Ayer por la tarde hicimos el ejercicio de rebuscar, desempolvar fotografías junto al protagonista, a modo de terapia. Ex jugadores, periodistas y aficionados, muchos poseemos una instantánea junto a Pau Gasol, que han sido muchos años, muchos eventos y mucha accesibilidad para todos. Hacer balance de una carrera y de cómo hemos sido testigo de ello, era como llevar la botella de vino a la fiesta íntima en casa de tu amigo. Que sirviera como homenaje.
Trabajando como periodista, lógicamente, se recuerda cierta entrevista, cierto chascarrillo, intentando sacudirnos el impacto que suponía estar delante de tan icónica figura. O las posiciones de prensa en los pabellones viendo sus actuaciones, con quiénes disfrutamos in situ, miradas cómplices del “sí, aquí estamos”. Sin embargo, lo que más vivo permanece, personalmente, es el disfrute como aficionado. Como mero, simple -y privilegiado, que lo éramos todos- aficionado delante de la tele. Verlo a través de la pantalla y disfrutar de toda aquella magnificencia, era el camino más corto para ser niño, con todos los arrebatos de sublime alegría que ello encierra. Y daba igual la edad que tuviésemos. Nos hacía viajar a través de ese pasaje catódico (que aún las teles tenían tubo de imagen) a los mejores escenarios. A ganar en ellos y a sentirnos dichosos por apoyar aquel espigado chaval, que a la hora de ponerse a trabajar, su rostro serio transmitía, por goteo, la épica del momento.
Aquella tarde de viernes en la que sabíamos, estábamos más que convencidos, que la historia de nuestro baloncesto y de todo lo que habíamos vivido, cambiaría por completo al ser traspasado a Los Angeles Lakers. Porque sí intuíamos que iba a ser para tanto. O la madrugada veraniega de un domingo viendo una final olímpica con trazos de Capilla Sixtina, dando un paso más a la belleza que pueda exhibir este juego. No queríamos hacer recuento de momentos ni repaso, pretendiendo ser respetuosos con los que cada uno tenemos y miren, ya estamos cayendo en lo que intentábamos evitar.
No, que esta columna, entre miles y miles que se han publicado, sirva para que nos peguemos nuestro homenaje. Incitar a todos a que encontremos un momento y nos sentemos en el sofá, en silencio y que cada uno saque todo lo que le apetezca tras la ceremonia de despidida de nuestro ídolo, con su tranquilidad y su emoción. Con el apoyo y la veneración de quienes le siguieron y estuvieron con él. Porque hay mucho en ese saco aterciopelado, más de veinte años. Que mostrar, que recordar y que agradecer.

