Con casi total exclusividad, la mirada que juzga el deporte de élite –y por ende el baloncesto, es distante, cómoda y de matemática religiosa. El público entiende que un equipo o un deportista tiene unas unidades de talento y desempeño limitadas y las compara con las del rival; el proceso de creación de expectativas es simplista y reduccionista, algo tan estático e inmutable como imprevisible por contraposición es la humanidad.

Cuando llegó el ocaso de aquellos nombres que nos hicieron soñar, entregamos las armas por aquello de la previsión racional: uno más uno es dos y estos jugadores son peores que los otros. Primer error: el liderazgo cohesiona y la unión y la amistad ofrecen intangibles que superan cualquier ecuación. Campeones del Mundo 2019.
Cuando la transición pasó de evidente y necesaria a irrevocable, apuntamos con los hombros al suelo y miramos a los ojos de la emoción con resignación. Segundo error, esta vez por repetición: equipo, equipo y equipo. El Eurobasket ha demostrado ser guardián de lo comunal y Sergio Scariolo es el líder de una tribu que ha dado voz a sus miembros cuando han tenido algo que decir o ha sido necesario hacerlo. Campeones de Europa 2022.

La última, para los creyentes entre agnósticos veraniegos: tras mirar hacia las estrellas para buscar el camino, llegan tiempos de mirarnos a los pies para encontrarlo. El triunfo de este equipo nacional, como le llamaría el a menudo poco alabado Pepu Hernández, es emparejarnos con el orgullo de por vida; creer en una camiseta cargada de simbolismo y transformar la responsabilidad en una seña de identidad, convirtiendo esa presión en orgullo y el orgullo en un arma.

