Cuentan que una noche de un 11 de mayo, en un restaurante de Málaga, los jugadores de la plantilla de Estudiantes celebraban el final de la temporada. Con su victoria en Carranque ante el Mayoral Maristas malagueño (80-91) echaban el cerrojazo a la 88/89 con una cena entre todos sus componentes. Su entrenador, Miguel Ángel Martín hacía el brindis con sus muchachos de despedida a un curso interminable de 39 jornadas -más otras 3 de Copa del Rey-, que comenzó con un desesperante récord de 5 victorias y 13 derrotas. De hecho, lo que inició Paco Garrido en el banquillo, lo debió continuar nuestro protagonista, su asistente durante varios años, aún siendo los primeros días de diciembre, acuciados al temor de sentir el frío de los últimos puestos en la clasificación.
“El Cura” revertió esa situación y finalizó la temporada con 15 victorias (las últimas 7 del tirón) y 6 derrotas. De ahí que aquel brindis supo especial. Más que nada, por lo que intuía de cara al futuro. El “pero si yo soy mejor que él” de Rickie Winslow ya en las copas, entre risas, comparándose con el ídolo intocable David Russell, abría unas expectativas extraordinarias al club estudiantil y las puertas a una nueva época. Miguel Ángel Martín supo ver eso. Y no le importó que, con la llegada de Azofra, Herreros, Alfonso Reyes, la posterior de Juan Aísa más la irrupción de José Miguel Antúnez, la puesta en escena de todos fuese de manera abrupta. Tanto era el talento que veía en ellos, que no anduvo con diplomacias ni evolución de forma escalonada y sí dio galones a todos ellos desde un principio. Al año siguiente, Estudiantes estaba jugando las semifinales de liga.
La guasa entre “La Demencia” de bautizarlo como “El Cura” evoca un tiempo de gloria entre los aficionados del Ramiro de Maeztu. Y su figura, aun con las experiencias posteriores en los banquillos del Real Madrid, C.B. Granada y C.B. Murcia entre los clubes ACB, siempre quedará ligada en el recuerdo a aquel colegio y a un club. Descarados, imaginativos, inconscientes y geniales, la plantilla que Miguel Ángel Martín acunó entre su conocimiento, asaltó tronos y tambalearon cimientos entre los grandes. Incluido Europa. Con ayuda del líder en el vestuario, el estadounidense John Pinone –“pues no era listo ni nada el cabrón”-, forzaron a la plantilla a dar varios pasos más en la profesionalización que se exigía a los nuevos retos de codearse entre los grandes. Ya no había partidillos de fútbol sala en los entrenamientos y sí la perseverancia en los gestos y la disciplina de una rutina, bendecida por el talento que todos atesoraban. El que había que explotar.
Sin que nadie lo esperase, semifinalistas ligueros en 1990, 1991, el 92, 93 y 94. Casi nada. En la banda, siempre flemático y tranquilizador, lo de la histeria lo dejaba para otros: para quienes tenían que sufrir enfrente los caprichos de ese puñado de chavales que parecían haber nacido para jugar al baloncesto. Mejorando la defensa y sobre un armazón de conceptos básicos, dejaba hacer en ataque. Y lo bordaban. La Copa del Rey de Granada en 1992 y la posterior Final Four de Estambul fueron la culminación a un cuento de hadas del que todos nos impregnamos, todos apoyamos.
Esa mano izquierda fue valorada por el nuevo seleccionador, Lolo Sáinz, para tenerlo a su vera y recuperar la ilusión por el Equipo Nacional. Siempre sostuvo como catón el juego rápido y espectacular, nada especulativo. Que los pívots fuesen móviles y con tiro exterior, que las tres calles en los contragolpes tuviesen la implanteabilidad de la fe en una religión, que la imaginación y lo inesperado fuese un escalón para ver el horizonte desde lo más arriba. Nunca el talento bajo sospecha con él al mando y que, al contrario, fuese una bandera. En este caso, una kufiyya (el pañuelo palestino tan típico entre los aficionados de “La Demencia”). Lo que ese equipo hizo sobre las canchas forma hoy parte de la historia de nuestro baloncesto. De la más atractiva, de hecho.
Ayer, Miguel Ángel Martín falleció a los 73 años de edad. Con su pérdida parece esfumarse algo de nosotros. O quizás, la certeza de mantener un recuerdo inalterable de un tiempo precioso, idealista, romántico. Descanse en paz.


















