LOS RECUERDOS OLÍMPICOS DE CHRIS MULLIN

Era otro tiempo. Épocas para descubrir, para examinar y sobresalir, donde ni los límites estaban escritos ni las ilusiones alcanzaban a marcar futuras expectativas. El mundo no tan global, tenso sobre un cinturón que sujetaba lo más posible arrebatos políticos prebélicos, salpicaba también al deporte. Escenarios extremadamente diferentes que confluían en una Villa Olímpica y una cita cada cuatro años para da pie a la única “globalización” existente. Donde podían competir todos, donde podías disfrutar de todos. Con sus estilos, con sus mundos.  

La serie audiovisual Informe + tuvo a bien hacer una parada en el domicilio de Chris Mullin, durante su especial “La plata de Los Angeles”. El mismo mensaje que destilaba nuestra Selección Española, usando la comba horaria para que todos nos despertásemos durante sus partidos, eran sueños en un joven de 21 años, residente en New York, solo que con el matiz de la única obligación-exigencia-meta de ser medalla de oro y campeón olímpico. Y aquí pueden ver, en estas magníficas fotografías que el programa de televisión nos ha cedido, que alcanzaron el objetivo de aquella medalla de oro y junto a ello, unos apuntes en su libreta, de su puño de veinteañero sobre todos los rivales, en este caso de nuestro Equipo Nacional, impagables. 

Chris Mullin tenía familiaridad con el baloncesto español. Ser entrenado entonces por Lou Carnesecca en la universidad de St. John’s, no solo era aprender de un maestro, de un genio de la táctica y el juego, sino también de un señor paciente, empático, entrañable, que entre sus amistades contaba con nuestro seleccionador Antonio Díaz Miguel y su asistente, Lluis Cortés. Y cuando estos visitaban Estados Unidos en su afán por aprender del basket USA, eran recibidos en el mismo aeropuerto JFK de New York, por Rod Mullin, padre de Chris e inspector de aduanas en él. Ello acababa con alguna cena en la residencia de los Mullin. 

Nuestro protagonista era un ídolo en New York. Casi tanto como Bernard King. St. John’s era élite nacional, el baloncesto universitario sembraba y disfrutaba de estrellas antes de emigrar a la NBA (por regla general, permanecían el periplo completo de cuatro años en college). Formó parte de una de las mejores generaciones de jugadores de la historia de nuestro deporte, aquellos que junto a Michael Jordan aterrizaron poco después al profesionalismo y hacer del logo de Jerry West en los 80 y los 90, una de las imágenes más identificativas del planeta, sea el ámbito que sea. Y, por supuesto, formó parte del equipo que disputaría en Los Angeles, en su propio país, los Juegos Olímpicos, en agosto de 1984. Nada podía justificar algo diferente a la medalla de oro. Sobre todo, en la mentalidad obsesiva de su entrenador, Bob Knight

Knight quería mostrar al mundo quiénes eran, que su baloncesto estaba muy por encima de cualquier otro. Ni que recordar tiene que entonces no se podían utilizar jugadores NBA para la selección, pero Michael Jordan, Pat Ewing, Sam Perkins, Vern Fleming, Alvin Robertson o el propio Mullin, eran material más que sobrado para asumir que eso sería así. El entrenador viajó a París dos meses antes a presenciar in situ el Preolímpico europeo, para cerciorarse cómo era aquella Unión Soviética, su odiado rival -con fobias que iban más allá de lo deportivo-, de la que hablaban que lucía el mejor equipo de su historia, con un chaval de 20 años al frente, Arvydas Sabonis, del que decían era… otra cosa. Apuntó, preguntó, se empapó de su juego, bebió coca cola con batido de chocolate (por lo visto le gustaba. ¿A nosotros qué nos cuentan?) y llegó de vuelta a los trials con sus jugadores, a los que sometió a una presión sofocante sobre la obligatoriedad de jugar perfecto, del patriotismo y la muestra al mundo por todo lo que representaban. 

