NAVIDADES BLANCAS (Capítulo I)

Comentaba el periodista Fernando Ruiz en su cuenta de twitter, “parecerá una tontería. Pero para mí estas fechas son diferentes desde que desapareció el Torneo de Navidad del Real Madrid”. Y no le falta razón. Un torneo que simbolizaba un plato más del banquete navideño, para quienes, a lo largo de más de tres décadas, estaban delante del televisor en estas tardes tan entrañables.

Buscando en su memoria, aprovechamos de los recuerdos de un aficionado de todo aquello (José Díaz Tenorio), del director de la revista “Gigantes del basket” durante 25 años (Paco Torres), tan aficionado -siempre- como periodista después, un fotógrafo a a sombra de los aros de la Ciudad Deportiva (Fernando Laura) y tres históricos que engrosaron la plantilla del Real Madrid (Vicente Ramos, Alfonso del Corral y Juan Manuel López Iturriaga). Indagamos en su éxito, que sobre el pavimento de sus palabras, atravesásemos la trayectoria de una cita llena de recuerdos tan entrañables, como la alegría implícita de estos días. 

Y aquí va, para Endesa Basket Lover, el Torneo de Navidad del Real Madrid

La imagen más icónica del Torneo de Navidad: el tablero roto de Arvydas Sabonis.
EN LA MEMORIA

José Díaz Tenorio:  Arvydas Sabonis era alucinante. Tenía mucha fama entre los españoles, le habíamos visto varias veces. Y llega el Torneo de Navidad ese año y la novedad es que llega Sabonis. Y al día siguiente, no se hablaba de otra cosa: Sabonis había roto el tablero. Puede que haya sido el momento más emblemático en la historia del torneo. No hay ninguna otra que se recuerde con tanta fuerza como que Sabonis se cargó el tablero. Y si hoy día, no sé cuántos años después, preguntas a la gente qué recuerdo tienen, todo el mundo te hablará que Sabonis rompió el tablero”.

Paco Torres: No es que cayera todo de golpe. Afortunadamente, se desintegró. Se quedó hecho mil trocitos, pues eso, blanco. Y recuerdo…es que se magnificaba todo. Porque si lo hace otro jugador, pero es que era Sabonis. Era el único tío que, para los chavales, era capaz de hacer eso. Era un super héroe. ¡Esto lo ha hecho Sabonis! ¡Es el tablero de Sabonis! Yo era la primera vez que lo veía”.

En la tercera jornada, en el partido que clausuraba el Torneo de Navidad de 1984, a falta de 02:08 para el final del encuentro, Arvydas Sabonis rompía el tablero, tomándose la decisión de finalizar así el encuentro, pues el marcador reflejaba un claro 92-78 para la selección de la Unión Soviética frente al Real Madrid.

Fernando Laura: En ese momento, yo no era consciente de lo que había fotografiado. Lo que sí recuerdo perfectamente es el ruido que hizo cuando se rompió. Fue como una explosión. Se me quedó grabadísimo aquel estruendo. Además, al dar por terminado el encuentro, Biriukov le dijo a modo de broma a Sabonis, que tenía que pagar el tablero. Y él, con la ‘mirada Sabonis’ esa de perdonavidas, dijo que “Sabonis rompe tablero del Real Madrid. Pero Real Madrid paga su tablero”. Cuando fui a revelar la foto y veo lo que es, y me encuentro ahí a Alfonso del Corral, metido en su regazo, con el brazo retirado, lo primero que me pregunté ‘pero este tío, ¿de dónde ha salido?’

Alfonso del Corral: Como bien diría una mujer muy inteligente cuando hablamos de las dos hormonas femeninas que provocan desequilibrios, que mayor desequilibrio que la testosterona de un hombre, no lo hay. Y tenía razón. Yo era un chaval lleno de testosterona, que me comía el mundo. Entonces, creía que podía matar a Sabonis con un tapón, en una especie de fortaleza interna. Y recuerdo que yo iba a taponarle como lo hacía con cualquiera y él, iba a meterla para abajo, porque él sí que lo hacía con cualquiera. La anécdota de todo esto es que yo, posteriormente, fui médico de Sabonis. Lo traté cuando llegó y fichó por el Real Madrid. Entonces Sabonis, con el que hice una amistad fraternal, se reía mucho conmigo porque me decía ‘pero loco, ¿cómo te atreviste a hacer eso? ¡Estás loco, estás loco!’ y me abrazaba, porque era muy cariñoso. No le enganché, afortunadamente, porque si le engancho, a lo mejor me parte el brazo este animal. Y claro, te das cuenta que había roto el tablero, porque me cayeron algunos pequeños fragmentos. Cayó un poquito. Era un sistema que tenían ideado que los cristales se rompieran en pequeños pedacitos, que no pudieran saltar ni hacer daño.

