Y el premio cayó. Tanoka Beard corría a defender junto a la banda de los banquillos henchido de satisfacción, con la palma de su mano abierta, recreando en ella unos garabatos escritos con la otra mano, mientras miraba fijamente a Sergio Scariolo, con la implícita idea del “toma nota, coach”. Era el momento sublime para recordar aquel 25 de septiembre de 1999. Tanoka había sido el MVP de la temporada 98/99 en el Real Madrid, cuyo nuevo entrenador, Sergio Scariolo, decidió prescindir de sus servicios en favor de alguien más defensivo, tan trabajador como tosco en sus gestos, llamado Brent Scott. Tanoka fichó por Pamesa Valencia y la venganza, que dicen se sirve en plato frío, duró 5 jornadas de liga, cuando ambos equipos se enfrentaron, con el aplastante triunfo valenciano (aún no eran taronjas), por un escandaloso 88-65.
Desde que el realizador televisivo Víctor Santamaría anunció su retiro definitivo a finales de este 2022, confiesa que todo han sido llamadas, entrevistas y halagos tras una carrera profesional de cuatro décadas. “No soy consciente que me he retirado, porque aún no he parado” confesaba a la periodista Angels Barceló en su programa “Hoy por hoy”. Víctor Santamaría, encargado de ser el realizador en aquellas retransmisiones de baloncesto en la temporada 99/00, cuando Canal+ captó los derechos de la ACB junto a las televisiones autonómicas, fue el encargado de poner ojos en todos nosotros al partido de la jornada. Y llamaba poderosamente la atención, cuando en aquella reunión de cámaras previa al enfrentamiento Pamesa Valencia-Real Madrid, recalcó la importancia de la figura de Tanoka Beard y la teórica búsqueda de vendetta, poniendo ojos en todas sus acciones.
La tensión vivida aquella calurosa tarde en La Fonteta, entusiasmada por su equipo, imbatido hasta ese momento (y aún le quedaba hasta la jornada 12 disfrutando de aquella imbatibilidad) era el detonante de la exasperación de los blancos, que aquella tarde cosecharon su tercera derrota en cinco encuentros. La idea no era retransmitir un partido de baloncesto al uso, sino la de contar una historia, la de un partido que, si se centraba la mirada en según qué cosas, ya se encargaría en su desarrollo de irla contando cual trovador. Solo había que mirar. Y para ello, nadie mejor que el Santamaría, una mirada genial a nuestro baloncesto.
Ese fue uno de los principales legados que nos fue enseñando y ejecutando con su equipo de confianza, jornada tras jornada. Poner el ojo donde correspondía, buscar la cercanía y la comunión con quien está viendo desde su casa, acercar la emoción hasta la sensación que el televidente pudiera tocar con los dedos a Aleksandar Djordjevic, con los brazos en alto y la mirada perdida de ganadora ebriedad en el Palau Blaugrana, tras conquistar una liga que comenzaron con tanto traspié. La historia del deporte se cuenta en imágenes, eso siempre lo tuvo muy claro nuestro protagonista. Y aquel instante de Djordjevic, con un cámara a un palmo de su estampa, condensaba en unos segundos, ampliado por los empujones de Nacho Rodríguez, la dura trayectoria y los sufrimientos de 12 meses hasta la gloria. Como Pau Gasol, brazo en alto, alzado a hombros por sus compañeros en Málaga, tras conquistar una Copa del Rey y el extra de dejar boquiabiertos a todos, donde solamente podíamos subtitular aquello como un “dejad paso al rey del mundo”. El punto de salida de una carrera de ensueño, dado forma desde las órdenes en un camión lleno de monitores.
Víctor Santamaría pretendía transmitir en nuestro deporte, tras años de vivencias en fútbol y en toros mayormente, la intensidad de un momento dinamizado en una pantalla. Su mirada, en la apuesta de Canal+ de los últimos días del siglo XX: la ACB. Él, que… ¿sabían que él ya llenó de magia nuestros televisores a golpe de triple de Drazen Petrovic en el Real Madrid? Para la autonómica gallega para la que trabajaba, la TVG, se encargó de personalizar (aderezar con planos y repeticiones diferentes) la señal de TVE de la final de Copa del Rey 88/89. Que Telemadrid, con su “emisión en pruebas” en la primavera de 1989, durante las semifinales entre Real Madrid y el RAM Joventut, echó mano de sus servicios y los de su equipo, para la emisión del encuentro, como la posterior final liguera y los cruentos encontronazos entre Martín y Norris. Y ante nuestra cultura televisiva aún en pañales, de repente vemos que los contragolpes llevados por Llorente y los Jofresa, eran seguidos por un plano cenital desde el mismo techo del Palacio de los Deportes madrileño, girando el objetivo y siguiendo todo el recorrido de la carrera. Que vimos cómo tras el tablero había una minicámara, cuyo angular lograba que apreciásemos la titánica lucha aérea de manos y balones por encima de un aro, actor principal en primer término. Aquello gustaba, era distinto. Un salto cualitativo a lo que veríamos normal diez años después.
Y el “travelling”. Aquella cámara por raíles que recorría una de las bandas, es una de las mayores satisfacciones tecnológicas del realizador, que logró poner en dimensión la estética cinematográfica en eventos como lo acontencido en nuestras pistas. Y hacer que corra por delante del contragolpe, de seguir aquella frenética rapidez y no ocultar la sensación desde el salón de nuestras casas, que somos un posible receptor más para finalizar el contragolpe. “No es cuestión expresamente de tecnología, sino lo que quieres contar y lo que ella puede ayudar en tal cometido”. Una cámara superlenta, al igual que enfocaba la precisión del lanzamiento de una falta al borde del área y del ojo triste condenado a la sentencia de un toro, mostraba al detalle la tensión muscular en el brazo de un jovencísimo Felipe Reyes, intentando frenar la inmensidad de Roberto Dueñas en la disputa por un rebote, como una visión más allá de lo acostumbrado. Es la misma recreación y el mismo hipnotismo que nos arrastra a ver una fotografía durante horas. Es la belleza, sin más.
El tiempo ha ido pasando y sus retransmisiones, también. Clases magistrales de un realizador al mando de un equipo elegido y aleccionado con una visión única (de aquellos de los primeros ACB+, hoy día ha varios con más de una década de experiencia de Informe Robinson, realizadores de las actuales retransmisiones … en incluso un director de cine). Transmitir a mezcladores, operadores de cámara y los que dan repeticiones toda esta esencia, es un legado extraordinario que aún disfrutamos. ¿O no era primoroso ver a Markus Howard, tras el triplazo en el Buesa Arena y sentenciar a Valencia Basket, deambular durante unos segundos con las palmas de sus manos unidas, agradeciendo a lo más alto la dicha de su muñeca? Hay una herencia de algo grandioso.
Testigo durante doce temporadas en Liga Endesa de tales cuentos todos los fines de semana, el hombre que cambió la visión y amplió las estrecheces del habitáculo en el que se sostenían las retransmisiones deportivas hace… parece ya una eternidad, es de rigor darle el justo reconocimiento y el profundo agradecimiento por su obra. Por lo que emociona y lo que conmueve. Con el bastidor de nuestro deporte y nuestra liga como sostén, sus trazos ya los tenemos en nuestra retina. Por siempre.




















