BADALONA Y LA ESENCIA DE LA COPA

¿Saben lo que sucedió en la primera jornada de la primera Copa del Rey con el formato actual de Final a 8? Que un 13 de diciembre de 1986, un recién ascendido Cajabilbao, eliminó al Real Madrid en cuartos (89-94). Y con tal sorpresón, el foco de atención de los medios se posó en la ciudad que lo acogió, Santa Cruz de Tenerife. Y en sus rectores, el convencimiento que este sistema funcionaría. 

Porque, ¿saben lo que sucedió en las tres ediciones anteriores, desde el nacimiento de la ACB? Que siendo tan solo cuatro los clasificados, esa tortura de la final por el tercer y cuarto puesto, parecía una obligación impuesta. Y peor aún, llegó a jugarse a continuación de la gran final, por imperativo televisivo. Había que idear algo, que de meter con calzador aquello, no se sostenía, ni tras la final ni un día antes, en una más que descafeinada jornada. 

Las “islas afortunadas” parecían guardar el auténtico encantamiento de la Copa: las sorpresas. Porque tres años después, tras dos finales Barça-Madrid, la edición de Las Palmas de Gran Canaria acogió una final entre CAI Zaragoza y RAM Joventut, dejando a los azulgranas fuera también el primer día (esta vez los héroes vestían de amarillo y respondían a Grupo IFA Granollers) y a los blancos, en semifinales (por obra y gracia de los caístas). 

Y ¿saben lo que sucedió desde entonces? Pues que… Vean las finales disputadas en la década de los 90.

¿Dónde están F.C. Barcelona y Real Madrid? Por ahí, salpicados, como todos los demás. Esta fue la década prodigiosa, donde la Copa del Rey se hizo grande. Se hizo… lo que es hoy día. La fiesta en la que todos son protagonistas, porque todos pueden ganar. La Copa no entiende de favoritismos ni de presupuestos, sino que sonríe a todos sus invitados por igual desde aquellos años. Y algo tenía su “caída de ojos” como para embrujar y encorajinar al más inesperado, porque cristalizaba sus sueños con el trofeo. 

Y la popularidad crecía y lo elevábamos al séptimo cielo porque, en definitiva, parecía y parece el torneo perfecto, del que todos nos enorgullecemos. Y el leitmotiv de todo esto: La SORPRESA. ¿Qué representa Granada para los estudiantiles? ¿Y Valladolid para los que aún no eran taronjas? ¿Y León para los cacereños? Oigan, que ni ganaron. Pero siete mil personas en sus calles y esperando a sus héroes que les hicieron soñar por unas horas. ¿Qué sintieron en Vitoria cuando Pablo Laso alzó el primer trofeo? La sorpresa ha sido el abanderado que ha ido casi siempre de la mano. 

Es un fuego en la mirada. La que Alberto Díaz tenía estos días hasta que sus ojos se le llenaron de lágrimas cuando con el club de sus amores, Unicaja, quedó campeón. De un estallido a otro. De la furia en el juego a los sollozos en la gloria. Y toda la emoción entre medias. No digan que no es bonito. Porque esta vez… joder, esta vez todo ha estado elevado a la enésima potencia. 

Badalona nos tenía este regalo esperando. Una ciudad tan enamorada del baloncesto que reúne a casi nueve mil espectadores en la final de unos críos de 14 años, que se conmueve cuando ve los pies de un niño haciendo un reverso perfecto, un pase picado medido. La esencia más primaria, lo bello de los primeros pasos con un balón grande. Badalona tenía que entonar su “visca”, por la Copa, por todos nosotros. 

Y miren que el Joventut, el equipo de sus amores, estaba más que preparado, con el convencimiento que este torneo pudiera ser suyo. Hasta Joel Parra sabía que su destino a cada lanzamiento triple era girarse a los suyos y gritar en pose inflamada de éxito. Un tipo que llevaba un 15% en triples en liga, se marca un 8 de 12 en Copa. Y para él fue la última jugada, un aclarado entrando a canasta., porque era su momento. Pero desde a saber qué parte apareció Tim Abromaitis y taponó. Lo llamativo y atrayente de ver partidos solventados con una acción defensiva es por el contraste con las de ataque. Porque un tiro crea la mayor expectación. Puede entrar o no, pero tiene el foco y en vilo a todos. Lo que nadie se espera es lo que hizo Abromaitis, más que él y los suyos. Fue hiel en Badalona y, sin embargo y paradójicamente, una vuelta más a la belleza de su Copa. 

Y Unicaja. Que esto no es 2005, cuando su plantilla se codeaba en presupuesto a los más grandes de nuestro país. Esto ha sido toda la combinación de lo mejor que puede concentrar un vestuario. Y en pista, por encima de triples, robos de balón y contragolpes, el compromiso, la fe inquebrantable y las posibilidades individuales en pos de un grupo, de una ciudad. Jugadores que llegaron este verano y vieron las miradas marcadas por el dolor de la resignación en sus aficionados, del último suspiro de uno de sus iconos de los banquillos entre sus muros este curso y un entrenador que, tan solo doce meses atrás, en la anterior edición de Copa, paseaba por las calles de Granada, disfrutando del espectáculo, solo y sin trabajo, como un aficionado más. 

Badalona vio cómo Unicaja daba rienda suelta a sus poderes. Que Melvin Ejim desafiara en poste bajo a sus adversarios como si midiera dos palmos más, el ritmo que dio Kendrick Perry desarbolaba a cualquiera o que David Kravish en semifinales, ante las torres más intimidantes de Europa, se marcara el partido de su vida a base de suspensiones, parecían líneas más allá del guion previsto. Que Saras se desgañitaba en la banda, disfrazando sus quejas por mala ejecución en los suyos, cuando en realidad, era la convicción que su rival tenía y sus jugadores, no, lo que le exasperaba. Que Tyler Kalinoski consiguió un 8 de 14 en triples, con la exigencia a la que han sometido a los mejores tiradores. El verso libre de Darío Brizuela, llorando en el vestuario tras el partido de cuartos ante el Barça, sofocando así las preocupaciones contenidas por su hijo, ingresado en el hospital ya fuera de peligro.  

Porque ganaron al Barça en la prórroga, allá donde casi todas las intentonas al poder establecido, desfallecen. Y ganaron también al Real Madrid, por estrategia, juego y tener la mirada fija en un punto, donde señalaba Alberto Díaz, mientras que los blancos miraban a todas partes, despistados, superados. Y una vez hecho historia, dejar en la estacada a los dos grandes, tocaba cerrar el círculo y acabar el más maravilloso cuento, la final ante Lenovo Tenerife. Para dejar latente un espíritu ganador (que miren que lo tuvieron complicado por momentos) y sobre todo, por hacer latir nuevamente el corazón verde que hay en Málaga. La respiración asistida vino de manos del MVP, Tyson Carter, cuerpo de adolescente, virtudes de campeón. Como todo Unicaja. Histórico plantel que sostuvo la esencia de la Copa, la sorpresa, como algo que parecía desgastado y seguir haciendo grande esta competición.

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