North Carolina estuvo en España en 1971, aquí, frente al Joventut.

El tablero se quedó blanco. Aunque cayeron unos pedacitos, millones de micro partículas de cristal se quedaron, por suerte, incrustados y no saltaron por los aires. En España, al menos en televisión, era la primera vez que veíamos en directo a alguien romper un tablero. Y la fotografía de Fernando Laura, posteriormente publicada a toda página en la revista Nuevo Basket, inmortalizó a Alfonso del Corral con aquel gesto que forró, dicho sea de paso, las carpetas de la mitad de los adolescentes de este país.

Era el Torneo de Navidad. Aquel baloncesto guardado en un cofre para tales fechas festivas. Porque formaba parte del ritual en todas las casas de España durante la cena de Nochebuena, en las Navidades.

Vicente Ramos: Todo el mundo te decía que el día de Nochebuena se ponían delante del televisor, a ver el partido de baloncesto del Real Madrid antes de cenar. Todos los amigos te lo comentaban. Mientras las madres estaban en la cocina preparando la cena, el resto de la familia estaban viendo el partido. Y eso te llegaba. “Oye, ayer qué bien. Y hoy tenéis a estos, a ver qué hacéis…”. Era muy bonito.

 Alfonso del Corral: Yo, de adolescente, por supuesto que veía los partidos del torneo. Al Real Madrid con Cristóbal, con Vicente Ramos, mi admiración total por Wayne Brabender… Mi padre era muy tradicional y todo el mundo veía el baloncesto y a las diez se cenaba, que eso era sagrado. Claro, había un canal de televisión y no había otra cosa.

Juan Manuel López Iturriaga: Y durante algunos años, tuvo un prestigio brutal. Y por aquel entonces, sobre todo en los 70, donde apenas se emitía deporte en televisión, emitir eso… imagínate. Y no solamente en Nochebuena. Piensa en la tarde de Navidad, después de comer, a las siete de la tarde, un Real Madrid frente a la URSS. Pues lo mismo esos partidos tenían 17 ó 18 millones de personas delante de la tele.

Clifford Luyk, en la lucha por un rebote ante un compatriota de North Carolina

José Díaz Tenorio: Yo, el día de Nochebuena antes de cenar, tenía que ir a visitar a la familia y el día de Navidad, nosotros recibíamos familiares en casa. Por eso veía el partido del primer día, el del 23 de diciembre o el del 26, cuando era el último. Los demás, a duras penas. Quizás te voy a fastidiar la historia. Y es que en casa de los familiares en Nochebuena… pues los saludos de turno, tenías que sobrellevar aquello del cómo has crecido, ‘¿y qué tal los estudios? ¿y qué quieres ser de mayor?’ Ya sabes. Y luego me quedaba pegado a la tele, que era pequeñita, en blanco y negro, por supuesto con el volumen muy bajito para que los mayores pudieran hablar. De vez en cuando, alguien hacía un ejercicio de interés y me preguntaban ‘¿y cómo van?’ Claro, por aquel entonces, que no había marcador, que solamente lo decía el comentarista y de vez en cuando te ponían un plano de aquel electrónico de los puntitos luminosos, o lo seguías o era complicado. Pues incluso en esas casas, tenían puesto el partido.

Paco Torres: El Torneo de Navidad lo tengo ligado a la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Lo vemos como algo mítico. Pero es que era mítico. ¿Cuantos íbamos? ¿Cuatro mil, casi cinco mil apretujados? Porque no cabíamos más. Yo no te puedo hablar de la liturgia de verlo en casa, porque yo siempre lo he visto en directo. Pero es que era algo ineludible. Además, recuerdo un año que hacía mucho frío y cuando salimos, estaba nevado. Pero, aun así, había que ir. En aquella época vivía muy lejos de allí. Para empezar, había que viajar desde Plaza de Castilla hasta la Ciudad Deportiva, que era la estación de metro más cercana. Yo vivía en Paseo Virgen del Puerto. Y mi mujer, entonces mi novia, vivía en Ópera. Y tenía que acompañarla hasta su casa y tenía luego que ir a la mía. Y llegaba tardísimo. Todo lo que se hizo después, con la estación de La Paz, no existía. De Plaza de Castilla a la Ciudad Deportiva era casi una romería. Tardaba en llegar desde casa hora y cuarto. El día de Nochebuena, el metro estaba previsto acabar de circular a las 9 de la noche o algo así. Y con el temor de llegar tarde a cenar.

