Dontaye Draper será recordado en el baloncesto español por ocupar el teórico lugar de tercer base en el Real Madrid de Pablo Laso durante dos etapas distintas. Su última experiencia profesional, que fue en el Betis 2017-18, sí que es más olvidable: no concluyó la temporada y demostró que, efectivamente, su final en las pistas estaba muy cercano.

A Madrid llegó en 2012 siendo ya alguien consolidado a nivel europeo. Y eso que en el baloncesto FIBA desembarcó siendo bastante desconocido. Formado en la pequeña universidad de Charleston, lo que consiguió fue un contrato en Australia, siendo mejor sexto hombre de la liga de aquel país con los Sydney Kings. Luego se fue abriendo camino poco a poco: Francia (Hyeres-Toulon), Bélgica (Oostende), Italia (Veroli) y finalmente Croacia. Con el Cedevita dio el gran golpe como MVP de la segunda competición europea, la Eurocup, lo que le abrió las puertas del que ha terminado siendo un equipo de leyenda.
En sus dos primeras temporadas de blanco (2012-13 y 2013-14) y en la de la segunda etapa (2016-17) firmó prácticamente los mismos números: entre 12 y 13 minutos y entre 1,7 y 3,7 puntos, repartiendo además proporcionalmente muchas asistencias (entre 1,3 y 1,6). Con los compañeros que tenía alrededor y al ritmo que jugaba aquel Madrid, plenamente justificado. Aparte de ello, nunca se conoció que protestase por su situación que si bien no podía considerarse marginal, sí era muy secundaria. Lo compensaba la maravilla que es ganar títulos: una Liga, dos Copas y una Supercopa.
Parecía tener el prestigio intacto cuando el Betis le incorporó iniciada la 2017-18 para que ejerciese de revulsivo, pero no era ya un jugador determinante. Después de ocho partidos (5,3 puntos y 2 asistencias en 19 minutos) llegó a un acuerdo para rescindir su contrato. Ya no continuaría jugando, sin que en este tiempo haya tenido actividad conocida más allá de viajar y disfrutar de la familia.

Especialmente recomendable para conocerle más en profundidad esta entrevista en Jot Down, en la que cuenta las vicisitudes de su infancia en la ‘thewireiana’ Baltimore. “Es una serie. Claro que exageran una pizca. Esa es la cuestión: “solo una pizca”. En verano siempre jugábamos en la calle al fútbol americano. Cada noche había disparos. Entrábamos corriendo en casa. Esperábamos a que acabara el tiroteo. Salíamos y volvíamos a pasarnos la pelota (…). Robar robábamos todos. Joder, éramos de los Projects. Llegábamos a una tienda y cogíamos bebidas o cromos de fútbol americano. Un día, alguien propuso robar algo más grande, equipos de sonido y tal. Ese día dije: yo me bajo. Si tienes personalidad, puedes. Pero hay que hacerlo pronto (…). Con seis años, había visto toda clase de pistolas y todos los tipos de drogas que existen. Eso en West Baltimore es una infancia normal. Convives con ello. En la esquina de mi casa, como todas las esquinas, se vendía droga. La casa junto a la mía era un almacén de los camellos. Y así todo”.


