos unimos a las declaraciones del seleccionador sub 19 la pasada semana, Daniel Miret, con la palabra “paciencia”. A seguir trabajando bien con ellos (que demuestran que se hace y muy bien, tanto técnica como tácticamente) y que disfruten de oportunidades en el escalón donde más se pueda optimizar su progresión. Y si es Liga Endesa, pues adelante, oigan. Pero no exigirlo, aunque el fan arda en deseos de ver a su joven ídolo local. Las competiciones de la Federación (LEB Y EBA) dan al baloncesto masculino, un soporte y un trampolín con notable capacidad competitiva.
La otra corriente, la de futuras expectativas e ir preparando ya la alfombra roja. Intentar calmar una vertiente en la que se proyecte a nuestros internacionales en cotas del glamour que puedan estar en nuestras cabezas, que en ocasiones puedan ir paralelas con el futuro en sus carreras, pero no tiene por qué. Izan Almansa ha dominado el Mundial sub 19. Correcto. Juega en Estados Unidos siguiendo pasos para su presumible futuro NBA. Pues a valorar esos pasos y cuando llegue, si llega, disfrutar del momento. Pero no le etiquetemos ya con ello, como pueda suceder con Baba Miller o con el citado Núñez. ¿Y si no llegan donde los aficionados fantaseamos ahora que pueden hacerlo? Miren, cada vez que vemos a Lucas Langarita, por su forma de jugar, es como pensar que nos ha salido un Antonello Riva en nuestras fronteras, con esas piernas, esa determinación, ese presumible tiro… Langarita puede salir con un sello en su juego diametralmente opuesto a lo que pretendemos hacer una proyección. ¿Quién sabe?
Hace ya 19 años que fuimos testigos de una meritoria medalla de oro en el Eurobasket sub 18 que se disputó en Zaragoza. El influjo tan intenso que desprendían Sergio Rodríguez y Carlos Suárez, hacía soñar y elevar al resto en sus expectativas futuras. De aquellos doce chavales de oro, junto a el “Chacho” y el “Chimpa”, tan solo José Ángel Antelo y el “peque” que pasó desapercibido en aquella convocatoria, con 22 minutos de juego tan solo -pues aún ni había cumplido los 17 años-, un tal Sergio Llull, han superado los 100 partidos en Liga Endesa a lo largo de sus carreras. Y fueron medalla de oro.
En definitiva, de lo que debemos congratularnos es de, lo primero que siempre nos llama la atención verano tras verano, con cada generación: lo bien que juegan. Qué bien enseñados están y lo atrayente que es ver su fácil evolución en pista (todo lo contrario, por cierto, a lo que vimos en los estadounidenses en Debrecen, en la sub 19). Y quedarnos con eso, con la ilusión que, efectivamente, pueden engordar las plantillas de nuestros equipos del alma, hacerlas y hacerse grandes como si toca, que alguno enfunda la elástica de la Selección. Pero con tiempo y sin exigencias. Y si no llegan donde pretendemos, pues a seguir disfrutando igual, porque cuántos genios del baloncesto hemos visto bien pequeños -la Minicopa es un gran escaparate para ello-, que por características físicas o de cualquier otra índole, no han llegado a la élite. Y siguen siendo anónimos genios de este deporte, porque las trazas ya las vimos. ¿Verdad, Lucas Muñoz?


