Juan Manuel López Iturriaga: Lo primero que me viene a la cabeza, sobre todo, es humo. No sé por qué lo tengo asociado a ambientes muy opresivos atmosféricamente. Entre el frío y el humo, se montaba una especie de neblina arriba curioso. Porque por aquel entonces, se podía fumar. No en el asiento, pero se iban al pasillo de atrás, que al fin y al cabo estaba conectado a las gradas. Y todo ese humo iba al campo. Pero había muy buen rollo, muy buen ambiente. Y es que no había una tensión competitiva. Al fin y al cabo era un torneo amistoso, pero hubo unos cuantos años, donde vinieron equipos de gran envergadura. Y era el momento de disfrutar del baloncesto, sin esa presión de tener que ganar. Si luego encima sumas que era la Navidad, los regalos y las fiestas… Cualquiera que viviese aquello, le resultaba entrañable. Y mira que yo, siendo de Bilbao, hasta los 32 años no pasé una Navidad con la familia. Y la verdad es que no te importaba nada, porque era tan bonito todo lo que se formaba allí, que me quedaba encantado. Para Saporta, era un poco su obra. Y estaba muy bien parido.

Raimundo Saporta, el creador de un invento que, a partir de su tercera edición, comenzó a llamarse Torneo de Navidad. En una deliciosa columna de Alfredo Relaño, publicada en El País el 23 de Diciembre de 2012, recordaba el origen del torneo como una idea de Saporta, para ofrecérsela a Televisión Española a mediados de la década de los sesenta. La Copa de Europa, siendo de baloncesto, no tenía el tirón suficiente como para ser televisado. Sin embargo, el dirigente madridista ofreció un pack en el que, junto a los partidos de casa de la máxima competición europea, se añadiese un torneo intercontinental durante tres jornadas, a disputarse en fechas navideñas en cuyos días, no existía competición deportiva alguna. Fue irrechazable para el ente televisivo. Eso sí, en su primera edición se debió demorar hasta el día de Reyes, el 6 de Enero de 1966, puesto que en los últimos coletazos en la construcción del nuevo pabellón de la Ciudad Deportiva, alguien se olvidó de los baños de señoras. Teniendo el beneplácito del secretario general de la FIBA, William Jones, Ignis Varese (por la ausencia de la Simmenthal Milan), Corinthians brasileño, junto a un combinado de Chicago de una de las ligas comerciales llamado Jamaco Saints, acompañaron al Real Madrid en su primera edición. Desde entonces, exotismos como el Merlaco de Manila, el Victoria Melbourne o combinados americanos como las selecciones de Panamá, Puerto Rico, los argentinos River Plate, una selección bonaerense o el Gimnasia y Esgrima, fueron decorando durante los últimos 60 y primeros 70 sus primeras ediciones. En 1971, la historia del torneo cambió para siempre. Fue un antes y un después. Las navidades en las que apareció la universidad de North Carolina por Madrid.

Arvydas Sabonis era el rey cuando aterrizaba por Madrid. Por imágenes así.
“CAMBIO A LA AMERICANA”

Vicente Ramos: North Carolina viene porque van llegando equipos americanos, un poco de segundo nivel. Y entonces una Navidad, Raimundo Saporta invita a venir a William Jones, secretario general de la FIBA. Y un año, durante la cena aquella que se montaba como despedida tras el torneo, mientras Saporta, ya en los postres, estaba deseando feliz regreso y felicitaciones a todas las familias, se levanta William Jones y dice ‘todo esto está muy bien. Pero yo voy a traer un equipo americano que os va a ganar en vuestro campo’. Fue un reto personal de Jones a Saporta. Tal cual. Y a la Navidad siguiente, se presenta la North Carolina de Bobby Jones, Bob McAdoo, de George Karl, etcétera.

José Díaz Tenorio: Un equipo de gris clarito -en las televisiones en blanco y negro de la época, claro-, que corría mucho la pista, que sustituían jugadores de cinco en cinco y que era algo muy distinto a lo que estábamos acostumbrados. Pero que muy distinto.