Miren las hojas de la libreta. No solo estudiaron a la URSS, sino a todos sus rivales, de forma meticulosa. Su presunta superioridad no se construía ni con soberbia ni vanidad, sino con trabajo. Los apuntes que tomaba Chris Mullin de aquellas charlas previas a la final ante España, son un auténtico tesoro. Mucho más concienciado que el cronista de Los Angeles Times, que en el su diario el día de la final, publicó que la medalla de bronce la disputarían “España y Canadá”. Qué más le daba a él el rival de sus compatriotas. 

“Unos pocos minutos de juego. Una eternidad para recordar”. Y los emparejamientos desde el principio en el quinteto titular: “Mike” (Michael Jordan) emparejado a Josep María Margall (que llegó a ser el mejor tirador español en aquella cita), “Alvin” (Robertson) con Juan Antonio San Epifanio, “Steve” Alford con Juanito Corbalán en la dirección, “Pat” (Ewing) con Fernando Martín y “Sam” (Perkins) con nuestro mejor representante en esa edición olímpica, el ala-pívot Andrés Jiménez

Anticipación en los pases y denegar el pase a nuestros tiradores y el juego al poste, del que tanto bebíamos en el baloncesto europeo. No permitir la inversión del balón. Y bien cierto que fue. Su defensa e intensidad era la marca que les diferenciaba. “Nos tienen que ver como el mejor equipo que hayan visto nunca”, entrecomilla Chris Mullin en sus notas lo que su entrenador pretendía que se grabaran en sangre. En España asumimos que eso era algo que no habíamos visto jamás. Para que Epi o Margall disfrutasen de posiciones de tiro, los bloqueos tenían que ser perfectos y se debía pasar a ras de ellos, si se quería sacar partido. Usaban mucho el body-check para dificultar la salida de nuestros aleros, unido a una permisividad en el contacto bastante grande -que todo hay que decirlo-. Cuando Epi salía y recibía, con Alvin Robertson encima de él sin ventaja alguna (uno de los mejores defensores de la historia de la NBA en los 80), miraba con frustración a los árbitros por la cantidad de golpes que había recibido por el camino. A “Jiminez” lo consideran buen reboteador y alertan del gancho de Fernando Martín (lo que Lolo Sáinz llamaba “la morcilla”). Dio un poco igual que los nuestros reclamasen permanentes tres segundos en la zona a los pívots USA, que el arbitraje no hizo mucho caso. Aunque bien es cierto que Tisdale, Perkins y la intimidación de Ewing, representaban una fiereza interior en defensa, con la que tampoco se había topado por nuestras fornteras. 

Chris Mullin, por exigencias del guion (y los “ladridos” constantes de su entrenador en la banda), defendió más que nunca y en ataque era un virtuoso de las entradas a canasta con elegancia, marcando tiempos, al igual que su tiro en suspensión, pulcro, casi angelical. “Coach, después de todas las putadas que hemos aguantado estos meses, no se preocupe, que ganaremos el oro” fue la nota -verídico- que dejó Michael Jordan en la pizarra de instrucciones de Bob Knight, cuando abandonaron el vestuario para jugar la final.  

Estados Unidos conquistó el oro con una diferencia de 32,1 puntos de media a todos sus rivales. Mullin (11,6 puntos de promedio y un 55% en tiros de campo) puede lucir esa medalla de oro con el orgullo que muestra la fotografía (logró otra en Barcelona’92). Mientras, los españoles nos pellizcábamos cuando los nuestros recibieron la de plata en aquel pódium, en aquel escenario, el Forum de Inglewood donde jugaban los Lakers. Ha pasado de todo ello casi 40 años, pero algunos seguimos dejando caer una sonrisilla recordándolo todavía. 

Como anécdota final, confirmar que para Bob Knight, en el Olimpo tras lograr aquel oro, supuso un oprobio insultante el hecho del boicot soviético, su no participación en los Juegos y la consiguiente frustración de no poder enfrentarse a ellos (hubiera sido la madre de todos los partidos). Hasta el punto que manó serigrafiar unas camisetas, que se apilaban en el despacho de su universidad, donde se leía “URSS, dejad que jueguen ellos solos”. 

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