MARCELINHO

“Que tengo tu edad y me levanto con dolor de espalda, Marcelinho”. Y no solamente la espalda. El narrador de Movistar+ del auténtico partidazo entre Lenovo Tenerife y Gran Canaria, Fran Fermoso, le hacía esta confesión a Marcelinho Huertas. A poco más de un par de meses de cumplir las 40 primaveras, cualquiera que se precie hacer deporte, lamentará más achaques y virtudes físicas volatilizadas, que solo mantendrá en su cabeza. Y él, ganando partidos tras cuarenta minutos de enorme dureza. 

Huertas es un regalo. La mirada del niño curioso en clase, avispado en el recreo, sin perder la inocencia infantil. Como su sonrisa, facilona, como cheque al portador en pago a ejercer lo que más disfruta: jugar al baloncesto. Y un paso por taquilla de legión de aficionados, en busca de la traducción a todo ello: la magia con un balón en las manos, una canasta en el horizonte y cuatro compañeros. 

Apareció en nuestras vidas en el Joventut que Aíto García Reneses intentaba reconvertir, de nuevo, en un grande. Y la gracia de aquel chaval de media melena, sujeta por una cinta, cuadraba perfectamente en la que iban destilando las jóvenes promesas de aquel elenco, Pau Ribas, Rudy Fernández, Henk Norel o el más joven aún, Ricky Rubio. No solamente se mimetizaba entre la elegancia del básquet en Badalona, sino que, en su equipaje, guardaba la suave melodía cestista de su país. En unos años en los que globalización era un hecho, donde las diferencias de los países parecían introducirse todas en una termo mix para sacar el mismo resultado, sin estilos, sin notas anexas en el guion, Marcelinho mostraba el dulzor de su tierra. El mismo de Oscar, de Marcel, de Paulinho. El ‘basket samba’ que te imbuía en un ritmo frenético y lluvia de canastas, en las que el rival se ahogaba sin capacidad de responder. Y un arte típico de siglo XXI: el pick&roll. 

Badalona, un año en Bilbao y… ¿cómo es posible que Jasmin Repesa no supiese sacarle partido en la Fortitudo Bologna? ¿Cómo, en su empecinamiento de no usar bloqueos y continuaciones, tiznó de gris el juego de nuestro protagonista? Por suerte, el País Vasco seguía esperándolo y Álava, sacrosanta tierra de baloncesto, le otorgó la libertad que el entrenador croata amarró. Y ganar la liga con la final más sorprendente, rubricada por Fernando San Emeterio. Y en el Barça tuvo a Tomic. Y Xavi Pascual, sentado en el banquillo, valorando la sobresaliente eficiencia del mejor bloqueo y continuación de la historia ACB. 

Marcelinho es la canasta desde medio campo para ganar una final liguera, como los tiros a media distancia contra tabla, saltando a una pierna, para sentenciar al Gran Canaria. La suavidad de Stephen Curry de hoy fusionado con los recursos balcánicos setenteros. Esa es la horquilla que nuestro protagonista domina. Antes fue Tomic, ahora es Shermadini. Antes fue el Olimpic, el Buesa Arena, el Palau. Ahora es el Santiago Martín. Antes y ahora, distintos aficionados, atrapados en el mismo embrujo. Y con críos, eso sí, que han pasado 19 años desde su llegada a España. 

Recuerdo encontrarlo solo, en las escaleras del Buesa Arena que daban acceso a vestuarios, con la mirada perdida, reflexionando envuelto en el silencia del recinto, horas antes de un partido. Quizás, nosotros también nos merezcamos ese momento de soledad y quietud, para pensar lo que este tipo calmado nos ha brindado, porque lo que él hace es brindar. A sus compañeros, a su entrenador, a la concurrencia. A todos. Marcelinho es de esos regalos que se personan en nuestra Liga Endesa, a quien hay que darle las gracias.