Paco Torres: Es que era la magia hecha realidad. En los 70, cuando veías aparecer aquella gente, era lo que veías en filmaciones de baloncesto en súper 8, en el pub Rebote. Entonces, viene un equipo maravilloso y, claro, el Real Madrid había ganado siempre. Y en esta ocasión pierden. Era la única vez que yo tengo sensación que el público vibraba con lo que estaba viendo, por encima de sus colores. La única vez que he sentido eso como espectador. La gente salió encantada de la vida tras haber perdido con North Carolina. Cuando volvieron, tres años después, ya no era el impacto de ver un equipo universitario por primera vez. Y es que, aquello de 1971 era la primera vez. Con sus camisetas azules preciosas… Tenían unos chándals, aquellos de botones, que el Real Madrid luego imitó. Claro, con aquellas tachuelas, pedían cambio y hacían así con los pantalones, se los quitaban de un tirón y saltaban a la pista. Es que todo era un impacto. Nosotros cuando pedíamos cambio, teníamos que sentarnos para quitarnos el pantalón de chándal, porque en la parte inferior de la pierna, era más estrecho, casi que te tenías que quitar las botas. Y de repente, aparecen unos tíos que hacían eso y era magia. Lo recuerdo como un sueño hecho realidad. Estaba en cuarta fila, que llegaba dos horas antes para verlo cerquita. Fue la primera vez que vi a una afición maravillada por otro equipo. 

Dean Smith, que por aquel entonces llevaba 10 temporadas como entrenador jefe de la universidad de North Carolina, se trajo un puñado de jugadores que conformaban sus plantilla y que acabarían siendo profesionales, estrellas y all stars de la NBA. Forzaban un ritmo trepidante en los partidos, tanto en ataque como en defensa. El mítico Bob McAdoo, Bobby Jones, Kevin Previs o el mismísimo George Karl como base, llegaron a ser en su máximo exponente, la auténtica esencia del Torneo de Navidad, porque con ellos llegaba algo novedoso. Un baloncesto que no se había tenido oportunidad de ver en nuestras pistas. Ganaron 87-74 al Joventut badalonés y 83-77 al Real Madrid. Para mantener el ritmo y la intensidad en el juego, Dean Smith movía muchísimo el banquillo y esto incluyo no importarle en absoluto, cambiar jugadores de cuatro en cuatro o incluso de cinco en cinco.

José Díaz Tenorio: Y sé que a partir de ahí, vino el concepto ‘cambio a la americana’, que así lo bautizó en televisión Héctor Quiroga. Porque viendo eso con Dean Smith, pensábamos que aquello en USA era así. Y es que en España… Yo he llegado a ver partidos del Real Madrid sin haber hecho ningún cambio en todo el partido. Si no había problemas de faltas, acabar los titulares sin cambio alguno.

Dean Smith declaraba que estaba encantado con el trato recibido, el organizativo y que la capacidad de sorpresa, era recíproca. “En mi opinión, yo diría que ustedes poseen un magnífico tiro a media distancia. Probablemente, la carencia de hombres altos sufrida durante muchos años, haya hecho que se perfeccionen en esta faceta. Lástima que no siempre practiquen los lanzamientos desde buenas posiciones, pues en este caso, su porcentaje sería mucho mayor”. Acentuaba que había pases demasiados arriesgados y que no se cuidaba el rebote defensivo como se debiera. Pero sí estaban dispuestos a regresar en alguna otra ocasión. Y así lo hicieron en 1974, con un equipo que, por nombres, aún era más atractivo que el primero: Phil Ford, Mitch Kupchak, Tom Lagarde, John Kuester o Walter Davis volvieron a ser un potentísimo equipo. Columna, por cierto, de la futura selección estadounidense de los Juegos Olímpicos de Montreal’76. Pero esta vez el Real Madrid guardó mejor el rebote defensivo y salir corriendo en innumerables contragolpes que finalizaban en canastas a media distancia de Walter Szczerbiak y Wayne Brabender. Los blancos vencieron en esta ocasión 112-101.

