¿Se imaginan medir poco más de uno ochenta y ser en ataque, el rey de la zona? ¿Convertirse en una máquina de anotar en un terreno vedado para los gigantes, superándoles una y otra vez? La revista GIGANTES, en su último número “Así fueron los 80s” publica una entrevista con la estrella de tal década más extraña, desbordante y apasionante: el griego Nikos Galis. Y asuman que, incluir declaraciones actuales en sus páginas es un casi-milagro, puesto que el mito heleno está totalmente alejado de los medios y gracias a nuestro buen amigo, el periodista Giannis Stravroulakis, ha sido posible tal proeza.
Hablar de Nikos Galis es hablar de la irrupción de un país en el planeta baloncestístico como nunca antes se dio. Grecia, antes de su llegada, no se encontraba ni por aproximación, entre la élite del baloncesto continental. Exceptuando algún momento puntual (la Recopa de Europa conquistada en 1968 por el AEK de Atenas), ni estaban ni se les esperaban. A nivel de selección, antes de la llegada del greco-americano Galis, ni se clasificaban para torneos que albergaban las 12 mejores selecciones del continente. Para intentar situarlos en un contexto actual, Grecia pudiera ser un Portugal, un Finlandia o Suecia de hoy día. Sencillamente era un país de segunda categoría.
Ser 9º clasificados en el Eurobasket de 1981, 11º en el de 1983, no ingresar entre los 8 primeros de la liguilla que daban las plazas olímpicas a los Juegos de 1984 o 10º en el Mundial de España en 1986, hacen concebir música de fanfarrias cuando en 1987, Grecia consiguió ser campeona en su Eurobasket, batiendo a la Unión Soviética en la final y a Yugoslavia (por dos ocasiones). Y no solo eso, sino que dos años después, en el Europeo de Zagreb’89, llegar a la final tras batir en semifinales a la vigente campeona olímpica, una URSS con los mismos componentes del oro de los Juegos un año antes. Y por supuesto, permanecer en la élite hasta nuestros días como bien sabemos.
Nikos Galis fue el artífice de todo ello. Él sí que provocó el ‘antes y después’ más marcado en la historia del baloncesto continental. Y repetimos, lograr heroicidades con 1,83 de estatura sin ser base, sino el escolta, aunque cierto el que era el máximo acaparador del balón. Cuando él participaba en un campeonato, ya sabíamos quién sería su máximo anotador, no había discusión. Excepto en su debut en el Eurobasket checoslovaco de 1981, en el que con 19,3 puntos se quedó en tercera posición, vean estos números para entender hasta dónde llegaba su influjo ofensivo.

¿Y cómo era capaz de anotar tal cantidad de puntos, generados la mayoría en la zona o en sus aledaños? Por su talento infinito en sus tiros cortos y un salto prodigioso que le hacía mantenerse en el aire cuando todos los rivales ya descendían. Galis no era un notable tirador de tres puntos y de hecho, sus intentos eran muy escasos. No era una herramienta que le gustase ni que precisase de ella, algo ilógico en el baloncesto de hoy. Sin embargo, cuando controlaba el balón era todo un maestro del uno contra uno, desbordando y penetrando con cambios de ritmo y de dirección hasta que se plantaba en la zona. Hasta su eclosión, jamás habíamos visto tal diversidad de gama en tiros a 2-3-4 metros del aro. No eran “bombas” como las de Navarro, sino que optimizaba al límite tiros en suspensión. Claro, cuando impulsado como una ballesta por sus piernas en el salto, sacaba el balón desde atrás de la cabeza, incluso inclinándose hacia atrás para ganarse el espacio, como podemos ver en una de las fotografías. Y daba igual que su rival fuese Sabonis o Tkackenko, Vrankovic o Divac, que sus tiros no eran taponados y para desesperación del rival, acababan entrando.
A unas suspensiones cortas muy bombeadas (¡qué dominio del arco de tiro cuando soltaba el balón!) se le sumaba el lujo del uso del tablero como nadie. La pelota solía golpear en el tablero muy, muy arriba. Pero como sus tiros parecían caídos del cielo, su trayectoria ya muy descendente, solían caer limpiamente en la red. Todas las tretas posibles para evitar, en sus primeros años de crecimiento en Estados Unidos (componente del Hall of Fame de la universidad de Seton Hall), a los mayores atletas estadounidenses, como a los mayores intimidadores de Europa en su etapa profesional. Su uso del cuerpo para echarse hacia delante, hacia atrás, pararse en seco tras su arrancada y levantarse en suspensión, todo en décimas de segundo, lograba ser un quebradero de cabeza para cualquier entrenador rival. Ha visto todo tipo de defensores, sean bases y escoltas que pretendían hacerle una marca nariz contra-nariz, como polivalentes aleros que superaban los dos metros. Les daba igual, el resultado seguía siendo el mismo, porque si necesitaba salir a once metros para recibir, lo hacía. Una vez con el esférico en su poder, tocaba armar la defensa y echarse a rezar a su uno contra uno… y lo que saliera. Porque tampoco es que fuese un usuario preciso de bloqueos y continuaciones.
Por supuesto que un jugador como él condicionaba el juego en ataque de sus equipos (mayoritariamente Aris Salónica junto con la selección nacional). ¿Qué era egoísta? No hay más que mirar de nuevo sus registros anotadores. Allí cada uno conocía su rol. También es verdad que sin la aportación de sus compañeros, la otra estrella del equipo heleno Panagiottis Giannakis, junto a las de Fannis Christodoulou, Argiris Kabouris (el de los dos tiros libres del título) o Panagiottis Fassoulas, los éxitos colectivos jamás se hubiesen dado. A la rocosa defensa griega, Galis no era uno de sus puntales precisamente.

En la noche del 14 de junio de 1987, Grecia entera salió a la calle para celebrar un título impensable, elevado al infinito por el exacerbado apasionamiento de sus aficionados. Ese día cambió el baloncesto europeo para siempre. Porque de niños aquella noche, viendo abrazarse y llorar de alegría a padres, tíos y hermanos mayores, salieron los Theodoros Papaloukas, Dimitris Diamantidis o Vassilis Spanoulis, con la clara intención futura de imitar a aquel Galis y Giannakis y seguir haciendo grande el baloncesto en su país. Aquella noche, Nikos Galis elevó su figura y sobre sus hombros, cargó a todo un país alzándolo hasta el mismísimo Olimpo de los dioses. Por eso, el especial de los 80s de GIGANTES hubiese quedado incompleto sin su presencia.