Vicente Ramos: Para mí no fue tan sorpresa enfrentarme a ellos. Yo ya había jugado en el 68, antes de los Juegos de México, con algo parecido. Antonio Díaz Miguel viajaba a Estados Unidos y entabló cierta amistad con Ed Jucker, entrenador de los Cincinnati Royals. Y antes de irnos a disputar el Preolímpico de Monterrey y los Juegos Olímpicos, jugamos frente a los Royals, que venían de la playa, se vistieron de corto y nos metieron por 20 puntos. Pero en el primer entrenamiento, ¿eh? Y luego viajamos a Indianapolis y jugamos frente a los Pacers, que por aquel entonces estaban en la ABA.  Y jugamos un partidazo Clifford Luyk y yo, que nos salía todo aquel día. Además, muchos de nosotros ya veníamos de jugar dos Juegos Olímpicos. Y claro, la selección estadounidense era muy fuerte. Tíos como Spencer Haywood o Jo Jo White, que cuando llegabas otra vez a España, intentábamos hacer sus entradas de espaldas, quedándote en el aire y no había manera. Eran unos fenómenos. Por eso, no nos impresionaba tanto la llegada de North Carolina. Aparte que no teníamos miedo a nadie en nuestro pabellón de la Ciudad Deportiva. Nos podían echar a cualquiera porque teníamos una confianza ciega y una fuerza interior, como pocos.

Posteriormente, al Torneo de Navidad se apuntaron las universidades de Virginia, Arizona State, Bradley o Tennessee.

Paco Torres: Cuando llegaron más, todo era menos que la primera vez. Y luego eran peores equipos, que nunca superaban lo que vimos con North Carolina.

Juan Manuel López Iturriaga: De Bernard King y Ernie Grunfeld con Tennessee, sí me acuerdo. Esos dos tenían mucho peligro. Se les veía que iban a tener mucha y buena carrera. King era un fenómeno. Recibía de espaldas al aro, se daba media vuelta en el aire y metía todas.

Juan Antonio Corbalán o el encanto del Torneo de Navidad

Todas, hasta el punto de anotar 55 puntos en un partido y acabar manteniendo el récord de puntos anotados en el torneo, con 110 en los tres encuentros que participó. Pero eso de la venida de las universidades americanas, tenía fecha de caducidad. En declaraciones del mismísimo Raimundo Saporta en la presentación del Torneo de Navidad en 1996, dos meses de su fallecimiento, recordaba con enorme cariño “este torneo es una vida. Los ha habido buenos y malos. Si hay posibilidad de traer a equipos universitarios o de la NBA, entonces no será en el Torneo de Navidad, porque en Navidad no vienen. Ya es un éxito que los chicos del Madrid jueguen. Hubo años muy felices. Recuerdo cuando vino la North Carolina. Tenemos un gran recuerdo. ¿Sabes lo que pasa? Que North Carolina nos ha perjudicado. Dean Smith, cuando regresó a Estados Unidos, dijo ‘ojo con este torneo, que es muy duro. Hay equipos muy buenos y nos cansamos mucho’. Corrió la voz y ya no vienen”.

José Díaz Tenorio: Recuerdo que entonces había un mito. Cuando se entrevistaba a algún directivo del Real Madrid o el propio Raimundo Saporta, siempre decían ‘el año que viene vamos a intentar traer a un equipo profesional de la NBA’. Y claro, no nos lo creíamos ninguno. Pero raro era el año que no lo decían. Al menos, intentarlo.

Aunque no solamente de universitarios y del Real Madrid vivía el Torneo de Navidad, ni mucho menos. En 1973, con la selección de Puerto Rico en liza, su entrenador, Armandito Torres, montó en cólera en un partido por la actuación arbitral. Lógicamente, la mayor parte de los árbitros eran españoles y Armandito creyó verse perjudicado.

Vicente Ramos: ¡Claro que me acuerdo! Te voy a decir la frase que le dijo a un árbitro, porque pitaron algo en contra, y el tío empezó a protestar, a liarla, que si esto era una vergüenza, que si tal. Y se le acerca el árbitro y el Armandito le dijo… Y te lo digo porque yo estaba delante: “Y a usted, me voy a cagal en su madre”. Palabras textuales. Y así lo echaron, claro.

Carlos Jiménez, redactor del diario AS, en su crónica del partido, escribió al día siguiente sobre el seleccionador portorriqueño, poco menos que etiquetándole de bufón de corte o payaso de circo. Y él lo leyó en España. La curiosidad quiso que en el siguiente verano hubiese Mundial y que se disputaría en Puerto Rico. Y se dedicó a calentar en la prensa a la afición en contra de los españoles. Pero como recuerda Vicente Ramos, al menos desde su percepción, “luego en Puerto Rico, sí, nos recibieron un poco fuerte, pero la sangre tampoco llegó al río”.